Lunes, 25.03.2019 - 05:40 h
Inspector del Banco de España en excedencia

¡Otra crisis se avecina!

Eso parece. Que se nos ha echado encima otra crisis. Apenas habíamos salido de la anterior y ya leemos en los periódicos las hipótesis de los economistas sobre cómo va ser y cuándo se va a producir la debacle. Es cierto que el rally bajista de los últimos días de año ha sido el colofón a un año complicado en términos bursátiles. Y, aunque la bolsa no lo es todo, hay quien ve en el comportamiento de las acciones de Apple el principio del fin.

Podemos encontrar un divertido sketch de John Bird y John Fortune sobre la crisis subprime en el que uno hace de periodista y el otro de banquero de inversión. En un momento del mismo el banquero explica que el mercado está compuesto de gente sofisticada e inteligente pero también de sentimientos. Y que una crisis se produce cuando yendo todo normal, de repente alguien, sin saber por qué, grita ¡Lo hemos perdido todo! En ese momento el mundo se vuelve loco, comienza a vender y una gran crisis se cierne sobre nosotros.

La parodia se queda ahí. No explica por qué alguien comienza a gritar despavorido, pero parece que todos los que hoy andamos por la economía, nos miramos unos a otros esperando a que uno de nosotros comience a gritar. En breve y por derecho: que estamos con la mosca detrás de la oreja. Existe una sensación generalizada de que la crisis que comenzó en el 2007 (¡Once años ya!) todavía dura o que se ha cerrado en falso. Y es que si la burbuja de las puntocom y Asia de los 1997-2000 se tapó con la burbuja inmobiliaria que estalla en 2007, ésta se ha tapado con una burbuja de deuda, principalmente, pública.

Dicho de otra manera, somos conscientes, aunque no hablemos de ello, de que existen numerosos desequilibrios. Por ese motivo en el momento en que alguien grite ¡Lo hemos perdido todo!, nos lo creeremos y nos lanzamos como alma que lleva el diablo a salvar lo que podamos.

Y es que no son pocos los indicadores que llevan tiempo lanzando señales de que algo no funciona bien, a pesar de que la mayoría de los mortales seguimos empeñados en hacer como que no pasa nada. Uno de los que ya avisó de manera insistente de la crisis del 2007 fue el de la deuda externa, lo que debemos los españoles a los extranjeros porque gastamos más de lo que ahorramos. En 2007 debíamos un 144% del PIB, es decir, la producción integra de casi año y medio; pues bien, hoy andamos en el 167%. Pero ¿Cómo es posible? ¡Si nos decían que nos habíamos desapalancado! Lo cierto es que, como ocurrió en el 2008-2012, en el momento en que las dudas sobre España se generalicen, con este endeudamiento externo lo más probable es que los mercados eleven notablemente la prima de riesgo e incluso se vuelvan a cerrar. La situación se agrava aun más si tenemos en cuenta que en el 2007 la posición financiera del sector público estaba muy saneada; 36% sobre el PIB; hoy esa deuda se ha elevado a un 98%. Podemos concluir, por tanto, que la situación financiera española no es solida, tiene una dependencia externa excesiva, lo que constituye en sí mismo una burbuja.

Vistas una lineas generales del aspecto financiero, fijémonos en la economía real. España es con diferencia uno de los países de la zona euro con mayor tasa de paro. En septiembre del año pasado la tasa en España se situaba en el 15%, frente al 8% de la zona euro. Es cierto que la evolución es muy favorable ya que venimos de tasas superiores al 22% hace solo tres años, no obstante es uno de los desequilibrios más severos.

Sin embargo, lo que más llama la atención es que tras la depuración que ha supuesto, o debió suponer, la pasada crisis, solo el empleo esté evolucionando de forma favorable. La productividad de la economía mantiene un diferencial negativo con respecto a la zona euro, mostrándose plana en los últimos trimestres. Y ello a pesar de que los costes laborales unitarios y la remuneración por asalariado son sensiblemente más ajustados. Podríamos concluir que España está experimentando un deterioro de su nivel de vida respecto de nuestros socios del euro.

Visto lo visto, no es de extrañar que el Índice de Sentimiento Económico de la Comisión Europea lleve un año cayendo en España. Cierto es que el correspondiente a la zona euro también, pero esto no debería ser un consuelo. Empresarios y consumidores consideran que el futuro va a ser peor que el presente. Los datos que hemos visto explican que hay suficientes debilidades en nuestra estructura socio-económica como para que los efectos de otra crisis se acusen especialmente en España.

No sabemos cuál va ser la chispa que encienda todo, puede que el riesgo de recesión en Alemania nos arrastre o los problemas de Apple (alguien lo ha dicho), pero eso da igual, es fijarse en el dedo y no en la luna. Lo cierto es que hay muchas cosas que arreglar en España, así que ya veremos que pasa cuando alguien grite ¡Lo hemos perdido todo!

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