Viernes, 19.07.2019 - 15:07 h
Capital sin Reservas

La venda de Calviño y el suflé económico de Pedro Sánchez

En el gran simulacro que es el parlamentarismo español existen realidades que se antojan inmutables a la luz de los últimos resultados electorales. Pedro Sánchez ha consolidado su propia imagen de marca como una opción ganadora dentro del PSOE y del Gobierno, legitimando sus poderes para reafirmar su programa identitario y seguir ajustando cuentas con el pasado pre-democrático mientras flirtea en su relación de amor y odio con el secesionismo catalán. No existen dudas acerca de las banderas políticas y sociales en las que se va a envolver el jefe del Ejecutivo a lo largo de esta nueva y XIII Legislatura como también está muy claro que ninguna de ellas servirá de abrigo cuando se termine la inercia de la actual bonanza económica.

La política económica constituye la principal incógnita que es necesario despejar antes de que los indicadores empiecen a mostrar signos irreversibles de debilidad. De momento las grandes variables mantienen las mejores constantes vitales recobradas tras el ajuste de la crisis, pero aparecen algunos pequeños síntomas que, aunque todavía no han producido señales de dolor, indican un cambio en la tendencia de recuperación y crecimiento de los pasados años. La última Encuesta de Población Activa (EPA) ha sido la peor desde 2014 con el agravante de que una buena parte del empleo destruido se ha cebado en el sector industrial, con 8.000 parados en el primer trimestre del año que serían 16.000 en el conjunto de los últimos doce meses.

Los primeros dos años de un periodo legislativo son los únicos que consienten a cualquier Gobierno que se precie la determinación suficiente para adoptar un programa de revisión económica, indispensable para engrasar el motor productivo del Estado. Durante los dos últimos ejercicios la tradición hispánica demuestra que los distintos partidos en el poder acomodan su estrategia con objetivos cortoplacistas que tratan de satisfacer la memoria positiva del sufrido contribuyente en su metamorfosis natural como codiciado elector ante futuras convocatorias en las urnas. El ciclo parlamentario condiciona de forma decisiva la gestión de los administradores públicos en esa contradicción flagrante de la política española que supone manejar los recursos de todos sin renunciar al interés y beneficio propio.

En la actual coyuntura económica la expectativa no se antoja muy halagüeña para los defensores de esas políticas anticíclicas de corte keynesiano y estilo Santa Bárbara que sólo son invocadas cuando arrecian los truenos de una recesión. No es el caso del momento presente, con la despensa lo bastante repleta y la garantía de un crecimiento económico relativo por encima de la media europea para este ejercicio y el siguiente. Precisamente 2019 y 2020 son los dos últimos años de arrastre de la recuperación y los dos primeros de un redivivo Gobierno socialista comprometido en campañas de gasto público ajenas a la estricta ortodoxia presupuestaria, pero amparadas en objetivos conceptuales tan políticamente correctos como la protección social, la solidaridad o la lucha contra la desigualdad.

El déficit público ha dejado de ser prioritario en la agenda económica de Sánchez, empeñado en seguir arrojando dinero a los problemas como hizo Zapatero. Nadia Calviño ha conseguido, de momento, apaciguar las ínfulas de los burócratas comunitarios gracias a su singular ascendiente en Bruselas, pero la ministra de Economía tampoco quiere quemarse sola en la pira del optimismo antropológico y cortoplacista que corroe a su partido cuando vienen mal dadas y ha sido la primera en esbozar hace pocos días, y como quien no quiera la cosa, la primera advertencia pública sobre los desafíos que puede plantear la próxima crisis. De momento, la titular de la política económica en España se consuela con pedir prudencia y una ‘política fiscal responsable’ para no reaccionar de manera excesiva si se conoce algún nuevo dato, tanto positivo como negativo.

Crecimiento potencial por debajo del 2%

A buen entendedor pocas palabras y para botón de muestra no hay más que mirar a ese Programa de Estabilidad que el Gobierno en funciones remitió a Bruselas hace un mes y que viene a ser la mejor bola de cristal con la que se puede entender el futuro inmediato que aguarda a España en materia económica. De entrada, subidas de impuestos por doquier en el próximo año para financiar la acometida de gastos sociales destinados a sufragar las promesas electorales. Sánchez está obligado a satisfacer la deuda de gratitud con unos votantes que le han permitido reconstituir su partido y laminar, se supone que definitivamente, el fantasma de Podemos. No es de extrañar, por tanto, que pronto empiecen a observarse nuevas manchas de arena bajo el motor de la consolidación fiscal que impulsó el saneamiento de las cuentas públicas una vez acordonada en 2011 la zona cero de la gran recesión.

El infausto déficit público del 9% largo del Producto Interior Bruto descubierto hace ochos años casi se ha borrado de un imaginario colectivo acostumbrado a olvidar los malos recuerdos. De ahí los riesgos que entraña el exceso de autocomplacencia que se infiere de esa raquítica expectativa de crecimiento del 1,8% fijado para los años 2021 y 2022. En otras palabras, el Gobierno considera que el potencial de la economía española no da siquiera para alcanzar un exiguo 2%, lo que indica que el líder socialista prefiere lanzarse ahora a tumba abierta por la pendiente cuesta abajo que le otorga su victoria electoral al tiempo que se cura en salud a medio plazo, no vaya a ser que si levanta mucho el listón se le pueda luego caer en la cabeza como ya le pasó a su idolatrado antecesor.

Así se entiende que Calviño haya empezado a desenrollar la venda en prevención de una herida que ella misma tendrá que padecer en primera persona a no ser que su jefe la promueva antes para un mejor destino dentro de la Comisión Europea. La ministra es consciente de que la economía española es lo más parecido a un suflé que terminará desgastando las expectativas del país y la credibilidad del Gobierno. Con un poco de suerte eso no ocurrirá hasta dentro de dos años. Para entonces a Sánchez que le quiten lo bailao. El presidente del Gobierno se ha hecho fuerte a base de asumir riesgos y está literalmente que lo tira. Ese es el problema con el que vuelve a enfrentarse España y la triste verdad que se esconde detrás del plan de estabilidad -es un decir- enviado a Bruselas.

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