Viernes, 26.04.2019 - 18:27 h

De minorías, lazos y listas

Minorías. El expresident se ha dirigido a la justicia belga solicitando amparo para la minoría independentista catalana frente al acoso a que, según él, la somete el Estado español. Puedo imaginar el estupor de quienes reciban y hayan de tramitar esa solicitud. ¿Minoría? ¿Pero no se trataba de todo un pueblo, de una nación en marcha imparable hacia su libertad? ¿Acosada? ¿Pero no es acaso inequívocamente independentista (y más aún: puigdemontista) el gobierno que está ahora al frente de la Generalitat y en cuya labor -sea cual sea esta, que eso al parecer está por ver- para nada interfiere el gobierno español? ¿En qué quedamos? ¿Minoría o insoslayable voz de todo un pueblo? ¿En el poder u oprimida? Personalmente, esta declaración de Puigdemont (al margen de su sinceridad y de que constituya más o menos una mera argucia argumentativa para tratar de lograr por la vía de la conmiseración lo que no se ha conseguido con la impostada -y ya muy desgastada- bravuconería) me resulta, a la vez, una sorprendente muestra de realismo y un claro síntoma de desorientación. Realismo, porque de hecho viene a reconocer (por primera vez, si no yerro) que quienes le siguen no son una inmensa mayoría (aunque sí una muy considerable minoría: un 47% de votantes, y un tercio aproximadamente de independentistas convencidos: todo un bagaje). Desconcierto, porque empieza a actuar como el pianista que, carente ya de partitura, toca teclas y teclas hasta ver si logra dar con la que, finalmente, de paso a la melodía buscada, la que le ganaría atención y aplauso generalizado. Lo tiene difícil.

El independentismo optó, en septiembre de 2017, por un camino errado: el de la inflamación permanente de media sociedad catalana. Y según parece deducirse de lo oído en el juicio del procés, sin creer del todo en lo que con tanto ardor se predicaba; o sea, haciendo creer a miles de personas en la inmediata factibilidad de lo que, en realidad, se sabía imposible. Es decir, mintiendo a los propios (por decirlo sin circunloquios y como, con el tiempo, muchos de ellos sin duda acabarán viendo).

Mal camino. El abuso de la buena fe de buena gente, prometiéndole un paraíso pero dejándola al borde de un precipicio, rara vez otorga, en la historia, un lugar honorable. En política “la exageración nunca es señal de inteligencia”, escribía Friedrich Engels a un sobre-inflamado seguidor. Pues eso.

Lazos. La Junta Electoral Central ha advertido al president Torra que, en tiempo electoral, la exhibición de signos o mensajes con contenido partidista en locales públicos es ilegal. La primera reacción de Torra ha sido la esperable: otro ataque más a la libertad de expresión. Caramba. El fin de semana pasado miles de independentistas llenaron el centro de Madrid, con total normalidad, sin el menor incidente. Unos toman la plaza de Colón un día, otros las zonas aledañas poco después. Y no pasa nada: cada cual es libre de expresar sus ideas y proyectos. Lo garantiza la Constitución. A nadie se juzga o encarcela en una democracia plena (y España lo es: lo afirman evaluadores internacionales reconocidos) por sus ideas.

Pero sí por sus actos, si contravienen la legislación -democrática-  vigente. En contraste, y en un lacerante artículo, ese mismo fin de semana narraba Almudena Grandes los insultos que por parte de inflamados independentistas hubieron de soportar quienes acudieron al sur de Francia a honrar la memoria de Machado y Azaña ante sus tumbas. “Fascistas” les chillaron, sin darse cuenta de que, en realidad, con esa palabra se estaban definiendo a sí mismos y en modo alguno a quienes se la dirigían. Es lo que tiene el fanatismo: nubla la correcta percepción de las cosas. Por cierto, -Torra tan sensible con cuanto concierne a la libertad de expresión: probablemente solo la propia, no la ajena- no ha considerado tener nada que decir a este respecto.

Listas. No se habla de otra cosa, aunque haya quienes traten de embarullar el asunto mezclando churras con merinas. Me refiero, claro a las listas de candidatos aprobadas por el Comité Federal del PSOE, que no pasarán precisamente a la historia como un ejemplo de concordia, equidad y magnanimidad (lo de la mezcla de churras con merinas va por quienes tratan de evaluar con parecido rasero el caso -por lo general muy distinto- de las listas de otros partidos). Valores indiscutibles del socialismo actual por su capacidad intelectual (¡algo tan escaso en nuestra vida pública!) y por su ejemplaridad personal, han sido excluidos o ubicados en lugares tenidos por secundarios. Sin duda legítimamente; pero el tiempo dirá si, también, acertadamente. Los votantes no tienden a valorar tanto la lealtad incondicional de los candidatos a su líder nacional como su capacidad personal de representarles y de buscar remedios a sus problemas. Del proceso parece, en todo caso, haber salido especialmente acrecentada, en cuanto a prestigio personal, la figura de Javier Lambán, un líder regional con la sabiduría suficiente para saber que uno vale tanto más cuanto más valgan los que le rodeen y ayuden.

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