Martes, 18.06.2019 - 05:44 h

Alfredo

Bueno, mi querido Alfredo, ahora todo van a ser elogios, qué se le va a hacer. Sin duda hubiera sido mejor que en vida algunos hubieran medido mejor sus palabras y no te hubieran dedicado las chocarreras lindezas que te obsequiaron (querría creer —por mera fe en la condición humana— que ahora puedan andar remordidos y lamentando lo escrito). Hubiera sido mejor —para nuestra vida pública, para nuestra cultura cívica— que algunos de tus adversarios políticos hubieran sabido respetarte como tú siempre supiste hacerlo con ellos. Nunca insultaste; nunca denigraste; fuiste, cuando procedió, irónico, severo, demoledor: pero nunca hiciste sangre, nunca te rebajaste al insulto, a la miseria del ataque personal. No tenías culpa alguna por ser inusualmente inteligente, ocurrente, culto, brillante y sagaz. Y, en ocasiones, divertido. Que a muchos la envidia que todo ello pudo producirles les condujera a ser mezquinamente rastreros revela únicamente su escasa calidad humana.

Claro que, por fortuna, has encontrado en tu camino excepciones. Mira, por ejemplo, lo que quien fue un duro contrincante escribe hoy de ti: “Contaba (Rubalcaba) con un discurso sólido que merecía ser escuchado porque destacaba por encima de consignas publicitarias y de eslóganes ramplones; un discurso que se basaba en la racionalidad y en los argumentos, no en la búsqueda de un enemigo artificial contra el que legitimarse. Tal vez por ello fue un adversario admirable que nos obligó a dar lo mejor de nosotros en cada momento”. Caramba, esto es ya otra cosa. Estas palabras —tu ya sabes quien las ha escrito— son las propias del tipo de rival que merecías (y del tipo de rival que merecía tener enfrente a un contrincante como tú). Son palabras que conciben el debate político como lo entendías tú y como deberíamos entenderlo todos: como una oportunidad para, dando cada uno lo mejor de sí mismo, buscar el modo de aclarar cuestiones complejas, de superar malentendidos o desacuerdos y de buscar arreglos.

La política no es el arte de machacar al contrario, de ganarle como sea y por KO. Es, por el contrario, el arte de lograr empates honorables, pues este es el único resultado posible en una sociedad plural, compleja y diversa como la nuestra, que aspira a la convivencia y no a la eliminación del contrario.

Nunca odiaste, puedo dar fe de ello. Ni guardaste rencor. Eras gentil, sensible y bondadoso: quienes te conocieron lo saben bien, y si alguna de tus caricaturas públicas no contiene estos rasgos es, sencillamente, porque está mal dibujada (nadie, me atrevo a señalar, ha sabido aproximarse más en sus dibujos a tu verdadero estilo vital que el maestro Peridis; se que también lo piensas).

Y lo siento, pero tengo que decirte que tú, que no aspirabas a otra gloria personal que la de fundirte, devenido polvo, “en la fosa común del tiempo y del olvido” —como cantaba Brassens— has dejado, con tu mero estilo vital, y sin pretenderlo, un legado que quienes te queremos, admiramos y no te podremos olvidar no tenemos ahora más remedio que tratar de preservar y difundir. Un legado difícil —pero no imposible— de cumplir, pero al menos fácil de enunciar: la política puede ser otra cosa. La política no tiene por qué ser el ámbito del fango, de las mentiras, de las bajezas y del odio; la política puede ennoblecer a quien la ejerce y, con ello, a la sociedad toda; la política, sencillamente, debe ser ejercida de modo tal que nos obligue a sacar, a todos, lo mejor de nosotros mismos (como dice hoy que le obligabas tu a hacer ese antiguo adversario que, al honrarte con sus palabras, se honra inevitablemente también a sí mismo). Nos pondremos a ello. Será el mejor modo de celebrar la inolvidable alegría de haberte tenido con nosotros.

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