Lunes, 24.09.2018 - 21:57 h
En mi molesta opinión
Analista político

De los másteres a granel a la excelencia académica

La ex ministra Carmen Montón acaba de dimitir por plagiar su trabajo fin de máster. Hace unos meses, hizo lo propio la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. El líder de la oposición y presidente del PP, Pablo Casado, está pendiente de una resolución del Tribunal Supremo que dictamine la autenticidad de su máster. Y por último, por ahora, la gota que colma el vaso: la tesis doctoral del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está siendo cuestionada en su autoría, calidad y originalidad.

No es normal que el corazón político de la democracia se vea cuestionado y vapuleado por las dudas de una serie de currículos académicos. Lo que estamos viviendo no es sólo un reflejo de la decadencia ilustrada y el descontrol de algunas universidades españolas, que han pasado de ser templos del conocimiento a chiringuitos políticos para negocios y relaciones públicas. Lo que estamos viviendo es la eclosión de una época social en la que ha primado por encima de todo el aparentar más que el ser.

Exhibir un título es hoy más importante que tener unos conocimientos y unas cualidades adquiridas con esfuerzo. Hemos desterrado de la sociedad la meritocracia, la excelencia y el sacrificio para ajustarnos a unos cánones democráticos mal entendidos en los que todos los ciudadanos, al margen de su capacidad, talento y labor, deben de ser iguales. Y lo que hemos logrado es una equivalencia por abajo, descafeinada y sin brillo, en la que los impostores y los pícaros han hecho su agosto.

Dicen que la actual clase política es la menos preparada de toda la democracia, la menos brillante de los últimos años en capacidad intelectual y nivel académico. No sólo se cuestiona su aptitud, sino también su actitud cuando están en el poder. Lo verdaderamente alarmante es que estos políticos, que con inusitada frecuencia demuestran su mediocridad, no vienen de Marte ni de Saturno, sino que salen de nuestra sociedad y son un fiel reflejo de ella.

Dos frases ilustran lo que está pasando en las universidades y en la política. La primera es del Quijote: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro sino hace más que otro”. La otra sentencia es de Chesterton: “La democracia no consiste en que el Duque de Norfolk sea como todo el mundo, sino que todo el mundo pueda ser como el Duque de Norfolk”.

Corrían los años ochenta, cuando en España se decidió que todos los jóvenes debían de tener no sólo el derecho sino también la necesidad y la conveniencia de acudir a la universidad, estuvieran capacitados o no para ello. No se trataba de ayudar con becas a los buenos, sino de no poner impedimentos a los mediocres. Era un falso intento de igualar por arriba. De buscar la excelencia por la cantidad y no por la calidad. Y claro, cuando la manga se ensancha en exceso y los controles de exigencia aflojan, lo único que consigues es devaluar el objetivo.

La universidad se masificó y, en consecuencia, se vulgarizo; disipando gran parte de su brillo académico e intelectual. Y hubo que recurrir en los nuevos planes de estudio a los máster para darle a la enseñanza superior el plus de conocimientos e importancia que había perdido. De repente, ser universitario ya no tenía un valor especial. Todos eran licenciados sin futuro, o con un porvenir muy negro, y paradójicamente los que mejor se ganaban la vida eran los pocos que se dedicaron a la menospreciada Formación Profesional.

Y empezó el show de los máster y los doctores universitarios. Y claro, a río revuelto, ganancia de especuladores, y sobre todo de políticos que se dedicaron a mangonear en las universidades. Lo que debía de ser un complemento académico de especial relevancia se convirtió para algunos avispados profesores en un buen negocio sin control y en un coto para endogamias partidistas. Las universidades son auténticos reinos de taifas, y dentro de ellas los catedráticos son verdaderos dueños de sus feudos. El amiguismo y las camarillas funcionan de maravilla, y más si hay políticos de por medio.

España se contagió de la enfermedad de la “titulitis” y todo el mundo quiso convertirse en máster del Universo. Daba lo mismo el precio y la exigencia, se daban todo tipo de facilidades y rebajas si uno tenía buenos padrinos políticos. Para muchos directores de máster era además una manera de promocionar su curso, ya que a él asistían destacados líderes sociales.

Más allá de cómo acabe lo de Sánchez y Casado, y algunos otros casos que vendrán, la universidad española debe afrontar una seria reflexión sobre su funcionamiento y calidad. Es cierto que la mayoría de facultades funcionan correctamente y tienen un buen nivel académico, pero sería conveniente aprovechar esta “tormenta” para despejar dudas y limpiar de tramposos y políticos una institución tan fundamental para el bien común de una nación.

Y de paso, todos los ciudadanos, tengamos máster o no, debemos recuperar para el mejor funcionamiento de la sociedad algunas cualidades y actitudes como la excelencia, el esfuerzo, la competencia, etc., que en los últimos años han sido denostadas en aras de una igualdad a la baja, tan perniciosa y absurda como prohibir correr a los ágiles para que no se sientan discriminados los lentos.

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