Miércoles, 08.04.2020 - 17:47 h
Capital sin Reservas

Gobernad, gobernad, malditos

“Queremos formar un Gobierno progresista que no dependa de las fuerzas independentistas y para eso no necesitamos un cogobierno, no necesitamos dos gobiernos en uno”. La cita corresponde al flamante presidente Pedro Sánchez y fue pronunciada a primeros de julio, unos días antes de la investidura fallida del verano que dio lugar a las elecciones del 10 de Noviembre. Unas palabras realmente demoledoras a la hora de interpretar el sino de la presente legislatura y que van a marcar a su principal promotor hasta el final de sus días políticos a poco que la tripera apuesta de poder que ahora se hace efectiva termine embarrancando en alguna de las flagrantes contradicciones que amenazan el futuro de España.

Nunca el sueño de dormir en Moncloa introdujo al país en una pesadilla tan angustiosa como la que se induce tras el enrarecido clima de división y crispación parlamentaria escenificado en las últimas fechas. Jamás en la historia contemporánea de la democracia española se han observado en el Congreso de los Diputados posturas tan distantes para problemas tan intensos y trascendentales. Los padres de la patria no han reparado en gastos a la hora de poner en solfa el patrón esencial de convivencia, dando rienda suelta a una confrontación insólita y que tendrá muy serias repercusiones tanto en el fragmentado modelo territorial como en el incierto desarrollo económico de la nación.

La configuración del llamado Estado de las Autonomías y la imposibilidad de financiarlo sin incurrir en gravosos déficits públicos han constituido en las pasadas décadas los dos elementos básicos de toda acción de gobierno y es ahí donde Pedro Sánchez se ha inclinado por quemar las naves en su afán de pasear el palmito como jefe del Ejecutivo durante los próximos años. Sánchez podrá presumir de tacón, en efecto, pero va a tener que pisar con el contrafuerte porque su margen político de maniobra se ha quedado reducido a la mínima expresión como consecuencia de unos pactos a tutiplén con todos aquellos a los que precisamente repudiaba hace sólo unos pocos meses.

En su calidad de presidente, Sánchez se encuentra materialmente atado por el ronzal y de camino a lo que puede convertirse en su matadero político. El Gobierno dual que se constituirá este domingo con Podemos ha sido incubado en la desconfianza y sus movimientos van a ser monitorizados desde muy diferentes ángulos, todos ellos orientados, no obstante, a la persecución de objetivos claramente incompatibles con la unidad nacional, contrarios a la estabilidad económica y, sobre todo, atentatorios con el concepto más tangible del Estado. De entrada, Pablo Iglesias ya ha conminado al PSOE para crear una comisión de control que vigile puntualmente el acuerdo bipartito que ha servido como piedra angular para aprobar la pírrica investidura del candidato socialista.

En la misma medida el PNV ha exigido un comité de seguimiento que asegure el traspaso de nuevas competencias al País Vasco, entre las que se incluyen viejas e inquietantes reivindicaciones históricas por parte del Ejecutivo actualmente presidido por Íñigo Urkullu. La transferencia de la gestión de las pensiones y la consecuente ruptura de la caja única de la Seguridad Social representa el punto culminante de la factura que Sánchez está dispuesto a girar a todos los españoles para mantener a flote su posición latente como presidente del Gobierno. El líder socialista dispara con pólvora ajena y parece dispuesto a consumir el arsenal entero con tal de satisfacer las pretensiones leoninas e insaciables de sus múltiples deudos.

Investidura en el tiempo de descuento y con ayuda del VAR

El corolario en forma de acabose de toda esta desamortización del Estado es la llamada mesa de gobiernos, que no de partidos, admitida por imperativo de ERC sobre la base de cuatro condiciones impuestas por los independentistas que encabeza Oriol Junqueras. A saber; la bilateralidad, la autodeterminación, la amnistía y la consulta popular. Cualquier fisura que ponga en cuestión alguno de estos requisitos previos e innegociables será motivo para tumbar la legislatura, como bien ha advertido con su desfachatez habitual el portavoz republicano Rufián ante el silencio elocuente y culpable del jefe del Ejecutivo.

El Gobierno bipartito del PSOE y Podemos, veinte ministerios y cuatro vicepresidencias lo contemplan, deberá actuar en libertad vigilada mientras asume la actuación cada vez más beligerante de los grupos antisistema que han impulsado en los minutos de descuento una investidura obtenida con la ayuda del VAR. Entendiendo como tal el cúmulo de pactos tabernarios sin los cuales Sánchez no habría coronado la meta de sus más primarias ambiciones. El presidente se ha salido con la suya. Ya no es el producto de una moción de censura ni de un mandato en funciones. Otra cosa es que, además de reinar en Palacio, sea capaz de gobernar en ese maratón de cuatro años que ahora se inicia y que puede hacerse interminable para muchos.

Abrazado una vez más a su amigo Iglesias, Pedro Sánchez recuerda a esos bailarines de salón que durante la Gran Depresión competían en espectáculos públicos para ganarse el sustento dando vueltas día y noche hasta que la fatiga iba eliminando al resto de rivales. Horace McCoy los retrató en 1935 con una novela titulada “¿Acaso no matan a los caballos?” que Sidney Pollack llevó al cine treinta años después en una película traducida aquí con la más sugerente y adaptada denominación de “Danzad, danzad, malditos”. No hacen falta muchos más símiles para identificar el desafío al que se enfrenta la pareja formada por el presidente y su distinguido consorte: Gobernad, gobernad, malditos.

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