Martes, 24.10.2017 - 06:25 h
Analista político

El facha de Serrat y la disonancia cognitiva catalana

Harto de estar harto ya me cansé… cantaba el pobre Serrat. Lo de pobre no es por su bolsillo bien alicatado, sino porque los hooligans del independentismo lo han marcado con la cruz de“facha”. A él, que nació en el Mediterráneo y que lleva su luz y su olor progresista por donde quiera que vaya. Serrat el nuevo facha, toma ya disonancia cognitiva.

Los psicólogos utilizan este concepto D. C. para señalar la tensión interna que sufre el individuo o individua que tiene simultáneamente dos pensamientos que están en conflicto. Al producirse esta incongruencia o disonancia, la persona afectada genera ideas y creencias nuevas para reducir esa tensión hasta que sus nuevas ideas y actitudes encajen, aunque no tengan mucho que ver con la realidad.

Para entendernos. Miles de independentistas catalanes viven desde hace tiempo una profunda disonancia cognitiva que procuran aliviar llamando facha a Serrat o a Albert Boadella, por ejemplo, o anteponiendo sus ganas de votar a las garantías de un referéndum ilegal, o utilizando sin sentido y sin cansancio la palabra democracia para vulnerar cualquier decisión del Estado de derecho.

¿Se han vuelto locos de repente tantos catalanes, empezando por Puigdemont? No, no nos engañemos, no están locos, saben lo que quieren. Más que locos se han vuelto osados y desafiantes. No son la mayoría pero sí son un número suficiente como para hacer ruido y poner en apuros al Estado español. Esto es una prueba de fuego, la más importante y la más grave en 40 años de democracia, según Felipe González, que tiene que resolver España. ¿Lo conseguirá? Tengo mis dudas, visto lo visto, pero la democracia y la Justicia española no tienen otra salida que emplearse a fondo y contundentemente si no quieren convertirse en una democracia fallida. Ya no es sólo por Cataluña, es por España y también por Europa.

El sentimiento exacerbado catalán, el catalanismo separatista, ha crecido de manera exponencial desde 1980, desde que Jordi Pujol tomó las riendas como presidente de la Generalitat y decidió apoderarse de Cataluña en todos los sentidos. Primero debía hacerlo políticamente, luego lo haría económicamente con ese 3% corrupto. Y todo ello iba a conseguirlo aplicando su fórmula del trípode nacionalista: 1) Atribuir todas las inversiones y virtudes económicas a la Generalitat, 2) ideologizar la educación y los medios de comunicación; y 3) hacer de Madrid el gran enemigo.

Pujol consiguió sus objetivos gracias a la dejación y relajación de los gobiernos del PSOE y del PP. Es decir, de Felipe González, Aznar, Zapatero y Rajoy, que prefirieron ceder transferencias y más dinero con tal de que Pujol y sus sucesores mantuvieran el territorio catalán tranquilo. El gran patriarca corrupto, don Jordi, jugaba muy bien sus cartas, y tenía al nacionalismo, semilla del independentismo, controlado como un perro guardián al que azuzaba cuando en Madrid se ponían recelosos. Y así durante 23 años. Luego vendrían otros que siguieron la misma estela o “estelada” que Pujol.

De ahí que hoy día en Cataluña haya tanta gente que padece esta disonancia cognitiva, y no les importe saber de qué lado está la razón y la ley. Inoculado el veneno secesionista basta con revestir de democracia cualquier atropello a la legalidad. Pero esa misma legalidad tan atropellada y vejada en las últimas semanas tiene la oportunidad y la obligación de demostrar ahora su poder y su razón de ser.

Y si pasado mañana o al día siguiente, Carles Puigdemont sale al balcón, y no precisamente para tirar un jamón, sino para proclamar la República catalana, habrá llegado la hora de demostrar que la Ley está por encima de todos, incluso de aquellos que siendo presidentes de la Generalitat padecen cierta disonancia cognitiva y precisan de una efectiva ayuda coercitiva. Parafraseando a Espriu, diré que también en Cataluña, mi querida tierra natal, todos los ciudadanos somos esclavos…: “Totssomesclaus de la llei, perqué poguem ser lliures” (Todos somos esclavos de la ley para poder ser libres). Lo escribió el padre de las letras catalanas, Salvador Espriu, pero claro, quizá él también sea hoy considerado otro facha como Serrat.

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