Jueves, 09.04.2020 - 11:26 h
Capital sin Reservas

El eslalon gigante de Sánchez en Davos: Trump, de entrada, no

El presidente Sánchez ha emprendido en el concurrido Foro Económico de Davos lo que en medios oficiales se considera la primera escala de un 'roadshow' internacional orientado a reforzar la imagen de marca de un Gobierno progresista que atiende a sus responsabilidades ante la comunidad financiera y los mercados de capitales. El líder socialista necesita cuando menos el beneficio de la duda de los grandes organismos supranacionales para mantener vivo dentro de España el relato económico de esa ecuación de segundo grado, prácticamente irresoluble, que consiste en incrementar el gasto público en 35.000 millones de euros con una recaudación fiscal cayendo en picado y sin quebrantar la estabilidad presupuestaria. Casi nada al aparato.

El oráculo de Moncloa que regenta el zar Iván Redondo ha recomendado a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, que se aplique con suficiente agarre al trapecio de un nuevo proyecto de Presupuestos del Estado, del que depende el certificado de garantía de toda la legislatura. El triple salto mortal debe ser ejecutado sin mayor dilación, sobre todo teniendo en cuenta que Quim Torra ha empezado a amagar con la convocatoria anticipada de elecciones en Cataluña, una contingencia que supone un claro aviso a los navegantes de ERC. En cuanto el inhabilitado presidente de la Generalitat llame a las urnas, los aliados republicanos tendrán que descolgar a toda prisa la red de seguridad que sostiene a Sánchez, lo que podría abocar a un rechazo de las cuentas públicas por parte de los independentistas.

El líder socialista quiere ganar tiempo al tiempo tras un año enteramente perdido en confrontaciones domésticas. El riesgo de que los Presupuestos vuelvan a ser tumbados en el Congreso constituye la mayor preocupación para un Gobierno que necesita reverdecer sus mejores dotes de persuasión ante las autoridades de Bruselas si quiere cumplir con todos esos siniestros y, en gran parte desconocidos, acuerdos que han permitido sacar adelante la reciente investidura navideña. Sánchez deberá emplearse a fondo y tirar mucho del Falcon para mostrar las bondades de su programa a toda esa legión de observadores internacionales escamados ante la deriva populista que ha encarado España después de que el lobo de Podemos haya entrado a formar parte de la manada gubernamental que se dará cita todos los martes en el Consejo de Ministros.

En su eslalon gigante de la estación de esquí suiza el presidente del Gobierno ha sorteado esta semana la inquietante presencia de Donald Trump. Dejando a un lado los patéticos ‘acontecimientos planetarios’ con Obama de los que tanto presumía Zapatero, las relaciones bilaterales con la Administración de Washington no constituyen tradicionalmente uno de los activos más cotizados del ideario socialista. Para mayor agravante, la gestión de los principales asuntos internacionales en los que España podía haber echado un guante estos últimos meses al inquilino de la Casa Blanca han supuesto un grave fiasco diplomático que Trump no está dispuesto a olvidar y mucho menos a perdonar.

El primer episodio que alteró al presidente estadounidense fue la retirada de la fragata ‘Méndez Núñez’ del grupo de combate dirigido por la US Navy durante el comienzo de la nueva escalada de tensiones con Irán el pasado mes de mayo. El entonces presidente en funciones no quiso meterse en camisa de once varas para no perjudicar sus expectativas negociadoras con Podemos y la ministra de Defensa, Margarita Robles, ordenó que el buque de guerra español, con más de 200 marineros a bordo, abandonase la escolta del portaaviones ‘Abraham Lincoln’ antes de llegar al Golfo Pérsico. Las explicaciones reclamadas por la Embajada de Estados Unidos al exministro de Asuntos Exteriores, José Borrell, no debieron ser muy convincentes para Donald Trump, que ha decidido poner desde entonces una cruz al Gobierno socialista de Pedro Sánchez.

 Podemos, Evo Morales y la conexión bolivariana

Las circunstancias recientes han emponzoñado aún más la situación tras el sórdido incidente del pasado mes de diciembre en la embajada de México en La Paz, donde se presume que funcionarios españoles escoltados por policías del Grupo Especial de Operaciones (GEO) trataron infructuosamente de facilitar la salida de Bolivia de colaboradores ministeriales de Evo Morales refugiados en dicha cancillería diplomática. El episodio está sujeto a una investigación secreta por parte del nuevo Gobierno de coalición, pero, a expensas de lo que pueda deparar la anunciada comparecencia en el Congreso de la ministra Robles, lo que sí ha quedado patente es la vinculación de negocio mantenida desde hace años por destacados dirigentes de Podemos con el Gobierno boliviano.

La percepción que este tipo de avatares provocan en los medios oficiales de Estados Unidos sitúa a Pedro Sánchez como un alumno aventajado de Zapatero, capaz de emular e incluso superar a su antecesor en la estrategia de desafección con el Vigía de Occidente. Claro está que el antiguo líder socialista se ha convertido en todo un profesional de la mediación internacional al servicio de las más recalcitrantes repúblicas bolivarianas, con especial predilección hacia la Venezuela de Nicolás Maduro. Zapatero puede justificarse, claro está, en defensa de sus propios intereses que no deben ser menores, pero Sánchez necesita argumentos mucho más sólidos para legitimar una política internacional que puede tener un importante coste para la economía nacional.

Los aranceles a los productos agrícolas españoles suponen una primera amenaza para la balanza comercial y algunos empresarios españoles con buenos contactos en la Embajada americana temen ahora que Washington vaya a dar un puñetazo en la mesa aplicando barreras a la importación de vehículos europeos. Sería una ‘vendetta’ orientada directamente contra España, que pondría en la picota toda la recuperación de un sector exterior que ha tenido su principal motor de arranque en el mercado de la automoción. El virus populista inoculado por el PSOE hace pensar a los más radicales que los desplantes contra Estados Unidos tienen un alto rédito político, de entrada, para el proyecto progresista. El problema reside en la factura que habrá que pagar luego a la salida. Enfrentarse con el primo de Zumosol quizá resulte rentable para algunos, pero desde luego que no va a salir gratis.

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