Miércoles, 27.05.2020 - 07:39 h
Capital sin Reservas

La 'paloma' equivocada y el poema de la economía española

¿Y después qué? Preguntarse acerca del futuro más inmediato puede resultar un ejercicio de frivolidad a tenor de la crecida que aun a día de hoy experimenta la curva de contagios y fallecimientos provocados por el terrible coronavirus. Pero puede interpretarse igualmente como un mensaje de esperanza que reconforte a los ciudadanos con la garantía de que también saldremos de ésta. La cuestión, en todo caso, reside en saber cómo salimos y hasta qué punto vamos a disponer de capacidad para afrontar las consecuencias de una larga etapa de posguerra que también va a generar un balance ominoso y cruel de víctimas colaterales. La crisis sanitaria tiene un incierto desenlace, pero está claro que mucho más profunda y duradera va a resultar la contracción económica a la que está abocada España.

Nos enfrentamos al peor momento vivido desde la Segunda Guerra Mundial, ha afirmado Angela Merkel sin incidir en que la parálisis de la actividad económica actual supera incluso los índices de la última gran contienda armada. En nuestro país, la situación se traduce en el mayor shock de oferta y demanda desde la Guerra Civil, una referencia histórica tan presente en la conciencia de nuestros políticos que ha favorecido ahora una tregua inaudita en la oposición tradicional al Gobierno que refrenda a cualquier Estado democrático en tiempos de paz. A excepción de algunos coletazos de última hora, la mayor parte de los grupos parlamentarios han mantenido envainada la espada de sus más agrias controversias mostrando, en mayor o menor medida, una leal subordinación a las decisiones del mando conjunto establecido por el PSOE y Podemos.

La psicosis de pánico y el instinto inmediato de supervivencia ante la hecatombe sanitaria han apagado también dentro de la sociedad civil los atisbos de lo que podría haber sido la crítica más feroz contra una estrategia económica efectista, errática y abrigada exclusivamente al pairo de lo políticamente correcto. Es significativo a este respecto el incienso derramado en los primeros momentos desde la CEOE para defender las medidas anticrisis de Pedro Sánchez. Está claro que los estímulos aprobados por el Gobierno van en la buena dirección, malo sería, y que representan el mayor volumen de recursos movilizados en la historia de la democracia contemporánea. ¿Y qué? Una cosa es habilitar fondos del erario público gracias a un poder conferido y otra muy distinta es poner a trabajar de manera real y efectiva esos capitales para tapar los agujeros que irremediablemente va a dejar la tragedia del coronavirus en la estructura productiva de todo el país.

La guerra económica en la que estamos metidos requiere una suficiente carga de munición pero además exige de expertos artilleros capaces de orientar el objetivo del disparo, no vaya a ser que la falta de pericia alimente el exceso de demagogia para volver a las andadas de lo que la última crisis financiera demostró que no se debía hacer. Sánchez ha rehuido por ahora la tentación de un nuevo Plan E pero las tensiones financieras en el tejido industrial van a aumentar de forma exponencial en la medida en que se extienda el confinamiento de la población. De momento, el estado de alarma se va a prolongar hasta mediados de abril, coincidiendo en fechas con lo que muchos expertos consideran el verdadero pico de la pandemia, fijado en España para finales de la Semana Santa.

El país está parado y es impensable resetear el motor de actividad de manera automática tras la erradicación del virus. El miedo seguirá siendo tan libre como soberano y el panorama después de la batalla apunta a una recesión que se da por descontada en 2020. Pero hablar de crecimiento negativo ahora es como no decir nada porque lo importante es alumbrar cuanto antes unos datos con rigor científico que permitan la actuación decidida y urgente de los poderes públicos. El Gobierno dispone de informes preliminares que apuntan una caída del 25% en el sector servicios durante los próximos cuatro meses y del 10% en el resto de la economía. Al cambio, y teniendo en cuenta que los servicios suponen el 40% de la producción, se estima que el choque deflacionario alcanzará este año alrededor de un 5% del PIB. Si la atonía se mantiene en el tiempo la caída podría duplicarse por encima del 10%, como preludio de una gran depresión con niveles de paro superiores al 30%.

Enfrentamiento con José Luis Escrivá

A partir de este diagnóstico surge el dilema de ajustar la manivela del Estado calibrando si es mejor pasarse de rosca que quedarse corto ante el inevitable estímulo que tiene que ser aprobado por el Consejo de Ministros. Curiosamente ha sido la vicepresidenta Nadia Calviño quien ha hecho piña con la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, para defender una posición más conservadora ante los que reclaman un cambio radical en la estrategia fiscal del país. Entre éstos últimos figuran, por supuesto, los halcones de Podemos pero también el ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, concienciado de que más vale prevenir que curar, lo que se traduce en una involución de la hoja de ruta para evitar que a la ‘paloma’ de la política económica le suceda lo que a la de Alberti y se equivoque de medio a medio.

Quizá sea la falta de pericia de un grupo de dirigentes políticos excesivamente versados en labores de adoctrinamiento y poco duchos en el manejo de la Administración Pública. Es escandaloso que Hacienda no haya abierto la barrera del control financiero para habilitar los gastos contingentes contra el Covid-19 hasta una semana después de promulgar el célebre decreto de medidas económicas extraordinarias. La falta de agilidad en la materialización de decisiones socava la buena voluntad y disposición de recursos, lo que ha provocado la ralentización de las compras centralizadas de material sanitario con el consiguiente colapso hospitalario y funerario. En definitiva, un horror que sirve para testimoniar la necesidad de una gestión no sólo contundente sino también rápida y directa contra la crisis.

Por eso tampoco se entiende muy bien la resistencia de la ministra Montero a facilitar un trato impositivo acorde con la excepcionalidad del momento, de manera que los contribuyentes no se vean obligados a pagar unos tributos por una actividad que no pueden llevar a cabo. El caso del IVA de los autónomos es especialmente sangrante de cara a las liquidaciones de abril, al igual que la cerrazón en mantener la campaña de la Renta bajo el argumento de no retrasar las devoluciones a los contribuyentes con declaraciones negativas. Bastaría con ampliar el plazo para que los que tienen que pagar ajustasen sus previsiones con un calendario más dilatado como están haciendo, por ejemplo, las grandes del Ibex cuando aplazan sus juntas de accionistas y sus dividendos aprovechando el margen hasta octubre que ha tenido a bien concederles la ministra Calviño.

El dañino espíritu de Zapatero

La vicepresidenta económica sigue en cambio arrastrando los pies cuando se trata de aflojar la mosca de unos recursos públicos que se dicen generosos y que luego, a la hora de la verdad, se disponen con cuentagotas. Los 20.000 millones acordados en avales esta semana no dejan de ser una quinta parte de los 100.0000 millones que están provisionados de boquilla y además, en un exceso incomprensible de celo presupuestario, el Gobierno ha decidido que las ayudas oficiales tendrán un coste para la banca que puede superar incluso el tipo de interés de mercado y que lógicamente será repercutido al cliente final. Veremos a ver si la prudencia no se tiñe de roña dando lugar a una tacañería que las entidades financieras nunca se atreverán a denunciar, pero que echará por tierra el crédito que ahora más que nunca necesitan las pequeñas empresas y los trabajadores por cuenta propia.

La cicatería de ahora puede volverse en contra del Gobierno que a más tardar no dudará en seguir la teoría del péndulo y sacar la chequera presupuestaria a troche y moche, arrojando dinero a los problemas cuando el agua le llegue al cuello a Sánchez. El peligro de invocar el espíritu de Zapatero, incapaz de reconocer al principio la crisis para echar luego el resto cuando todo estaba perdido, sólo se puede mitigar mediante la canalización de un rescate financiero y fiscal contundente que frene rápidamente, ahora mismo, la descomposición del tejido empresarial, sustentado en España por Pymes y autónomos.

El matiz, como el factor tiempo, es vital y es lo que diferencia la obsesión de Pablo Iglesias y su renta mínima permanente de la propuesta esbozada por el vicepresidente español del BCE, Luis de Guindos, a favor de una renta de emergencia durante la crisis del coronavirus. Aprovechar la hora más crítica para arrimar el ascua a la sardina de viejas reivindicaciones populistas es tan censurable como engrasar los cañones ante la opinión pública para disparar después con balas de fogueo. Esta vez más que nunca se impone una gran solución para un gran problema y es ahí donde el Gobierno no termina de dar el do de pecho.

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