Sábado, 07.12.2019 - 12:52 h
Marca de agua

Nadie ganó el debate, pero Abascal fue el único que no perdió

Un debate electoral donde cinco son multitud, como el de ayer, corría un doble riesgo: convertirse en un torneo de vanidades e incluso de vacuidades que en poco ayuda a los ciudadanos a discernir su voto; o en una sucesión de mítines superpuestos, a modo de antología en edición de bolsillo. Con esa incertidumbre se sentaron ayer frente al televisor millones de telespectadores, tal vez porque, frente a la experiencia, nadie renuncia a la esperanza de ser iluminado. Sobre todo cuando el 30 por ciento del electorado aún está indeciso, cabreado o ambas cosas a la vez.

No está claro que el debate de anoche haya sido verdaderamente útil al votante perplejo. Resultó pesado, de vuelo bajo. Poca luz alumbró el espectáculo, más allá de los chispazos que producen los polos opuestos cuando chocan. Sí lo ha sido, sin embargo, para confirmar en su fe a las respectivas parroquias. Todos y cada uno de los cinco líderes fueron fieles al guión previsible y transitaron sus trillados discursos sin variación alguna. Salieron a amarrar el resultado, más preocupados en no cometer errores que en remover conciencias.

En primer lugar, Pedro Sánchez ejerció de presidente reivindicando no sólo su gestión desde la Moncloa, sino también nombrando ministros de su supuesto futuro gobierno y anunciando las medidas que tomará para el bien de la Humanidad. En todo momento, rehuyó con obstinación autista el cuerpo a cuerpo y más parecía asistir a una rueda de prensa que a un debate. En algún momento, dio la impresión de cierto fastidio por perder un tiempo precioso en debates, con lo mucho que le queda por gobernar. No contestó a ninguna de las preguntas que le hizo Casado y Rivera (¿cuántas naciones hay en España? ¿va a pactar con Torra, Bildu y los separatistas?) y se choteó de Iglesias.

Pablo Casado recuperó el perfil enérgico del aspirante que reivindica su primogenitura, aunque no siempre logró la elocuencia necesaria con su lenguaje gestual. Fue incisivo, salió al ataque y no rehuyó el cara a cara, especialmente con Sánchez, al que acorraló en distintos frentes, sobre todo el catalán; pero le sobró algún rifirrafe con sus aliados en Andalucía. El descender al detalle picajoso con Rivera, e incluso con Abascal, no le favoreció en su imagen de líder de la oposición.

Albert Rivera llegó caliente, tal vez por consejo del cachorro Lucas, y repartió mandobles a diestro y siniestro con más energía que tino. Disparar a todo lo que se mueve no siempre garantiza que se cobre la pieza deseada. Contundente y seguro en la cuestión catalana o en la defensa constitucional, flaqueó en otras y, sobre todo, no estuvo acertado en algunas interrupciones. Los reproches cruzados con Casado, lejos de iluminar a sus potenciales votantes, trasladaron una imagen pobretona y poco edificante del centroderecha.

Pablo Iglesias repitió casi palabra por palabra el debate de las pasadas elecciones, el mismo rap y el mismo tono de predicador de los últimos días. Es decir, que ayer progresó velozmente hacia la beatificación como apóstol converso de la Constitución. Su exquisita delicadeza con Pedro Sánchez alcanzó tal nivel de azúcar que obligó al beneficiario a rechazarlo con un mohín de repugnancia.

Santiago Abascal, el debutante, supo aprovechar la gran oportunidad que le brindó el debate de colocar su mensaje sin interferencias, con la ventaja añadida de que nadie se molestó en rebatirle ni en contestar a sus preguntas. El que los otros cuatro candidatos le ignoraran olímpicamente, lejos de minusvalorar su figura, le permitió dar a conocer su propia personalidad a toda España, hasta ahora mediatizada por prejuicios o versiones interesadas. En ese contexto, las acusaciones lanzadas ayer por Sánchez contra una extrema derecha fascistoide, xenófoba y sacamantecas resultaron bastante inverosímiles.

De todo debate se espera que, a su término, alguien se alce con la victoria, bien por méritos propios, bien por veredicto de la opinión pública. En el debate de ayer, no creo que nadie pueda arrogarse el título de vencedor sin sonrojo. Desde luego, no lo ganó Pedro Sánchez, demasiado envarado en su traje presidencial. No lo ganó Casado, que no logró ese k.o. que se le exige a todo aspirante. Tampoco fue la noche de Rivera y es probable que ayer desaprovechara una ocasión de oro para enderezar los malos augurios que pesan sobre su futuro electoral. Pablo Iglesias no fue a ganar el debate sino el cielo, así que renunció desde el minuto uno a disputarle a Sánchez el liderazgo de la izquierda. Tampoco puede decirse que Santiago Abascal ganara el combate, pero a diferencia de los otros cuatro fue el único que no lo perdió.

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