Lunes, 10.12.2018 - 03:48 h
En mi molesta opinión
Analista político

De la Carta Magna a la carta a los Reyes Magos: las nuevas estrategias de los líderes políticos

El puente festivo de la Constitución y los actos de su cuarenta cumpleaños han servido para que el personal político de este país se reuniera en el Congreso en torno al Rey, unos con cariño, otros con frialdad y algunos, incluso, con hostilidad. Casi todos se han mojado a la hora de valorar el papel que ha jugado en estas cuatro décadas la Carta Magna, y aunque bastantes proponen reescribirla de arriba a bajo como si fuera la carta a los Reyes Magos, la mayoría reconoce su gran papel histórico y su vigencia.

Si 20 años no son nada, 40 son casi nada, pero esta España, poetizada como de "charanga y pandereta" se ha alejado en muchas cosas de su cabal Machado para entrar durante este largo tiempo en la órbita profética de Alfonso Guerra, cuando el ex vicepresidente socialista vaticinó que no la reconocería ni la madre que la parió. Hoy, en pleno siglo XXI, ni ella misma se reconoce; y menos si se miran algunos datos, como su renta per capita: en 1978 era de 4.344 dólares y en 2017 de 28.156 dólares. Amén de otras lindezas como haber creado un sólido Estado de derecho y un Estado de bienestar, que con sus errores y problemas, funciona bastante bien y es la envidia de otros países. Y aunque es cierto, como anuncian algunos, que vivimos una época extraña y dura en la que "la clase trabajadora no tiene trabajo, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase", la nación española resiste los embates de los tiempos modernos y de sus enemigos internos.

Pero las fiestas de cumpleaños como esta de la Constitución, también sirven para sacar a pasear los dimes y diretes, y los globos sonda de la política cotidiana. Sobre todo en los corrillos que se forman al terminar los actos oficiales y en los que la prensa, más peinada y perfumada que de costumbre, se codea con reyes, presidentes, ministros y demás ralea política. Porque si bien la Carta Magna interesa e incumbe a todos los partidos, lo que realmente le preocupa a nuestra clase política son sus estrategias políticas para garantizarse el éxito en un futuro inmediato, y sobre todo cuando el patio está tan caldeado después de la debacle andaluza del PSOE y el aldabonazo de Vox.

Pedro Sánchez, el presidente herido y desorientado por culpa de las profecías demoscópicas de Tezanos, que no se cumplieron ni de lejos en el sur, tiene preparada su ofensiva política vía Presupuestos, que pretende presentar en enero, y convertirlos en una estratégica manera de obligar a sus cambiantes y retorcidos socios a retratarse. Con la excusa de que viene la extrema derecha, el que no apoye los Presupuestos será complice del futuro incierto y obscuro que se puede avecinar si Sánchez y sus cuentas fracasan. Es un mensaje sutil, o nada sutil, para los independentistas: un adelanto electoral puede hacer que el poder cambie y se vaya a manos de un centroderecha más duro y menos contemporizador con los políticos catalanes, y con la sombra radical de Vox acechando. A pesar de los nuevos problemas que le han traído a Sánchez la elecciones andaluzas, el presidente sigue empeñado en mantenerse en el Gobierno y no convocar elecciones generales hasta otoño de 2019. Veremos si lo logra, pero hoy lo tiene más difícil que ayer.

Si hay algo claro en estos tiempos confusos, es que la política española está tan volátil y cambiante como la bolsa. Hace cinco meses parecía que la izquierda política tomaba ventaja y adquiría un predominio que le iba a llevar a instalarse en el poder durante un largo periodo. Ahora ya hay temores y rumores de que la derecha es la que tiene mejores papeletas para futuras elecciones. No nos engañemos, ni antes estaba tan bien la izquierda, ni ahora lo está la derecha. Las autonómicas andaluzas han trastocado muchos planes y proyectos, pero aún falta vender el pescado, y que los políticos se pongan de acuerdo no es nada fácil en este país. Será que falta cultura de pacto o será que sobra egoísmo partidista, pero en ambos casos el resultado es el mismo: los españoles pierden.

Aunque las negociaciones Casado-Rivera ya han empezado de manera discreta, los de Ciudadanos siguen con la duda existencial en el cuerpo. "To be or not to be". Ser o no ser, ser socio de Moreno Bonilla y llevarlo a la presidencia de la Junta, o ser el aguafiestas de la ocasión histórica de echar a los socialistas tras 36 años en el poder. Las tentaciones son fuertes y comprensibles pero los votantes de C’s, no sólo los de Andalucía, no le perdonarían a Rivera que permitiera que Susana Díaz siguiera gobernando. Vamos a ver cómo se las arreglan para ponerse de acuerdo, pero la configuración de esta nueva sociedad político-mercantil de C’s y PP tiene mucho interés, a corto plazo, por supuesto, pero también a largo plazo, para comprobar si es un buen un ensayo de cara a una alianza a escala nacional.

Y por último, quién le iba a decir a Pablo Casado que un buen resultado de Vox podría ser una gran noticia para él. El líder del PP se ha implicado en cuerpo y alma en la campaña andaluza y ha conseguido su principal objetivo: que Ciudadanos no diera el "sorpasso". Además, ahora, el Partido Popular no tendrá que cargar con el sambenito de ser el partido de la ultra derecha, gracias a Vox, y ello le reconduce a posiciones más confortables de pura derecha o centro derecha. Aunque la partida por la conquista del voto de centro y de derechas acaba de empezar, y no parece que vaya a ser de guante blanco, aunque suenen algunas campanas de boda en el sur de España.

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