OPINION

Lesa patria

Illa lleva desde marzo viviendo en la casa oficial del vicepresidente en La Moncloa
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Moncloa

Para José María Pérez, “Peridis”, con mi solidaridad y afecto

“"emos salir de esta crisis más fuertes. Si aceptamos cambiar nuestras formas de pensar y nuestros comportamientos. No podemos pensar el mundo de mañana con las ideas de ayer". ¿Cómo no suscribir estas palabras, aquí y ahora, en la azorante línea divisoria en que nos encontramos entre empezar, por un lado, a superar la crisis sanitaria y notar ya, por otro, con creciente dureza, las consecuencias económico-laborales-sociales que nos va dejando?

Media España cree —según datos de Metroscopia— que es hora ya de iniciar la reconstrucción de nuestra economía; la otra media preferiría esperar, para hacerlo, a que la epidemia esté totalmente controlada. Y si casi la mitad de los españoles (55%) cree que lo peor de la crisis sanitaria ya ha pasado, casi otra mitad (41%) teme que lo peor está aún por llegar. Un complejo entramado de expectativas y temores que no facilitan, precisamente, la toma de decisiones por parte de quienes tienen en este momento la tremenda responsabilidad de hacerlo.

Si nuestra sociedad está desconcertada, asustada y expectante, y si nuestros gestores públicos deben, por fuerza, ir improvisando (pues nadie cuenta, en ningún lugar, con un indiscutido manual sobre cómo actuar en estas circunstancias) no parece lo más adecuado (ni, por decirlo sin circunloquios, lo más patriótico) fomentar el general desasosiego. Ciertamente saldremos, todos, más fuertes de esta crisis, pero solo si para hacerle frente cambiamos las formas de pensar y actuar mantenidas hasta ahora.

Por desgracia no parece que vaya a ser así. En determinados ámbitos políticos y mediáticos (de un color político y del opuesto, y quizá, por ser ecuánime, más en uno que en otro), el empeño en esta delicada encrucijada no es dejar definitivamente encerrados bajo siete llaves el bochornoso estilo que intoxica nuestra vida pública, sino, por el contrario, reverdecerlo. Y para ello se procura activar, con avergonzante miseria, los más rancios y deplorables tópicos de nuestro fratricida pasado. Un corresponsal extranjero me comentaba hace unos días su perplejidad ante el grado de desdén, de rencor, de odio incluso, de que hacen gala determinados sedicentes políticos: "Quien solo supiera de España lo que estos personajes dicen, pensaría que este es un país con una profunda crisis de convivencia, muy cerca incluso de una confrontación. Y nada más lejos de la realidad. Entonces, ¿a qué tanta inquina, tanta descalificación rotunda, tanta renuencia a dialogar e intercambiar ideas?".

Hay algunas vetas, en nuestra sociedad —le sugerí— que parecen seguir instaladas en una añorada óptica guerracivilista de nuestra convivencia. Incomprensiblemente, pues en una guerra fratricida no puede haber motivo alguno de orgullo para vencedores o vencidos: haberse matado entre hermanos solo debería mover (y de hecho, mueve a la inmensa mayoría de los españoles) a la colectiva vergüenza, al mutuo perdón y al generoso olvido. Y a un firme "eso, nunca más", que fue por cierto el lema no escrito de ese estilo político que posibilitó la Transición a la democracia ahora tan añorada. "Y eso ocurre ¿en 2020? ¿Ochenta y cuatro años después del comienzo de la guerra civil? Si es como me dices, entonces esta sociedad está muy enferma".

No, no es cierto: esta sociedad no está enferma. Está avergonzada. Aborrece estos reverdecidos modos políticos de confrontación permanente y a cara de perro. Prueba de ello —como los sondeos revelan recurrentemente— es que los políticos mejor evaluados son aquellos que, en estos momentos, en vez de tratar de encizañar y tensar las situaciones tratan de buscar puntos de encuentro y de acuerdo con quienes piensan de modo distinto. Recuerda, le dije, como ejemplos más recientes, los datos de Metroscopia sobre como evalúan los madrileños a su alcalde y a la presidenta de su Comunidad (ambos por cierto, le añadí, del mismo partido): dos estilos políticos muy dispares que suscitan reacciones ciudadanas diametralmente opuestas. "Entonces —me replicó— quien está muy enferma es vuestra clase política". No sé si el calificativo más adecuado para describirla es "enferma", que parece conllevar un matiz exculpatorio que no procede.

Lo que sí cabría decir (y de hecho lo dicen los ciudadanos, sondeo tras sondeo) es que muchos de quienes la integran demuestran una mayúscula incompetencia para el oficio que se creen en condiciones de desempeñar. La política es el arte de negociar, de ceder, de llegar a acuerdos…¡entre conciudadanos! Es decir, entre representantes que, con el mismo derecho y legitimidad, buscan lo que creen mejor para el país al que todos por igual pertenecen. Nada más antidemocrático que descalificar a quien emite un diagnóstico de situación distinto del propio. Nada más ajeno a la democracia que considerarse en posesión, exclusiva, de la verdad y de negar cualquier posibilidad de acierto al oponente (¡nadie se equivoca siempre, del mismo modo que no hay quien siempre acierte!).

Tratar a nuestra ciudadanía como una masa amorfa, sin ideas ni ideales, sin valores ni criterios, sin capacidad de distinguir el mero eslogan más o menos manido, de una propuesta renovadora y con sentido, y jalear por ello al propio líder como si fuese un púgil en un ring ("Olvida a la gente; es tonta y manipulable; tu, pega duro, que al final la llevarás donde quieras") no es solo una soberana estupidez. Es, realmente, casi un delito de lesa patria. (Y por cierto, la frase que encabeza estas líneas la pronunció el presidente Sarkozy en Toulon, el 25 de septiembre de 2008).

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