Miércoles, 08.04.2020 - 21:29 h
Capital sin Reservas

España como Italia y Sánchez como Amenábar: Mientras dure la economía

Como esa lluvia del rocío que te va mojando de manera inadvertida hasta dejarte del todo empapado, las crisis económicas terminan también calando en las raíces productivas de las naciones ante la falta de una gestión activa y orientada a un crecimiento sostenible. El Gobierno dual de Pedro Sánchez acaba de renunciar al paradigma clásico de la economía moderna para adentrarse en una nueva senda que sacrifica las expectativas de desarrollo en aras de un incremento del gasto público. Falta por saber si las alegrías fiscales que se prometen estarán orientadas a corregir los naturales desajustes que provoca el libre mercado o, por el contrario, surtirán una mecánica intervencionista de planificación como respuesta a la plena desconfianza en la ley de la oferta y la demanda.

Socialdemocracia a la antigua usanza o marxismo en sentido puro; esa es la cuestión que se plantea una vez que se han desvelado las primeras cartas de la supuesta estrategia económica con que España afronta el nuevo ciclo legislativo. La confusión de los mensajes que vienen emitiendo al alimón la vicepresidenta Nadia Calviño, y su media naranja de Hacienda, la también ministra portavoz María Jesús Montero, han producido el desconcierto más absoluto de las grandes casas de prospección y análisis económico. Nadie que se precie de enjuiciar con un cierto rigor los fundamentos del cuadro macro presentado hace unos días se atreve a esbozar un pronóstico que pueda compadecerse, y no afligirse, ante el futuro inmediato que le espera a la economía española.

Tras acariciar a martillazos un crecimiento del 2% al cierre de 2019, el Gobierno invoca el mal de muchos para consolarse con las expectativas de una desaceleración creciente a lo largo de los dos próximos ejercicios. El dibujo de Hacienda ofrece suficiente cobertura política para que el líder socialista pueda caminar sobre las aguas durante casi toda la legislatura, pero al mismo tiempo condena a España a un programa de ‘italianización’, donde cada año se irá perdiendo competitividad mientras se reduce el crecimiento. Una economía al tran tran, en un estado de flotación, que al igual que viene ocurriendo desde hace tiempo en el país transalpino incrementa el coste de los factores de producción y provoca una cronificación de los desequilibrios estructurales.

Las jefas que dirigen el alto mando económico han recaído en el contagioso virus del optimismo antropológico inoculado por Zapatero antes de que España se precipitara al vacío de la gran recesión en la pasada década. Calviño ha adquirido el perfil de una rudimentaria directora comercial dedicada exclusivamente a comparar cifras y datos con la competencia internacional para demostrar, ahora que conviene, las bondades de un plan de ventas que supera a la media europea. Montero, mucho menos científica en su relato, se muestra en todo su esplendor retórico y afirma sin inmutarse que las crisis vienen a ser circunstancias sobrevenidas, procedentes del exterior y que se supone sólo pueden combatirse con una cierta dosis de resignación.

La estrategia económica está plenamente identificada en el refranero español, aunque para ser precisos habría que salpimentar la expresión original con un toque más castizo. Dicho en plata, el Gobierno coaligado en sus enormes contradicciones ha decidido que los malos tiempos están lejanos en el horizonte y cuando lleguen bastará con ponerle buena cara y echarle mucha jeta. Mientras dure la economía, que diría Amenábar, Sánchez seguirá acaudillando a la tropa de Podemos y de los aliados independientes con que se ha visto forzado a pactar el cambio de régimen. En el código de prioridades administrativas, la gestión de los recursos públicos queda relegada a una labor secundaria o, lo que es peor, se confunde con un reparto clientelar y voraz del gasto.

La subida del IVA, en la recámara 

En Ferraz y aledaños hace tiempo que renegaron de los principios más elementales heredados de Felipe González. El patriarca socialista solía decir que lo primero y más importante que se debe exigir a un Gobierno como tal es la disposición de un proyecto propio de Presupuestos que establezca los objetivos básicos de actuación de cualquier grupo en el poder. De lo contrario, la acción política se convertirá en mero fuego de artificio, un quiero y no puedo alimentado con improvisaciones que atrofiarán la capacidad de regeneración del Estado y terminarán provocando la desafección de la ciudadanía. Gobernar en prórroga presupuestaria es jugar a los penaltis que, como es sabido, constituyen la pena máxima en la resolución de cualquier disputa.

Pedro Sánchez demostró hace un año que se había aprendido la lección convocando elecciones generales con el gallardo argumento del insuficiente apoyo parlamentario a sus primeros Presupuestos. Pero la memoria es selectiva y el presidente se ha hecho ahora el olvidadizo a sabiendas de que el enrarecido clima político de Cataluña puede generarle un segundo batacazo si se presenta en el Congreso con un nuevo inventario de ingresos y gastos bajo el brazo. El que evita la ocasión evita el peligro y el Gobierno no dispondrá de Presupuestos hasta que no tenga el seguro respaldo mayoritario de la Cámara Baja, lo que puede ocurrir cuando las ranas críen pelo o, en el mejor de los casos, cuando el presente ejercicio enfile la recta final tras el verano, que sería lo mismo que poner al burro muerto la cebada al rabo.

El arroz de los Presupuestos se le está pasando a Sánchez y lo triste es que dentro del Gobierno existen voces autorizadas que han empezado a tirar la toalla y prefieren legislar por decreto las graduales subidas de impuestos, incluyendo el IVA como carta secreta para asegurar los objetivos de recaudación. El funambulismo de los pactos políticos condiciona la agenda económica y ahora lo importante es no descubrir demasiado las cartas de unas cuentas públicas abocadas al fracaso tanto en su tramitación parlamentaria como, lo que es peor, en su hipotética ejecución presupuestaria. Si Calviño convence a Europa para relajar el programa de consolidación fiscal Montero dispondrá de un margen de déficit suficiente para satisfacer los compromisos sociales que requiere la alianza con Podemos. Todo ello, claro está, mientras no se caiga el tenderete. Que se caerá.

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