Miércoles, 13.11.2019 - 01:03 h
Capital sin Reservas

El silencio de los empresarios ante la caja de Pandora del 28-A

En España nadie quiere hablar de la curva invertida de tipos, ese augurio maldito que explica el motivo de que los bonos de deuda pública a diez años se compren con rendimientos inferiores al de las letras a tres años. Algo que no ocurría en Estados Unidos desde antes de la gran recesión y que supone el aviso de un resfriado altamente contagioso en la primera economía del mundo occidental. Es lo último que le faltaba a la vieja Europa, atribulada de tantos achaques dentro de un proceso infeccioso que además le ha cogido en una complicada crisis de identidad, Brexit incluido. Visto el percal, los oráculos del mundo empresarial y financiero en nuestro país, esos mismos que antes se esmeraban en señalar el camino a seguir, han decidido esconder la cabeza bajo el ala acomodados en el regazo del plácido carpe diem y conscientes de que si lo peor está por llegar no serán ellos los que ejerzan de malajes.

Aprovechando los onerosos viernes sociales de La Moncloa la ministra Nadia Calviño ha proclamado a los cuatro vientos un edicto oficial en virtud del cual se hace saber que la economía nacional crece por encima de la media comunitaria y lo seguirá haciendo a lo largo de todo el año gracias a una demanda interna que compensa la involución del sector exterior en la cuenta de resultados de España, SA. Lo que no dice la responsable de la política económica es que ese presuntuoso impulso viene dado por el consumo de anabolizantes en forma de un gasto público desbocado, pan para hoy y hambre para mañana, que dopan el avance del Producto Interior Bruto con la única finalidad de que el Gobierno salga airoso del concurso de méritos convocado de cara a las próximas y sucesivas convocatorias electorales.

En momentos de incertidumbre generalizada como los actuales nadie está dispuesto a levantar las alfombras no vaya a ser que debajo aparezca el huevo de la serpiente. La aversión al riesgo supera en las actuales circunstancias cualquier posición de denuncia, de manera que los prebostes de las grandes compañías, tanto las que operan en mercados regulados como las que viven del Presupuesto del Estado, han decidido guarecerse en sus cuarteles de invierno a la espera de que el temporal escampe y los acontecimientos políticos amparen la toma de decisiones con eso que llaman singular vocación emprendedora. Hasta llegar a la orilla del río es mejor no quitarse las sandalias y pobre de aquel que pretenda criticar descalzo desde la lejanía el abuso político de una heterodoxia fiscal justificada por un optimismo antropológico que no hace mucho condujo al suicidio económico de todo el país.

A un mes vista de la primera gran cita en las urnas la situación recuerda aquel debate televisivo que protagonizaron el entonces ministro de Economía, Pedro Solbes, y el fichaje mediático del PP, Manuel Pizarro, sobre la crisis económica de 2008. El portavoz socialista salió airoso a base de mentir las evidencias mientras el ex presidente de Endesa sucumbía al mítico síndrome de Casandra con el presagio de un fatal desenlace del que todo el mundo prefería renegar. El PSOE revalidó su posición parlamentaria de Gobierno y España se deslizó por el precipicio de una recesión que culminó en 2012 con la petición del rescate para salvar a la banca y evitar la caída de toda la economía nacional. Está visto que no hay peor sordo que el que no quiere oír, pero eso no impedirá que más pronto que tarde los futuros gobernantes del país, una vez pertrechados en sus poltronas, tengan que apretar las tuercas con medidas drásticas de las que nadie quiere ahora acordarse.

‘La economía va bien’ es el sambenito a modo de suspiro con el que los dirigentes económicos, organizaciones empresariales y demás corifeos del poder establecido salen por la tangente cada vez que se trata de inducir a una reflexión mínimamente seria sobre las cuestiones que verdaderamente afectan al bolsillo de los españoles. A ellos ya les vale con sus esquemas altamente protegidos de multimillonarias retribuciones, bonus variables, blindajes estatutarios y fondos de pensiones para la posteridad. Los miedosos han decidido guardar la viña y es prácticamente imposible encontrar en las grandes sociedades cotizadas o corporaciones equivalentes algún espíritu heroico dispuesto a marcarse ahora ‘un Pizarro’ previniendo a los incautos de males mayores que luego puedan ser interpretados en el mercado como si se tratase de un profit warning para justificar las propias carencias.

El mercado donde se compran mentiras

Una especie de omertá se ha instalado en la clase empresarial española, probablemente inducida también por la falta de un debate de ideas económicas entre las distintas formaciones que se presentan a las elecciones. La fragmentación creciente del arco parlamentario ha confundido el panorama hasta el punto de que a día de hoy ya no es posible discernir el verdadero equilibrio de fuerzas ni cuáles son los competidores reales contra los que luchan los diversos partidos en liza. La política española, como decía Bertolt Brecht en su poema sobre Hollywood, es un mercado en el que sólo se compran mentiras y donde todos los vendedores se ponen a la cola cada día para ganarse el pan. La cita comprende no sólo a los agentes directos que se sientan en el Congreso de los Diputados sino también al rebufo de actores económicos que se mueven con el ascua arrimada a sus sardinas.

En esta gran tragicomedia de enredos de nada valen las promesas ni las baladronadas con las que se están calentando los motores de la inminente campaña electoral. Los credos ideológicos carecen de toda fe, lo que ha dado pábulo a esa legión de indecisos que, a decir de las encuestas, van a marcar el sino de los próximos comicios en España. El mundo de los negocios ha preferido echarse a un lado y evitar cualquier identificación política de la que luego haya que arrepentirse. La pérdida paulatina de confianza en las posibilidades del Partido Popular se compensa en estos momentos con la cierta ilusión de que el PSOE más radical de los últimos cuarenta años se vea impelido a ocupar el centro del escenario político en compañía de Ciudadanos. Los empresarios que primero han cerrado la boca empiezan ahora a cruzar los dedos, resignados a que la esperanza sea lo último que se pierda una vez que el 28-A se abra definitivamente la caja de Pandora en España.

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