Miércoles, 13.11.2019 - 19:00 h
En mi molesta opinión
Analista político

Como diría Vargas Llosa: ¿En qué momento se jodió Cataluña?

El Vargas Llosa novel, y no el otro, el del premio con “b”, escribió en el primer párrafo de su tercera gran novela -'Conversación en La Catedral'- una de las preguntas más famosas de la literatura hispanoamericana: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Guardando las distancias con don Mario y con el Perú, yo me pregunto: ¿En qué momento se jodió Cataluña?

Por si hay alguna duda o prejuicio, el término “jodido” está muy aceptado por la RAE, y aunque esté calificado como “malsonante”, la verdad es que a mí me suena muy oportuno para la ocasión. Además, con una sola palabra consigues explicar todas las circunstancias del problema. Hagamos la prueba. Primera acepción de “jodido”: “Que está mal por alguna causa”. Cataluña lo está sin duda alguna. Principalmente por sus políticos nefastos y faltos de inteligencia, y por sus políticas contrarias al Estado de derecho. El independentismo puede ser un movimiento racional y legal, pero en Cataluña sólo está funcionando de manera emocional, y en muchas ocasiones, estos días y otros de 2017, de manera irracional.

Segunda acepción: “Que causa fastidio, molestia o enfado”. Es evidente que la Cataluña separatista está causando grandes disgustos y frustraciones a toda la sociedad catalana, y también en buena medida, a la española. Pero según los datos económicos y sociales, el independentismo se está pegando un tiro en el pie, lo malo es que el dolor afecta a todos los catalanes. El enfado del resto de españoles viene por las múltiples insidias y la falsedad de los planteamientos que el separatismo esgrime para obtener sus objetivos.

El “España nos roba”, además de ser falso según han demostrado los datos, muestra además una autentica falta de solidaridad con los problemas del resto de la sociedad. ¿Por qué vamos a contribuir los separatistas al bienestar de otros ciudadanos más pobres, que no nos aportan nada o muy poco, pudiendo vivir nosotros tan ricamente sin preocuparnos de los menos favorecidos? Lo peor es que en paralelo a este razonamiento viajan la xenofobia y otras fobias excluyentes que se dirigen contra los que no son “pata negra” ni forman parte de la crema catalana o, simplemente, no comparten las mismas ideas, es lo que pregona y practica el nacionalismo identitario en el que se basa el independentismo catalán.

Otra reivindicación frecuente: “Freedom Catalonia”. El grado de autonomía que hoy ostenta la “oprimida” Cataluña no lo tienen muchos territorios federales ni algunos landers alemanes; su grado de libertades e independencia política es de los más elevados del mundo. Con el famoso oasis catalán en la época de Pujol, Cataluña vivía como un territorio cuasi-independiente, en el que el Estado español pintaba muy poco y no existía apenas. Habían conseguido una especie de independencia de facto, por los hechos, aunque siguieran engarzados jurídicamente al Estado español. Una situación bastante idílica que la soberbia soberanista y los intereses espurios y corruptos de la familia Pujol y otras familias de la burguesía catalana, más la nefasta actitud política de Artur Mas, llevaron al traste. Todos ellos son responsables de arrastrar al minotauro catalán al peligroso laberinto secesionista.

Tercera acepción de “jodido”: “Que es complicado o difícil de solucionar”. Y lo de Cataluña lo es sin duda, principalmente, por la escasa inteligencia funcional manifiesta y la evidente carencia de ideas buenas o, al menos, útiles, que debería exhibir la clase política. Si los dirigentes catalanes tuvieran lo que hay que tener, me refiero en la cabeza, Cataluña estaría económica y socialmente tan bien o más que el País Vasco. En este momento nadie tiene claro cuál es la solución mínima de este grave conflicto. Pero sin duda pasa por el acatamiento de la ley -y la renuncia de todo tipo de violencia- por parte del independentismo, y por la voluntad de un diálogo sincero por parte del Gobierno del Estado, pero siempre dentro de los marcos legales. Como bien advirtió John Locke: “Allí donde termina la ley empieza la tiranía”.

Cuarta acepción: “Que está roto o estropeado”. Cataluña lo está en ambos sentidos. La convivencia, no sólo social sino la familiar también, está bastante deteriorada y tardará años en cicatrizar. Más de un buen amigo mío de Barcelona y sus compañeros de trabajo han tenido que dejar de comer y desayunar juntos para evitar males mayores. Si eso es normalidad, alguien se equivoca de criterio. Y no hablemos de situaciones familiares que se han visto condenadas a la enemistad por la discrepancia en sus ideas políticas.

Lo que parece más estropeado es el horizonte que nos espera. La sinrazón de no querer guiarse políticamente por la razón, en lugar de guiarse por los sentimientos y las emociones que suben y bajan según el día y la situación. Con la sentencia del Supremo el independentismo se ha sentido condenado, y ahora intenta patalear con violencia para no sentirse también derrotado. Los actos vandálicos de esta semana, por muchas explicaciones absurdas de infiltrados ajenos que se cuenten, no dejan en buen lugar al movimiento separatista, aunque otros miles de personas que también lo integran sean pacíficos.

Las imágenes salvajes vistas por todos en televisión, los CDR detenidos hace unas semanas con material explosivo, y el propio Torra abandonando una reunión para paralizar una autopista, no mejoran la imagen ni el futuro de un movimiento que además se encuentra muy divido políticamente. Cataluña está jodida en todos los sentidos, y España debe salir al encuentro -y al rescate- de todos los catalanes, para que el deterioro social no aumente y regrese la concordia. Y hay que hacerlo en favor del pueblo catalán, de todos sus miembros, y no en beneficio de unos intereses partidistas y sectarios.

Todos estamos saturados de activismo violento y de victimismo radical, pero es ahora cuando hay que hacer los esfuerzos para reconducir una situación que nos afecta e interpela a todos. Se puede y se debe hablar, siempre dentro del marco de la ley, porque es el único camino cívico que existe. Por mucho siglo XXI en el que vivamos, la realidad histórica de un territorio no se altera ignorando la legalidad del mismo. Y de la misma forma, en sentido contrario, un Estado democrático, además de exhibir firmeza y la razón de la fuerza, debe saber seducir con la fuerza de la razón.

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