Jueves, 19.09.2019 - 04:38 h
Capital sin Reservas

Gobierno corporativo en plan Anacleto o basura en bolsas de naftalina

Francisco González estaba obsesionado con Luis Pineda, el encarcelado presidente de Ausbanc acusado, entre otros delitos, de extorsionar a la mayor parte de entidades financieras del país. El BBVA no pasó por el aro pero, en cambio o incluso quizá también a cambio, se rascó a base de bien el bolsillo para pagar a otro presidiario de postín como es el excomisario Villarejo, cuyos avatares en plan Anacleto han llegado incluso a la pequeña pantalla en las chanzas con que José Mota ameniza la Nochevieja en TVE a modo de resumen satírico del año. Lo que no fue en lágrimas se marchó en suspiros dejando un tufo a podrido que, maldita la gracia, ha echado por tierra gran parte de los esfuerzos y avances registrados estos últimos años dentro de lo que se ha dado en llamar el buen gobierno corporativo en nuestro país.

La mejora paulatina y la mayor transparencia de los modelos de gestión interna en las grandes sociedades cotizadas han estado asociadas por lo general a procedimientos judiciales que han puesto en la picota la reputación de los más eminentes representantes de la clase empresarial española. No se olvide que el destape integral de las retribuciones que cobran los consejeros de las empresas bursátiles fue inspirado en un arranque de remordimiento por Emilio Botín allá por el año 2002. Pero, eso sí, sólo después de que el expresidente del Banco Santander tuviera que pasar las de Caín para salir absuelto en la Audiencia Nacional tras el ‘affaire’ suscitado con las jubilaciones de escándalo que recibieron Amusátegui y Corcóstegui tras abandonar la entidad resultante de la fusión con el extinto Banco Hispano Americano.

Con todo lo que ha caído desde entonces se antoja complicado prever un desenlace tan feliz para el fallecido banquero cántabro si el toro de la crisis financiera y sus empitonadas consecuencias le hubiera corneado en medio de la actual marabunta nacional. Un país que, por lo visto y sabido, ha estado conviviendo dentro de un Estado cuasi policial, donde son los jueces quienes resuelven con sus sentencias los grandes cambios políticos -ahí está el caso Gurtel-, mientras los políticos sucumben a la oleada populista como ideario esencial para alcanzar o preservar el poder. En medio de este panorama los espionajes de Villarejo sólo pueden ser motivo de hilaridad como consuelo para no llorar dado el enorme desgarro que van a producir en la reputación del pequeño gran mundo de los negocios en España.

A partir de este escándalo se impone una drástica revolución del gobierno corporativo si es que todavía existen mentes crédulas en tamaña milonga societaria. ¿De qué vale o ha valido la supuesta división de poderes en las cúpulas directivas? ¿A qué viene tanto consejero independiente o externo para garantizar los derechos de los minoritarios? ¿Qué sentido tiene pregonar a los cuatro vientos las retribuciones antihigiénicas, fondos de pensiones incluidos, que se siguen embolsando cada año los primeros espadas y sus lugartenientes del Ibex? ¿Para qué el empeño de la CNMV en editar guías de funcionamiento de las comisiones de auditoría? ¿A cuento de qué apariencia falsa las recomendaciones constantes en favor de una mayor diversidad y presencia de mujeres en los consejos? Los códigos de buena conducta han sido rebasados por una realidad que supera con creces la ficción de unas prácticas rayanas en lo que podría catalogarse como una ley del hampa en versión moderna.

El modelo Twin Peaks

Las lecciones de la crisis bancaria habían permitido identificar muchas de las cosas que ya no están permitidas en el singular modelo empresarial hispano, pero está visto que las raíces carpetovetónicas son todavía demasiado profundas y va a ser necesario volver al aserradero para encontrar instrumentos de corte que permitan extirparlas de cuajo. De nada valen los golpes de pecho y las investigaciones clasificadas al estilo de los viejos pasos a nivel ferroviarios, que sólo se construían después de que hubiera tenido lugar el accidente. La regeneración del sistema capitalista no se puede blanquear a base de meter en la cárcel a unos cuantos ángeles caídos para congraciarse con una plebe ávida de revancha y convencida de que si son todos los que están, no están, desde luego, todos los que son.

Hasta la fecha los llamados fundamentales económicos, y sobre todo el ratio de capital, constituyen el paradigma métrico para certificar la solvencia de las entidades de crédito. Pero la aplicación para sacar las mejores notas bancarias no puede seguir reñida con una conducta muy deficiente que, a la postre, incide directamente en la confianza de los mercados y las consiguientes cotizaciones en bolsa. Es necesario un nuevo paradigma de control donde los supervisores asuman mayores poderes o, cuando menos, recuperen los que se han perdido tras el fiasco que desembocó en el rescate bancario. El Banco de España está ahora tocado del ala después de que la clase política, reunida en solemne comisión parlamentaria, haya decidido lanzar sus más furibundas diatribas contra el otrora inmarcesible regulador del sistema bancario.

La mancha de mora con mora se quita pero la única solución válida pasa en estos momentos por establecer un nuevo mecanismo de vigilancia que separe claramente las funciones del control financiero de aquellas otras que tienen por objeto asegurar el buen gobierno como calibre de una gestión honorable y garantista para los intereses de los inversores. Se acabaron los paños calientes de recomendaciones voluntarias y leyes blandas importadas a conveniencia del más experimentado y cabal mundo anglosajón. La CNMV debería hacer como sus colegas de la CNMC y apelar por tierra, mar y aire en busca de poderes efectivos que refuercen su papel como entidad reguladora y supervisora de conductas en todo el mercado bursátil, incluyendo también y principalmente a las sociedades financieras.

El denominado modelo Twin Peaks destinado a repartir los campos de actuación del Banco de España y la Comisión de Valores adquiere plena carta de naturaleza como un fin perseguido en sí mismo desde hace años para edificar una arquitectura sólida de los sistemas de control en los mercados de capitales, pero también como un medio para dotar de verdadera autoridad a una entidad que ya pasa de los treinta. La CNMV acaba de cumplir su trigésimo aniversario como alma gemela de la Ley del Mercado de Valores que permitió su nacimiento en 1988. Ya va siendo hora de superar la edad del pavo y empezar a poner en valor una madurez institucional que implica también una especial responsabilidad sobre la actuación de los agentes regulados. Incluyendo los más poderosos y con todas las consecuencias. De lo contrario eso que se ha dado en llamar buen gobierno corporativo no dejará de ser una basura envuelta en bolas de naftalina.

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