Jueves, 16.08.2018 - 14:42 h

50 años, tres y medio después 

El 2 de junio de 2014, el rey Juan Carlos I anunció su abdicación, tras 39 años como titular de la Corona. No era un momento fácil, ni para él, ni para España. Tras decenios
de muy elevada y sostenida popularidad (que siempre fue llamativamente transversal, social e ideológicamente) su imagen pública había ido ensombreciéndose por circunstancias personales, familiares y de salud. Desde comienzos de ese mismo año, siete de cada diez españoles (la misma proporción, por cierto, que en esos momentos seguía reconociéndo a Don Juan Carlos su papel decisivo en la consolidación de la democracia) consideraban que había llegado la hora —siempre indeseada e inoportuna— del relevo. Aun cuando la situación económica, social y política de España no era en esos momentos precisamente bonancible, sino crecientemente borrascosa, una muy amplia mayoría ciudadana (78%) daba por seguro que la Corona estaba ya lo suficientemente asentada como para garantizar que el proceso sucesorio —que constituía, además, una radical novedad en nuestra nueva vida pública— podría llevarse a cabo con total normalidad. Avalaba, sin duda, esta expectativa el hecho de que el 84% de los españoles considerase que el príncipe Felipe estaba ya más que preparado para asumir nuestra más alta magistratura. El hecho, en todo caso, es que, en una situación de creciente y generalizada crispación colectiva, la sucesión en la Corona constituyó efectivamente un evento cuya normalidad resultó tanto más llamativa por contraste con un contexto en el que todo se iba haciendo creciente y lamentablemente atípico. El crédito social agavillado para la institución tanto por el Rey ya emérito, durante decenios, como por el nuevo Rey en sus años como Príncipe de España (en los que llegó a tener una evaluación ciudadana equiparable a la lograda por Don Juan Carlos en sus mejores momentos), parecía haberla resguardado, razonablemente, de la ola de descrédito y desapego ciudadano que en cambio anegó —y sigue anegando— a buena parte de nuestras instituciones públicas.

Cuanto ha ocurrido en nuestro país en los tres años y medio transcurridos desde aquél 2 de junio hasta este 29 de enero en que Felipe VI cumple 50 años, no constituye precisamente algo que, debidamente envuelto en papel de celofán y con un gran lazo, pueda constituir el mejor regalo de cumpleaños deseable. Y no porque, en ese tiempo, el desempeño por parte del nuevo Rey de sus funciones no se haya correspondido con
las expectativas ciudadanas. Muy al contrario: en promedio, siete de cada diez españoles evalúan de forma favorable el modo en que Felipe VI ha estado desempeñando, y desempeña, sus funciones y esa misma proporción considera que contribuye a proyectar, hacia el exterior, la imagen mejor de nuestro país. Si estos últimos tres años y medio han resultado de excepcional dureza para nuestra sociedad y para la Corona es porque, a lo largo de los mismos, ambas han sido puestas duramente a prueba. Una y otra han tenido que dar repetidas muestras de paciencia y
resiliencia ante la sostenida incapacidad de las principales instituciones y figuras públicas del país para remediar, o al menos mitigar, tanto error, daño y sufrimiento producido y, en gran medida, evitable. La España de Felipe VI es un país que, superada la (más que justificada) ira inicial por la crisis, por sus consecuencias, por varios de sus supuestos remedios y por los diversos desmanes entremedias descubiertos, se sigue mostrando hoy, al inicio de un nuevo año, confiada en la actual democracia (para la
que exige reformas profundas en modo alguno estrambóticas…pero que no acaban de llegar). Es un país en el que, pese a todo cuanto ocurre, el 70% dice empezar 2018 con buen ánimo; un país que lleva meses otorgando un resonante suspenso a sus principales líderes políticos (con la excepción de Albert Rivera, la única figura pública que, como el Rey —si bien a considerable distancia de este— merece desde hace ya tiempo una positiva evaluación ciudadana) pero que no por ello reclama un nuevo sistema político sino, sencillamente, su relevo por otros mejores; un país que, en el problema probablemente más grave, políticamente, que le aqueja (la situación de Cataluña) censura fuertemente al Gobierno por su forma de actuar (o de no hacerlo) y que solo encuentra orientación y apoyo en quien, ante tanto apocado silencio que se quiere prudencia, ha de acabar siendo quien pronuncie las palabras oportunas, casi ya en el último momento. La España actual es un país que, con serios y varios motivos para la desesperación, no se desespera; por el contrario, da claras señales de estar propiciando un tiempo político nuevo cuya emergencia parece estar pasando inadvertida a quienes más va a afectar.
Y que todo indica que puede estar ya a la vuelta de la esquina. Sencillamente, esta España, en buena medida maltrecha y desguarnecida, de la que tanto han abusado muchos que decían servirla, no se resigna.
Y esta inalterable esperanza de nuestra ciudadanía en un mejor futuro constituye, probablemente, el mejor regalo para quien es su máximo representante y hoy cumple años.


(Todos los datos de opinión que aquí se citan proceden de sondeos de Metroscopia) 

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