Jueves, 24.10.2019 - 04:54 h

Soñar con Dinamarca...

De forma ampliamente mayoritaria (en proporción de dos a uno) los españoles siguen prefiriendo un sistema político pluripartidista, como el actual, a otro básicamente bipartidista, como el que estuvo vigente —con más o menos matices circunstanciales— hasta 2015, según recogen mes tras mes los sondeos de Metroscopia. Nuestra ciudadanía decidió, hace ya casi cuatro años, poner término a la versión, crecientemente perversa, en que había devenido, gradualmente, la fase final del turnismo entre PSOE y PP: del "como ahora mando yo, hago esto" al "pues ahora soy yo quien manda y lo deshago y hago en cambio esto otro".

A base de acelerones, frenazos y marcha atrás no hay país que avance, vinimos a concluir. Y con razón. Los estudios disponibles demuestran que en las sociedades con una vida política muy fragmentada (y, pese a ello, democráticamente estables: las nórdicas, paradigmáticamente) los cambios sociales de más calado son laboriosos y, por ello, algo lentos de conseguir, pero a cambio resultan prácticamente irreversibles. Ello se debe, en esencia, a que la cultura cívica inherente a una vida política pluripartidista consolidada se sustenta en dos requisitos insoslayables: la capacidad de cada familia ideológica de conciliar sus principios con el pragmatismo que requiere la convivencia en una sociedad plural; y la generalizada predisposición de todas ellas para, con naturalidad y según convenga, buscar pactos y acuerdos en todas direcciones, proscribiendo en la práctica, banderías, bloques o recusaciones insalvables (salvo en casos muy extremos y, por tanto, infrecuentes).

Sin duda, algo así es lo que los españoles llevan queriendo desde hace ya varios años para nuestra vida pública, sin conseguirlo. Con cinco formaciones ahora en nuestra escena política nacional (y con al menos cuatro o cinco más de implantación solo regional, pero relevantes) parecemos más lejos que nunca de consagrar esa anhelada cultura cívica de pluralismo y convivencia. Nuestros líderes políticos siguen sin darse por enterados de lo que de ellos se espera: ante todo y sobre todo, capacidad de negociación y de acuerdos. O lo que es lo mismo, voluntad de entender al otro y de tratar de buscar acomodo entre sus propuestas y las propias. Pretender que dialogar consista en hablar para buscar el modo de que una parte pueda conseguir todo lo que pretende de la otra, es un uso torticero del concepto mismo de diálogo. Lo que el verdadero diálogo político supone es reconocer que nadie tiene toda la verdad, que nadie puede conseguir al cien por cien lo que desea: el hecho mismo de dialogar sencillamente connota la predisposición previa, de las partes, a concesiones mutuas. No se puede pretender un diálogo (y una subsiguiente negociación) partiendo de presupuestos innegociables.

Que masivamente (80%) la población española se declare decepcionada con la vida política nacional, y que esa misma proporción piense que este país no cuenta, en el momento actual, con los líderes que necesita, es un acta de acusación ciudadana sumamente grave contra el proceder de quienes, teniendo por función representarnos a todos y perseguir nuestra mejor convivencia, parecen empeñados más bien en propiciar el enconamiento y la radicalización.

Los partidos (y, es de justicia decirlo, muchos de los medios informativos) siguen sin entender que lo que la ciudadanía quiere ahora es que la vida pública se desarrolle en clave de entendimiento y colaboración, y no en modo de enfrentamiento bipolarizado. Ahora, ciertamente son cinco los partidos que van a competir en las ya anunciadas elecciones generales. Pero, significativamente, ese llamativo y novedoso número cinco ha ido gradualmente difuminándose y perdiendo relieve en noticias y análisis a favor de nuestro clásico número dos, al parecer tan difícil de erradicar: hay cinco partidos, sí, pero en realidad —viene a decirse— lo que verdaderamente cuenta es que, en definitiva, son reducibles a solo dos bloques. Y así todo se encarrila de nuevo hacia la limitantes y reductiva óptica bipolar de siempre.

En consecuencia, toda la posible gama de combinaciones y pactos multidireccionales inherentes a un esquema multipartidista plenamente desarrollado queda excluida: vuelve a imponerse una severa línea divisoria que los agrupa en dos frentes mutuamente excluyentes y prácticamente irreconciliables. A su vez, dentro de cada bloque así delineado, persisten las no menos severas líneas separadoras entre las formaciones que los integran, con la amenazante bula de excomunión para quien, traspasándola, trate de contactar con todo lo que quede fuera de los propios linderos. En suma, una conjunción de bloques estancos, apilados para la ocasión en dos trincheras opuestas.

Así las cosas, los españoles estamos condenados a una vida política que permanentemente se autoanula y cortocircuita y resulta incapaz de dar solución razonablemente duradera a cualquiera de los graves problemas que debemos encarar. Podremos seguir expresando el anhelo de llegar a ser, quizá, algún día, políticamente como Dinamarca (por poner el ejemplo que con más frecuencia citamos al concluir nuestras charlas de café sobre nuestra vida pública). Pero sabemos que, hoy por hoy, eso solo es un sueño, que todos dicen perseguir pero que nadie, en realidad, pone mayor empeño en convertir en realidad.

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