Miércoles, 21.11.2018 - 22:08 h
Serendipia
Director de Deusto Business School y profesor de la UNIR

Por qué los españoles, y no solo Cifuentes, no entendemos la palabra 'chutzpah'

En la lengua hebrea clásica la palabra chutzpah se usaba con un carácter peyorativo como sinónimo de descaro, insolencia o desfachatez. Con el paso del tiempo el significado ha migrado hacia lo que tiene la cualidad de ser audaz. En esta evolución de chutzpah desde la chulería a la audacia, sin duda algo habrá tenido que ver el popular bestseller “La nación startup. La historia del milagro económico de Israel” escrito por los periodistas Dan Senor y Saúl Singer. En ese libro se explica el llamado efecto chutzpah que no es otra cosa que la irreverencia con la que los estudiantes se dirigen a sus profesores en la universidad, cómo los empleados desafían a sus jefes, cuando los sargentos cuestionan las órdenes de sus generales o los funcionarios ponen en duda los mandatos del Ministro de turno. En algún momento de su vida, un israelí aprende en la escuela, en casa o en el ejército que lo normal es tener confianza en uno mismo y cuestionar las órdenes en base a tus conocimientos. Eso te hace crecer a ti y a tu sociedad. Para Senor y Singer el secreto de que Israel sea uno de los países más innovadores del mundo con miles de patentes, cientos de startups de éxito y decenas de premios nobeles a pesar de su situación geográfica y política, está, entre otras cuestiones que analizan, en esa irreverencia que hace que los israelís pongan en cuestión lo que dicen sus padres, jefes o profesores. De ese modo, la ciencia y la economía ha podido avanzar increíblemente en dicho territorio al no dar por irresoluble ningún problema a pesar de lo que generaciones anteriores les hayan trasmitido.

Frente a esa chutzpah, por estas latitudes estábamos más acostumbrados al principio de autoridad. Como nos explica la epistemología el principio de autoridad es el procedimiento por el que una proposición científica se acepta por el solo hecho de estar afirmada en un texto considerado como cierto. Este principio ha tenido no pocos cuestionamientos en nuestro país por ejemplo en la Ilustración o con el darwinismo, pero un inane máster lo ha acabado por enterrar definitivamente estos días.

El principio de autoridad era lo que argumentaba nuestro padre al negarnos algo sin razonar y decía “cuando seas padre, comerás huevos”. En el mundo de la innovación se ha rebautizado semejante principio como el síndrome de NIH, acrónimo del inglés “not invented here” puesto que es lo que aducen los veteranos directivos de una empresa para echar por tierra las mejoras propuestas por los novatos. El aforismo que resume a la perfección el principio de autoridad es “magister dixit”. Esta expresión tan vieja ha muerto estos días con la actitud irreverente de los medios de comunicación al poner en cuestión la versión de Cristina Cifuentes por mucha presidenta de una comunidad que fuese o le apoyasen rectores y catedráticos. Detrás de “el maestro lo dijo” desde la época de Pitágoras, pasando por los escolásticos en la Edad Media y por los sucesivos Papas de la Iglesia, subyacía la idea de que el conocimiento y la autoridad solo podían proceder de los llamados maestros y de la enseñanza tradicional. El corpus intelectual, de hecho, debía considerarse inamovible y por tanto contradecir al maestro, al Papa o al padre era casi como contradecir a Dios. Era la garantía del mantenimiento de un orden que no podía ponerse en cuestión por muchas dudas que cupiesen. Pero hoy la autoridad y el conocimiento se han repartido conformando millones de micropoderes, como los ha bautizado el genial escritor venezolano Moisés Naim. El orden ya no podrá basarse en el miedo sino que conforme más micropoderes haya más residirá en la verdad.

Pero estas semanas también nos han servido para comprobar cómo hay quienes entienden mal esa chutzpah y creen que ser audaz, en estas latitudes, consiste en practicar el aforismo “sostenella y no enmendalla” trufado de chulapismo de zarzuela. La irreverencia hebrea no es chulería madrileña y no se puede llevar la contraria a todo el mundo si no tienes la razón de tu parte. De hecho estos días con menos dosis de costumbrismo de la Villa y Corte pero con más humildad las consecuencias hubieran sido otras.

Por último y para esos que hoy usan esa valentía para escudriñar expedientes académicos falseados, les pido que ellos también interpreten bien el significado de la palabra chutzpah, que no es otro que atreverse a poner en cuestión todo, no solo lo que se odia sino también lo que ama. La tarea será ingente porque como nos recuerdan recientes informes más del 70% de currículos de los candidatos a cualquier puesto contiene falsedades.

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