Martes, 21.11.2017 - 18:53 h

La miniaturización identitaria

El 75% de los catalanes se sienten, a la vez, catalanes y españoles. Porcentajes similares de españoles dicen sentirse fuertemente identificados con su región de origen y,
también, con España. Y cada año son más (en torno al 60% ahora) los españoles que se sienten también europeos. E incluso llegan hasta el 20% los que se consideran, además, ciudadanos del mundo. Toda una pirámide identitaria. Así las cosas, quien para autodefinirse considere suficiente declarar que, ante todo, se siente sólo español (o sólo catalán, o sólo gallego; da igual: son solo ejemplos), habrá dado una respuesta escandalosamente incompleta, que miniaturiza hasta la caricatura su personalidad.

En una sociedad crecientemente plural, diversa y compleja como es ya la española, nadie puede pretender condensar con un solo y rotundo rasgo de este corte la compleja -y radicalmente única- trama de sentimientos, pulsiones, y valores que como individuo le caracterizan. Ni todos los españoles (o catalanes, o gallegos, da igual) sentimos o entendemos del mismo modo la españolidad (o la catalanidad o el galleguismo), ni el hecho de definirnos como tales implica, por fuerza, que entre nosotros tengamos más en común que con el resto de nuestros semejantes, aunque hablemos lenguas distintas o tengamos costumbres diferentes. Lo que realmente nos une o nos separa son, hoy, otro tipo de factores, mucho más complejos, específicos e individualizados.

El nacionalismo (que junto con la religión o la etnia ha sido, históricamente, un poderoso instrumento para la constitución, más o menos forzada, de comunidades supraindividuales) es un fenómeno todavía extendido, pero en vías de desaparición -dicho sea esto como mera constatación sociológica y sin ánimo alguno de ofender-.
Surgió a finales del siglo XVIII, tuvo su apogeo en el XIX, experimentó su particular cáncer, con extensas y letales consecuencias, en el XX y ahora, en el XXI, tras algunas recientes recaídas -igualmente nocivas- va gradualmente entrando en la senectud, al tiempo que, en su lugar, se asientan con imparable pujanza el supranacionalismo y la globalización. La identidad nacional está destinada a convertirse, en un futuro inmediato, en uno más de los múltiples sentimientos que configuran y articulan nuestra identidad personal: pero ya no será el factor sobre-dominante, el que discipline y jerarquice todas las restantes señas identitarias que, en mayor o menor o medida, suelen moldear la personalidad de cada individuo. Cada vez nos resulta menos tolerable que de algo que pensamos, sentimos o creemos se nos diga que resulta incompatible con ser buen español (o catalán o gallego; o lo que sea). Cada cual se siente con derecho a vivir su sentimiento identitario a su manera, sin reconocer a nadie la autoridad para extender certificados de buena españolidad (o catalanidad, o galleguismo; o lo que sea). 

Nuestro mundo es, cada vez más, un mundo multicultural, pero en un sentido distinto del que originariamente tuvo este término. No son ya las sociedades las que han devenido multiculturales, entendiendo por ello que en su seno convivan, o coexistan, culturas diferenciadas que en muchos casos, a modo de compartimentos estancos, mutuamente se toleran y, en buena medida se ignoran. Ahora los destinados, y cada vez en mayor medida, a ser multiculturales somos todos y cada uno de nosotros. Sobre esto ha escrito páginas memorables Amartya Sen (cuya lectura cabe recomendar a quienes, a estas alturas, parecen pugnar por que, a contracorriente del curso de la historia, la identidad nacional vuelva predominar de modo absoluto en la personalidad individual y en la conciencia colectiva).

“Me llamo Elías Corujedo”, proclama al entrar en escena un personaje jardielponcelesco. “Hace usted muy bien”, es la indiferente respuesta que obtiene. La misma que, sin duda, merece quien, en nuestro mundo actual, crea suficiente, para autodefinirse, proclamarse solo español (o catalán, o gallego; o lo que sea). Eso, por sí solo, dice ya demasiado poco.

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