Martes, 18.06.2019 - 15:52 h
En mi molesta opinión
Analista político

El absurdo 'caso Iceta': de los errores del PSOE a la osadía de ERC

Pedro Sánchez lo tenía claro y tenía tantas ganas de contarlo que no pudo esperar, y se equivocó en su precipitación y escenificación. Sobre el papel sonaba bien: pagaba los servicios prestados a Miquel Iceta, y de paso hacía una de esas jugadas de marketing político que tanto le gustan al presidente en funciones. No llevaba el Senado a Barcelona, como insinuó alguna vez que le gustaría hacer, pero sí nombraba a un catalán con mucho peso específico presidente del mismo. Todo perfecto de cara a la galería.

Pero no. En política las ideas bonitas se quedan sólo en eso. Siempre hay alguien que el éxito ajeno le suena a fracaso propio. Y más, cuando estamos en plena campaña electoral. La idea de nombrar a Iceta presidente del Senado sonaba tan bien en el mercado del voto fácil, que alarmó a los de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Aunque lo que más les alarmó a los indepes de Oriol Junqueras fue la osadía y desvergüenza del PSOE de soltar el nombre y el cargo sin tenerlo todo atado y bien atado. Sánchez no tuvo la delicadeza -ni la inteligencia- de asegurarse el apoyo de los votos para lograr que Iceta se convirtiera en senador, requisito indispensable para luego presidir el Senado. Necesitaba tanto gritarle al mundo su gran idea "¡Iceta for president!" que Sánchez se olvidó de lo básico: que los rivales electorales también tienen sus intereses, sus estrategias y sus vetos, por incomprensibles que parezcan.

El presidente en funciones seguía con la resaca del 28-A, y no creía que ningún catalanista de pro pudiera amargarle la vida poniendo en peligro la operación Iceta. Pero ignoraba, una vez más, que hoy “Cataluña is diferent", y que su particular gesto de nombrar al líder del PSC presidente del Senado se veía con ojos muy distintos en la República nonata de Cataluña. Es más, se veía como un movimiento arrogante y oportunista. Lo primero, porque no lo había pactado con nadie; lo segundo, porque era sin duda un anuncio para cazar votos. Una vez más, Sánchez actuaba de manera prepotente, como si el nombramiento fuera una potestad suya y no precisara de una votación en el Parlament.

A esta lista de agravios, donde el miedo electoral es lo que más pesa, hay que sumarle que un apoyo en plena campaña, por muy razonable que parezca, podría entenderse como una bajada de pantalones por parte de ERC, ante los deseos de Sánchez y sus rivales políticos del PSC. Además, ERC tiene claro que no les cederán ningún puesto en la mesa del Congreso, y que Sánchez no está dispuesto a negociar nada de cara a un posible apoyo de investidura.

En este pulso de fuerza testicular entre PSOE y ERC, entre un Sánchez cuasi presidente y un Junqueras desatado a pesar de su condición de preso preventivo, el líder socialista tiene claro que el mango de la sartén está en sus manos, y que en estos casos si no quieres una taza, lo mejor es que te sirvan dos: Meritxell Batet para presidir el Congreso, y Manuel Cruz para el Senado. Los dos catalanes y del PSC, y así nos evitamos las dudas sobre la estrategia de Sánchez. Además, Cruz es un leal colaborador y gran amigo de Miquel Iceta; independiente y filósofo de profesión, tiene todas las condiciones para saber amainar el temporal secesionista.

Es cierto que Iceta era un buen nombre para presidir el Senado y sobre todo para iniciar ese deshielo institucional y político que tanto precisa Cataluña. Pero quizá por eso, por ser un buen candidato, y además catalán, no era apto para sus adversarios independentistas. Demasiado bueno para que nos convenga. En la Cataluña política siempre han jugado un papel relevante esas emociones bastardas que florecen en la trastienda de los corazones ofuscados: los celos y la envidia.

Jordi Pujol siempre fue un maestro en el arte de no permitir que ningún catalán triunfara en Madrid, no fuera que su éxito le ensombreciera a él. Y si no que se lo pregunten a Miquel Roca Junyent, o a Joan Rigol i Roig, que fue propuesto por el PP en 1996 para presidir el Senado. Pero Pujol se opuso rotundamente con excusas baratas. La realidad era más simple y cruda, Rigol siendo presidente del Senado se convertía en la cuarta autoridad del Estado, y en sus visitas a Cataluña lo colocaba, según el protocolo, por delante y por encima del mismísimo Jordi Pujol.

Hoy, ya no está Pujol en el poder real, pero las miserias humanas -lo que muchos llaman el factor ego- perviven y siguen determinando buena parte de la estrategia política de los partidos. Es decir, esos líderes a los que votamos y que dirigen buena parte de nuestras vidas, siempre anteponen -sin ningún escrúpulo- su interés particular a nuestro interés, el interés general. Y si no, fíjense bien en las decisiones y pactos que se van a tomar en los próximos días; si ven alguno que anteponga el bien de los españoles a los intereses del líder o del partido, avísenme, para informar de ello y para celebrarlo. El caso Iceta, sin pretenderlo su damnificado protagonista, se convierte en un claro ejemplo de lo que nos espera esta legislatura.

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