Miércoles, 20.02.2019 - 23:39 h

Una (y no más) sobre encuestas

Durante los más de cuarenta años que llevo en la actividad demoscópica (como docente y como ejerciente), he oído ya de todo sobre los sondeos. Por lo general, reiteradas y aburridas variaciones sobre su supuesto historial de fallos. Pero reconozco que me ha resultado novedosa la dupla que últimamente he oído a más de un comentarista, asociando la manida (y archiprobadamente errónea) afirmación de que “los sondeos no dan una” con la reclamación de su control por quien corresponda dada su “capacidad transformadora de voluntades”. Es decir, se nos afirma que los sondeos de opinión (especialmente los políticos) no dan una y, a la vez, que son dañinos por su capacidad manipuladora de la opinión ciudadana. Todo un oxímoron: si tanta capacidad de “transformar voluntades” se les concede ¿cómo es, entonces, que “no dan una”? Y si no dan una, ¿en base a qué se puede hablar de que cambian, torticeramente, el clima de opinión?

Los sondeos de opinión (como a estas alturas debería estar ya fuera de toda duda) no aspiran a vaticinar, sino a describir: no son instrumentos diseñados para anticipar lo que va a ocurrir, sino para reflejar —lo más fielmente posible— el estado de ánimo ciudadano existente en un momento dado. A partir de la imagen que, como espejos de la realidad, aportan, cabe especular sobre la probable evolución, en el inmediato futuro, de la panoplia de valores, actitudes y juicios que la componen. Pero esas hipótesis no tienen voluntad, ni capacidad, predictiva alguna: constituyen tan solo estimaciones (es decir, interpretaciones en clave de futuro) de lo que los datos obtenidos pueden acabar suponiendo, sin otro crédito que el que quepa concederle a quien las formula.

¿Influyen los datos de opinión que se publican sobre el comportamiento final de los electores? Sabemos que sí, pero de forma muy moderada y además en múltiples direcciones (por lo que su impacto tiende a contrapesarse); y, en todo caso, en la misma o menor medida que cualquier otro de los elementos que conforman la agenda informativa diaria (y a los que muy raramente se dirige una equivalente acusación de poder manipular el ánimo público).

Frente a todo esto, lo realmente relevante (y, según se ve, no suficientemente resaltado) es que los sondeos de opinión (los explícitamente políticos y los de temática más genérica) tienen, en cambio, tres grandes virtudes que contribuyen de forma decisiva a reforzar la cultura cívica democrática: a) permiten que la sociedad se conozca mejor a sí misma (porque ser español —o francés, o sueco— no es algo que por sí solo, y sin más, proporcione automáticamente un conocimiento detallado de la propia realidad social, por más que propendamos a creerlo); b) permiten un debate público mejor informado y menos susceptible de manipulación sectaria (pues hacen muy difícil que los actores políticos traten de presentarse como portavoces de una postura mayoritaria si los datos disponibles revelan que no es así); y c) ofrecen a la ciudadanía una vía directa e inmediata (y en todo caso complementaria a la definitiva que representan las elecciones) de hacer oír su voz por quienes son sus representantes en las instituciones públicas. Tres razones de peso para dejar de considerarlos (por algunos de quienes los difunden, por algunos de quienes los leen y por no pocos de quienes los hacemos) como una especie de divertimento sin mayor significación o trascendencia, casi como si fuera un pariente venido un poco a más, pero no mucho, de los consabidos horóscopos.

Ahora en Portada 

Comentarios