Marca de agua

Sánchez acaba de ganar las próximas elecciones con la venia de la oposición

Pedro Sánchez sesión de control Congreso de los Diputados
Pedro Sánchez sesión de control Congreso de los Diputados
Agencia EFE

Pedro Sánchez acaba de ganar en Cataluña las próximas elecciones generales, pero la oposición todavía no lo sabe porque está demasiado ocupada en mudanzas supersticiosas. Tampoco Podemos parece avisado de su derrota futura, que científicamente es inexorable de acuerdo al principio de Arquímedes: el empuje hacia arriba de Sánchez es equivalente al desalojo electoral de Iglesias. En su guerra por el liderazgo de las izquierdas, la victoria inapelable de Salvador Illa desnuda a un Podemos anquilosado, de vuelo gallináceo y enfermo de liderazgo. Ahora se revela que el abrazo de la Moncloa, tan festejado por el clan, fue en realidad el abrazo del oso. Pero ya es tarde para rectificar.

El día de San Valentín ha colmado todos los deseos del 'sanchismo', que no se limitaban a recuperar el liderazgo de la Cataluña constitucional ni a propiciar que su aliado ERC desbancara a JxC. Ambos logros tienen la virtud de eliminar jugadores para focalizar en los dos ganadores la larga, tensa y truculenta Mesa de Negociación que amenizará el resto de la legislatura. Pero siendo importantes, el verdadero anhelo de Sánchez era otro, iba más allá de las cuatro provincias catalanas. Exactamente a donde ha llegado: a reinar en Madrid como un rey sol entorno al que giran erráticos multitud de pequeños planetas. Hasta ahora, el 'sanchismo' era un programa de poder; a partir del 14-F, es el despegue de un régimen.

Ciertamente la oposición parece empeñada en facilitarle la tarea. La cúpula del PP se ha embarcado en una especie de refundación freudiana, de final incierto y de consecuencias imprevisibles. Una cosa es cambiar de casa y otra de personalidad. Eso lleva tiempo, mucho tiempo de ensimismamiento, y se corre el peligro de perder a los amigos. No sería la primera vez que el centro-derecha se asoma al precipicio en un 'déjà vu' que le retrotrae a los tiempos de UCD, cuya implosión dio paso a 14 años de régimen felipista, los mismos años que necesitó José María Aznar para unificar en un solo partido lo que hoy está disperso y enfrentado en tres.

Hasta ahora, el 'sanchismo' era un programa de poder; a partir del 14-F, es el despegue de un régimen

A Pedro Sánchez ya ni siquiera le quita el sueño su gruñón socio de gobierno, cada día más histriónico y debilitado. Pablo Iglesias, atrapado en su propia trampa, se ha convertido en la comparsa folclórica del Gobierno, incluso en su coartada, sin posibilidad alguna de maniobra. Ni puede romper la coalición, porque provocaría un adelanto electoral que no le conviene en absoluto, ni puede cumplir sus promesas ante unas bases cada día más decepcionadas. A medida que se agudice la crisis económica y social, lo que hoy es desafección llegará a ser desbandada. Para colmo, el clan que coloniza el partido se enfrenta a un largo rosario de imputaciones judiciales por corruptelas que agusanan la fe en el partido.

Así pues, sembrado el pánico a derecha e izquierda, el 'sanchismo' se dispone a ocupar las últimas posiciones para los próximos siete años. Nadie le importuna, tiene dinero a espuertas y la mercadotecnia ideológica puesta a punto. El manejo de los 140.000 millones de euros procedentes de Bruselas le concede a Sánchez tal poder de persuasión en el ecosistema empresarial que el Ibex35 descubrirá elevadas virtudes en su persona y grandes cualidades en su Gobierno, si no lo ha hecho ya. Al mismo tiempo que reparte el maná europeo con la mano derecha, achicando el espacio de C´s, PP y Vox, con la izquierda librará la guerra cultural sin concesiones a Podemos. Como en los mejores tiempos de Felipe González, pero con menos escrúpulos morales. Lo que anticipa el sometimiento del Poder Judicial, de los órganos de control que aún resisten y del árbitro constitucional.

La única barrera capaz de frenar al 'sanchismo' rampante es el poder autonómico, refractario por definición a las pretensiones del poder central, sea cual sea su color. Aún así, la nueva ley de financiación que se divisa en el horizonte será utilizada para quebrantar esa resistencia, asegurar fidelidades y castigar a los adversarios.

Lo cierto es que tras el 14-F, tras la modesta apariencia de unas elecciones regionales, se ha abierto paso a una España radicalmente distinta, con una organización territorial de dos velocidades y un modelo económico-social que la mantendrá postrada como el enfermo incurable de Europa. El régimen sanchista ha echado a andar.

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