OPINION

¡Que vienen los comunistas!... y detrás los fondos activistas

Pablo Iglesias, junto a Pedro Sánchez tras firmar el pacto de coalición
Pablo Iglesias, junto a Pedro Sánchez tras firmar el pacto de coalición
EFE

¡Que vienen los comunistas! La virtual coalición de gobierno entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ha disparado las alarmas con la misma o mayor virulencia que produjo la incontestable victoria de Felipe González en 1982. Las voces de alerta gritaban entonces ¡que vienen los socialistas! en prevención de un cambio político alentado bajo el célebre slogan ‘OTAN, de entrada, no’ y aturdido con la presunta nacionalización de la banca y de las empresas eléctricas, entre otras lindezas propias de un momento de euforia sin igual. Promesas que fueron incumplidas y conmutadas por una sociedad que se sentía entonces ilusionada, pero que incitaron a una cultura política orientada en la táctica del engaño y en el desprecio de los más elementales enunciados programáticos.

Aquellos polvos trajeron estos lodos, propiciando una desafección ciudadana hacia la clase política que, por otra parte, sirve también de coartada para que los propios interfectos puedan primero despedazarse con invectivas de lo más hiriente y fotografiarse después sin solución de continuidad bien remilgados en un sentido abrazo para la posteridad. Todo sirve y nada vale en la carrera desenfrenada por el poder sobre la que se ha levantado la gran coalición de pillos. De ahí la crisis de angustia que muestra en estos momentos ese establishment históricamente acostumbrado al ‘no pasarán’ de aquellas viejas y difusas líneas rojas a las que tanto respeto profesaban los antiguos padres de la patria.

Las grandes empresas, tanto las de naturaleza familiar como las del Ibex venido a menos, temen que el futuro Gobierno terminará por cortar, de manera lo más expeditiva que pueda, el cordón umbilical que durante los últimos cuarenta años ha oxigenado las relaciones entre los poderes públicos y los poderes fácticos en la España constitucional. En adelante, a quien Dios se la dé que San Pedro se la bendiga porque el germen revolucionario que anida en los promotores de la alianza que se dice progresista de izquierdas conduce inevitablemente a una reingeniería social que no admite disidencias. Todo ello en defensa de ese ideario que sacraliza la autoridad emanada del pueblo, la misma que ahora representan los nuevos invitados que el líder socialista ha tenido a bien acomodar como inquilinos de lujo en su estancia palaciega de Moncloa.

Para las principales sociedades cotizadas el problema de fondo no reside propiamente en el peligro inminente del populismo de inspiración marxista que se cierne en estos momentos sobre España, sino más bien en la inhibición que de ello puede derivarse para la salvaguarda de proyectos empresariales que se suponen esenciales de cara al desarrollo económico de todo el país. Dicho de otro modo, detrás de los flamantes comunistas van a llegar indefectiblemente los más consolidados activistas, fondos de inversión principalmente anglosajones dispuestos a arrasar con unos criterios estrictamente financieros de actuación y que no suelen sustraerse a los objetivos estratégicos de las codiciadas compañías a las que dedican sus dineros y atenciones.

La alargada sombra de Paul Singer

Los ‘lobos’ de Wall Street han empezado a asomar las orejas por las estribaciones pirenaicas después de un aquilatado programa de expansión en Europa, donde a día de hoy concentran más de una tercera parte de sus inversiones. Algunos han empezado a poner la patita en nuestro país con unas primeras incursiones experimentales como las llevadas a cabo en Aena y Ferrovial por The Children’s Investment (TCI). La entidad que dirige el multimillonario británico Christopher Hohn está colocada actualmente en el octavo lugar del Top 10 dentro de un ranking que amenaza con hacerse popular en España y en el que figuran nombres como ValueAct, Third Point, Icahn y el más conocido y temible Elliot Management de Paul Singer.

El filántropo y capitalista buitre neoyorquino, que de todo se puede ser en esta vida, ha sido el más rápido en desenfundar contra todo aquel que se le pone a tiro, orientando sus disparos por elevación en el sector de las telecomunicaciones. Singer se ha cobrado en AT&T y Telecom Italia las dos primeras muescas, en tanto que Amber, socio de referencia incrustado desde hace años en el capital de Prisa, ha seguido los pasos atacando por el flanco de la operadora griega OTE. Tantos y tan sugestivos precedentes han levantado las sospechas en Telefónica, cuya atonía bursátil, acción arriba acción abajo, la convierte a ojos del mercado en lo que Arguiñano calificaría, antes de chuparse los dedos, como un bocado rico, rico y con fundamento.

Con una economía en ángulo muerto y unos políticos que conducen el país mirando continuamente por el retrovisor, España se ha convertido en una especie de ciudad sin ley dentro del escenario de batalla que exploran continuamente los fondos activistas. El problema de Cataluña contribuye a enardecer los ánimos de estos forasteros en busca de fortuna y, por si fuera poco, la agencia Moody’s ha desenfrenado su apetito de conquista tras afirmar esta semana que el futuro Gobierno Frankenstein propugnado con la inestimable colaboración de las fuerzas independentistas no tiene tampoco mayores visos de completar la legislatura.

La cuestión es tanto más grave si se observa la excesiva concentración accionarial que caracteriza los movimientos en las bolsas mundiales. Nuestro país no es una excepción y sus principales valores cotizados están dominados por una serie contada de gestoras de fondos que orientan sus inversiones a empresas que forman parte de los principales índices bursátiles. Los Vanguard, BlackRock, State Street y demás entidades fiduciarias extranjeras controlan cerca del 40% del capital de las más distinguidas sociedades cotizadas, incluyendo a los grandes bancos y también a las entidades no financieras.

Las renombradas corporaciones que sustentan la marca España carecen de dueños capaces de garantizar su integridad patrimonial ante la amenaza incipiente de una invasión exterior. La quiebra institucional y la inestabilidad política hacen el resto hasta completar la tormenta perfecta para que los fondos activistas terminen por echar las redes en el Ibex. Ni Fernando VII y sus Cien Mil Hijos de San Luis lo hubieran tenido más fácil para darse un paseo militar en esta convulsa y libertina época que se vive en España.

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