En mi molesta opinión

Del "porco governo" al silencio de los corderos

Efe
Del 'porco governo' al silencio de los corderos
Agencia EFE 

Se escucha la voz de una presentadora de televisión informando de que 2020 será recordado como uno de los peores años de la Historia reciente. De repente, en medio de una cena familiar, posiblemente de Navidad o Nochevieja, el hijo le comunica angustiado a su padre que le ha hecho un arañazo al coche. El padre le mira con perplejidad, y sin decir nada empieza a reírse mientras se sigue escuchando la voz de la tele hablando de los malos datos económicos. Este anuncio de Mutua Madrileña, que ha tenido bastante éxito estas semanas, refleja con ironía el estrago vital y mental que sufrimos los españoles, y los humanos en general, desde que llegó a nuestras vidas el coronavirus. Una pandemia que si algo positivo ha traído ha sido hacernos relativizar los problemas, además de invitarnos a revisar nuestra escala de valores y nuestro ranking de prioridades.

Pero he aquí, que todos nos sentimos tremendamente aliviados cuando el 31 de diciembre llegó y comprobábamos que ¡por fin! el fatídico veinte veinte (2020) se iba a freír espárragos. Para más emoción y alegría, días antes habíamos oído al presidente Sánchez anunciar a bombo y platillo que la vacuna ya estaba en camino y que ese era el principio del fin de la pesadilla, que patatín y patatán, que habría vacunas para todos, que en verano se alcanzaría la inmunidad de rebaño -qué palabra más peculiar para definirnos como grupo- con un 70% de vacunados, algo que con todo el respeto no se cree ni él. Visto lo visto y conociendo cómo es este país que cuando todo va viento en popa, o sea, bien, el país funciona regular; pues cuando todo va mal, como es el caso, el país va de mal en peor.

Es sólo una mera digresión, pero me apetece recordarles lo que la RAE dice, en una de sus acepciones, sobre el término 'rebaño': "Grupo numeroso de personas, especialmente si carecen de carácter o personalidad propia y se dejan llevar mansamente por las opiniones o gustos de otras personas". Aquí lo dejo para que ustedes puedan reflexionar sobre su condición de 'rebaño'.

Dicho esto y volviendo a la supuesta felicidad que nos traería el nuevo año, todos nos preparamos, interior más que exteriormente, ya que estábamos confinados y brindando con un máximo de seis familiares o allegados, para recibir con gran esperanza el 2021. El nuevo calendario y ese 21 nos iban a solucionar la amargura que arrastrábamos desde marzo de 2020. Pero he aquí otra vez, que el hombre y la mujer proponen, y luego viene la naturaleza y Dios, y disponen. Y lo dispuesto en gran parte del territorio nacional ha sido una tremenda nevada que ni los más viejos del lugar recuerdan. Una nevada de una magnitud que no se veía desde hace más de ochenta años y que lo ha puesto todo patas arriba o patas abajo, según se mire, y que provocará una mayor crisis económica al obligar a la mayoría de comercios a cerrar durante varios días. La temporada de rebajas se ha quedado ‘congelada’ por culpa de una tal Filomena.

Lo que no consiguió la Covid-19 ni las autoridades gubernamentales, que nos quedáramos todos en casa para reducir los contagios, lo está consiguiendo a su manera Filomena. Ahora llega la hora de las responsabilidades, del señalamiento y del linchamiento, que esto gusta mucho en este país. Han empezado las propias administraciones a señalarse entre ellas, para escurrir el bulto y cargarle el muerto al otro. Pero más que los políticos, que en el fondo apelan a la coordinación y la colaboración, sabedores de que estos temporales no hay quien los detenga y les puede caer a ellos la bola negra, han sido algunos medios de comunicación los que van buscando un chivo expiatorio: ¿Será Sánchez o serán Ábalos y Marlaska los culpables? ¿Será Ayuso o será Martínez Almeida?

Los medios van con su dedo acusador buscando en quién descargar el malestar y el cabreo acumulado por los ciudadanos, que esperaban un bonito arranque de 2021 con vacunas eficaces y grandes rebajas en El Corte Inglés y se han encontrado con un confinamiento más duro y más frío que el provocado por el coronavirus. La ocasión es perfecta para recurrir al clásico desahogo italiano: "piove, porco governo", si llueve es culpa del Gobierno, y no digamos ya si nieva. Pero aunque lo inventaran los italianos, a los españoles también se nos da muy bien quejarnos a todas horas y por todo, a la vez que le echamos la culpa a los gobiernos de turno, central o autonómico, según los gustos de cada cual.

Vivimos una época en la que los ciudadanos nunca tenemos la culpa de nada, somos como seres angelicales e irresponsables a los que hay que darles todo hecho; papá Estado debe garantizar y proveer de todo, incluso una buena digestión. Si suben los contagios de Covid-19 es porque no hay suficientes rastreadores o no se han puesto aún las vacunas; si la ciudad se paraliza es porque el ayuntamiento no ha tirado suficiente sal en las calles, si el número de piernas o brazos rotos se incrementa en un 150% -como así ha sido en Madrid- y se colapsan las urgencias de los hospitales es porque la UME no ha venido a cogerme del brazo y ayudarme a caminar por las calles nevadas y heladas. Todo sirve para escurrir el bulto de la responsabilidad. Todos conocemos un sinfín de derechos pero ignoramos todas nuestras obligaciones.

Y entre las obligaciones principales para este nuevo 2021 debería estar la de recuperar un mayor grado de responsabilidad individual y social ante las circunstancias de la vida. Al Estado lo que hay que exigirle es que funcione a la hora de suministrar buenos servicios y prestaciones, pero no se le puede exigir que sea como el papá de cada ciudadano. Este nuevo año ha empezado duro, mucho más de lo esperado, pero debemos sacar pecho y ánimo para afrontarlo con la mayor dignidad y capacidad posible.

Sin embargo, el Gobierno y el Estado sí deben paliar y ayudar a los cientos de miles de trabajadores y empresarios que van a perder sus trabajos y sus empresas estos próximos meses. Veremos si el Gobierno de Sánchez e Iglesias son capaces de ello y cumplen su promesa de no dejar a nadie atrás. Pero todo lo demás, como por ejemplo no realizar imprudencias sobre el hielo para evitar accidentes o no ir por los bares sin mascarilla y sin distancia, lanzando el aliento sobre los demás en plan idiota, son cosas que no dependen del Gobierno ni del Estado, sino de uno mismo. Y aunque suene a ridículo y a infantil, hay que recordar lo elemental todos los días.

Somos una sociedad blanda y hedonista que rechaza toda forma de sacrificio y de arrojo, estamos acostumbrados a que nos lo den hecho y sin esfuerzo, y los políticos transigen porque son unos pusilánimes que temen perder lo único que les interesa: nuestro voto. Visto lo visto, no es extraño que a los ciudadanos nos llamen rebaño, y más que nuestra inmunidad lo que quieren estos mediocres políticos es que cada día dependamos más de ellos y sigamos siendo una sumisa recua de borregos, incapaz de enfrentarse a sus propios problemas. Nada hay que más le guste a un político que el silencio de los corderos… y su voto cada cuatro años. 

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