Viernes, 26.04.2019 - 18:35 h
Capital sin Reservas

En la mente de Florentino

Dicen los allegados al todopoderoso presidente del Real Madrid que Florentino Pérez ha aprendido mucho estos últimos años de sus pasados errores. No se sabe muy bien si se refieren a los desaciertos que provocaron la gran crisis deportiva del año 2003, con el cese fulminante de Vicente del Bosque y Fernando Hierro más los tres años siguientes que estuvo el equipo sin oler un gran título, o apuntan más certera y directamente a la decisión consiguiente que supuso su propia dimisión como mandatario del club en febrero de 2006. De lo primero no parece que los hechos de esta última semana avalen mayor arrepentimiento porque lo ocurrido se veía venir desde la desastrosa planificación de agosto o incluso antes, como anticipó Zidane el día de su salida del Real Madrid. En cuanto a lo segundo está claro que Florentino tiene ahora mucha mayor capacidad de aguante en el cargo, sobre todo después de haber conseguido adaptar las estructuras de la entidad bajo el argumento de que el Real Madrid es única y exclusivamente propiedad de sus socios.

El trago especialmente amargo de esta temporada nefasta se ingiere con cierto alivio en el recipiente plateado de alguna de esas 13 Copas de Europa que embellecen la sala de trofeos. Por mucho que los más noveles madridistas estén ahora espantados no es menos cierto que los más veteranos sabían de sobra que este año sólo podía servir para encarar una transición hacia un destino especialmente incierto. Todo ello porque nadie en su sano juicio puede entender las razones que llevan a un gestor tan brillante como el que rige los destinos del Real Madrid a pegarse cada dos por tres un tiro en el pie desfigurando una plantilla que el paso del tiempo y la pérdida de grandes jugadores ha terminado de dirigir a su más cruel ocaso. Es difícil comprender qué se le puede pasar por la mente a Florentino Pérez para acometer tres competiciones contra un dragón de siete cabezas como es el Barcelona de Lionel Messi con un delantero centro como Benzemá del que sus más fieles y obtusos seguidores, la mayor parte poco madridistas, sólo saben alegar en su defensa que no está en el equipo para meter goles.

El Real Madrid de Florentino Pérez, tanto en su primera fase como en esta más brillante segunda etapa, se ha convertido en un espíritu en flagrante contradicción consigo mismo. Lo que ven los aficionados en el terreno de juego no es más que un reflejo de lo que ocurre en unos despachos obsesionados por inventar un nuevo modelo de negocio que pervierte la ortodoxia esencial y la naturaleza de una entidad deportiva para exprimir toda la capacidad financiera de la que podría ser considerada la más importante marca multinacional del mercado. De ahí el afán de explotar hasta la última gota el Santiago Bernabéu como un tótem cultural más allá de un simple santuario futbolístico. Ya no se trata sólo de vender camisetas como en la época de Beckham, ahora se pretende hacer del mítico Chamartín lo más parecido a la Torre Eiffel de Madrid, el lugar de destino por el que ha de pasar cualquier turista o peregrino de visita por la capital. Las obras de remodelación del estadio suponen desde este punto de vista el lanzamiento del club a una nueva galaxia de actividades económicas dentro del sector del ocio y el espectáculo. El fútbol será una de ellas, no sabemos si con el tiempo la más importante.

La metamorfosis del Real Madrid obliga a periodos de letargo como los ya comentados sin perjuicio de los que puedan venir a partir de ahora. Porque los cambios de ciclo no suelen superarse de un año para otro y sólo la capacidad de sufrimiento de Florentino Pérez en el eventual palco del horror que puede ser el Bernabéu de aquí a final de temporada determinará el esfuerzo económico del club para que el equipo sea competitivo en el futuro más inmediato. Todo ello supeditado a una reforma inmobiliaria que tiene carácter prioritario porque de ello depende la multiplicación de ingresos en una proporción equivalente si se puede al milagro de los panes y los peces. Florentino quiere hacer del Real Madrid el club permanentemente más rico del mundo y eso que constituye una ambición encomiable no deja de resultar una incoherencia si tenemos en cuenta los principios societarios que sostienen el ideario extraordinariamente presidencialista que rige la entidad.

Florentino ha blindado los estatutos para impedir que el Real Madrid sea pasto de los capitales más desaprensivos que pululan por el planeta fútbol. El temor al fantasma del jeque se ha manejado como una amenaza latente desde los primeros días en que el actual presidente se hizo con las riendas del club. Sin embargo, el afán economicista con que se manejan las decisiones estratégicas, incluyendo la congelación en los últimos cuatros años de grandes fichajes, ha deparado graves trastornos a una afición variopinta y hasta quizá mal acostumbrada de tanta victoria. La hybris, que dirían los clásicos griegos, ha ejercido su particular venganza sobre ese madridismo caviar que no recuerda la estrofa principal del antiguo himno donde se dice que el Madrid da la mano cuando pierde. Es quizá la única referencia institucional a la derrota que puede encontrarse en el canto comunal de una afición deportiva.

El modelo de negocio de un Real Madrid S.A.

Los madridistas claro que quieren una sociedad saneada y rentable pero eso tiene que ser compatible, por esencia, existencia e historia que tú hiciste, con un once que no entregue la Liga a las primeras de cambio y sea humillado una y otra vez en su propia casa por su más acérrimo rival. De lo contrario habrá que apelar otra vez a la mentalidad de Florentino y preguntarse para que se quieren las finanzas más saneadas y el estadio más lujoso. ¿Para conciertos de rock? ¿Para carreras de cuadrigas? ¿Para restaurantes de lujo? ¿Para exhibición de drones? De todo menos aburrir a las cabras domingo tras domingo en una competición sin títulos que disputar. Pero si así y todo lo que prima y priva actualmente es convertir al club más laureado del mundo en el becerro de oro al que todos deben venir a adorar entonces no estaría de más que el excelso gestor que saluda como un emperador romano a la afición tenga a bien aquilatar su discurso con todas las consecuencias, creando valor principalmente para sus socios al margen del resto de stakeholders; clientes, banqueros, publicistas, proveedores y, en definitiva, todo aquel que quiera hacerse un selfie con la estampa del Bernabéu al fondo.

Si es así que venga Dios y lo vea y para ello nada mejor que propulsar el proyecto económico al margen del deportivo, pero en beneficio también de todos los que se supone que son sus verdaderos propietarios. O lo que es igual afrontar sin miedo la transformación en sociedad anónima y  cotizar en bolsa como hacen las grandes instituciones futbolísticas. Es el caso, sin ir más lejos, del Ajax que esta semana ha batido récords en el mercado de valores de Ámsterdam. De ese modo, los socios serían dueños soberanos de sus participaciones en el club y podrían elegir entre lágrimas y suspiros cada vez que se vieran eliminados en la Copa de Europa o a un cerro de puntos del Barcelona en Liga. Incluso, por qué no, podrían vender sus títulos en un mercado con suficiente liquidez haciendo negocio con la misma legitimidad que pretender hacerlo el club. Sería probablemente una alternativa más equitativa, más justa y más acorde con el modelo de empresa que ahora se propone desde la entidad. Pero sobre todo sería una solución mucho más Real.

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