Sábado, 22.09.2018 - 09:49 h
En mi molesta opinión
Analista político

De vez en cuando no nos vendría nada mal ser un poco alemanes

Me gusta Alemania como nación y como sociedad, pero no me gustaría ser alemán. No es nada personal, es más una cuestión de gustos, prefiero el vino a la cerveza y el calor al frío, también tengo razones filosóficas e históricas para preferir ser del sur, del Mediterráneo, antes que de centro Europa. Sin embargo, y aunque me resista a cambiar de pasaporte, creo que a los españoles nos vendría muy bien, en ciertas ocasiones, ponernos un poco alemanes. Al menos, a la hora de discernir y de poseer cierto sentido de Estado y de tener claro que el bien social
está por encima de los intereses partidistas.

Acabamos de vivirlo y de verlo. Los conservadores y los socialdemócratas de Alemania han logrado de nuevo un acuerdo para formar un gobierno de colación. Las razones para reeditar este pacto de cuatro años, después de haberlo hecho ya en la anterior legislatura, son múltiples y variadas, aunque tendrán sus duras consecuencias, la primera es que el líder socialista, Martin Schulz, deja la presidencia del partido SPD para propiciar la regeneración de su partido, y se conformará con ser ministro de Exteriores. También se va por no cumplir con su palabra, dijo que no volvería a pactar con Merkel.

Es cierto que este acuerdo debe superar un referéndum vinculante de la
militancia socialdemócrata, más de cuatrocientos mil votantes. Y su resultado es de lo más incierto. Sin embargo y a pesar de las grandes dificultades -han sido más de cuatro meses de duras negociaciones-, Merkel y Schulz han llegado a una alianza. Y la clave de todo ello ha estado en que había voluntad de llegar a un pacto porque, sobre todo, tenían claro una cosa: que era lo mejor para Alemania.

Si extrapolamos la situación a España, no es que tardemos cuatro u ocho
meses en alcanzar un acuerdo
, es que ya ni lo intentamos. Aquí, en esta piel de toro bronca y obstinada, los partidos políticos no se consideran rivales, sino enemigos. Y ya se sabe que al enemigo, ni agua. En nuestro país, el espíritu de pacto es de lo más deficitario, lo hemos sufrido hace un año y medio cuando hubo que repetir elecciones generales por falta de acuerdos. Aquí, en esta península cínica y desorientada, algunos prefieren cortarse una mano si con ello le fastidian al otro el dedo meñique; pero nada de buscar pactos, de poner en valor lo que nos une más que lo que nos diferencia. Y esto sucede, principalmente, porque falta respeto por la ideas del prójimo, porque hablamos más que escuchamos, y porque nos aferramos a un pensamiento lleno de prejuicios.

No tengo muy claro si la culpa es de los políticos en exclusiva, que son
egoístas y poco propensos a la grandeza de miras, o bien es la sociedad española la que no perdona que un partido llegue a una alianza con su rival/enemigo. Será el cainismo y sectarismo que pervive en los partidos políticos, o bien esos defectos son un reflejo de la intolerancia y la ceguera de la sociedad actual. Por desgracia, me inclino a pensar –preferiría echarles la culpa a los políticos- que es un reflejo de la España de hoy, donde el bien mayor, por ejemplo, el beneficio de la nación, y
otras virtudes superiores, brillan por su ausencia.

En España nos va más el politiqueo que la alta política. Más el postureo y el ruido mediático, que trabajar para alcanzar acuerdos. Es cierto que, según los últimos resultados electorales, a los españoles no nos van las mayorías, al menos desde que hay cuatro grandes partidos. Pero ante esta circunstancia democrática sufrimos un grave problema: no tenemos una buena cultura de pacto. Preferimos la confrontación a la colaboración. Entendemos los acuerdos como una derrota, en vez de ver la suma de beneficios. Y sobre todo, preferimos nuestro provecho particular al interés general.

Les expongo el último caso de cainismo nacional. El Gobierno decide
presentar la candidatura de Luis de Guindos como vicepresidente del BCE, y el partido socialista resuelve no apoyarlo; bueno, dice que apoyará al Gobierno pero exige que el candidato sea candidata, es decir, mujer; y que tenga un perfil más técnico. En definitiva, que no prefiere al candidato español porque es del PP.

Pero por suerte no todos los políticos son iguales. Como explica en su último artículo el ex ministro socialista, Miguel Sebastián, publicado en este mismo diario digital, “el mayor error del PSOE es que ha tomado una opción necesariamente mala, un lose-lose. Si Guindos es elegido, como espero, el PSOE tendrá durante 8 años problemas de comunicación con nuestro representante en el BCE, tanto si está el PSOE en la oposición o en el Gobierno, como espero. Si Guindos no es elegido y es derrotado por un candidato potente, como es Lane, le echarán todas las culpas de ese resultado al PSOE. ¡Que a cainitas no nos gana nadie!”.

En definitiva, una actitud muy poco leal que difícilmente encontraríamos en Alemania, o en Francia, o en Italia, o en la mayoría de los países civilizados del mundo, donde sí apoyarían, por muy rival político que fuera, al candidato nacional. Pero ya se sabe, España is diferent, por desgracia.

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