Miércoles, 24.04.2019 - 08:39 h
En mi molesta opinión
Analista político

El voto del miedo y no el programa electoral decidirá las elecciones del 28-A

Ya estamos a tiro de piedra del 28 de abril y la cosa del voto no está del todo clara, al menos para un 40%. Tan es así, que los asesores áulicos, estilo Iván Redondo, le han recomendado a Pedro Sánchez que deje de ponerse de perfil y dé la cara en el debate a cinco que ofrecerá Antena-3 el 23 de abril.

El presidente, que hasta ahora intentaba pasar desapercibido sabiéndose ganador, saldrá de su querida Moncloa para rivalizar con los otros candidatos. Sánchez cree que ese debate le puede beneficiar mucho si consigue evidenciar el peligro de las tres derechas. La estrategia no es mala, uno contra tres y Pablo Iglesias apoyando a Sánchez, sin exagerar mucho. Además, ante las cámaras las tres derechas deberán pelearse entre sí, sacarse los colores; si no lo hacen, y todos van contra Sánchez, también será malo para ellas porque evidenciarán la furia derechista contra la izquierda y eso puede motivar el voto del rival.

El PSOE tiene clara la victoria en las urnas, y Sánchez podría ahorrarse el debate, pero cree que lo ganará de calle, pase lo que pase. Veremos. Además, la ambición y la necesidad política siempre te llevan a querer más y más, sobre todo cuando el voto está tan fragmentado y al final te puedes quedar con cara de bobo si los números no dan por culpa de un par de escaños.

Aunque acepte el debate a cinco, Pedro Sánchez no aceptará un cara a cara televisado con el líder de la oposición, Pablo Casado, porque al enemigo no hay que alimentarlo, sino todo lo contrario. Quien podría sacar más tajada de ese imposible duelo a dos, sería el aspirante del PP, que sabe dónde golpear y cómo hacer daño en la imagen de Sánchez. De ahí que el presidente del Gobierno prefiera ningunear a Casado y ponerle a la misma altura que los demás candidatos.

Lo que le viene bien a Sánchez es una derecha fraccionada, y para ello no hay nada mejor que el eterno divide y vencerás. Dividir es debilitar, y lo sabe bien Pedro porque él también se desangró en los buenos tiempos de Podemos. Además, la izquierda no hace distingos en cuestión de desprecios, para ella todas las derechas son iguales. En un país tan polarizado y sectario como España, donde casi siempre se vota en contra de alguien y no por amor al candidato, mencionar la palabra “izquierda o derecha” es suficiente para alterar el ánimo de cualquier ciudadano de ideología distinta.

Si el PP de Aznar a la izquierda ya le parecía un exceso de conservadurismo, no digamos ahora con Vox revoloteando sin complejos el perímetro de la extrema derecha. Para el presidente del Gobierno que exista Abascal es providencial, un regalo de los dioses. Hay que reconocer, al menos en cuestiones de estrategia política, que Sánchez tiene mucha habilidad –desahuciado por su partido, ahora es el amo del PSOE-, sin olvidar la fortuna que le acompaña teniendo una derecha tripartida.

El éxito del PP en las elecciones andaluzas, que tan bien le vino a Pablo Casado para afianzarse como nuevo líder del partido, ha servido también para alertar a la izquierda de que la derecha puede unirse y actuar en bloque. Ya no hay factor sorpresa, y el PSOE de Sánchez intentará no repetir los errores de Susana Díaz. Tampoco olvidemos dos principios que suelen influir a la hora de votar: uno, el candidato que es presidente sale con ventaja sobre los demás, ya que la gente tiende –salvo grandes catástrofes- a la continuidad; segundo, la izquierda ha encontrado en Sánchez un candidato de cierto consenso, y después de ocho años de “marianismo” liberal, parece como que es el turno del “sanchismo”. A ello hay que sumarle que el candidato del PP es la primera vez que se presenta a unas elecciones generales. No es que no se pueda ganar a la primera, pero de entrada parece mucho más complicado.

Churchill dijo que sólo se fiaba de la encuestas que él mismo manipulaba, pero hay que reconocer que todos los sondeos dan al PSOE como claro vencedor, con más de 130 escaños. Sin embargo, las dos semanas de campaña de esta recta final pueden cambiar algunas cosas, porque la abstención supera el 40% y la volatilidad de los votos es muy elevada y pueden provocar un aluvión de última hora que trastoque todos los pronósticos.

Quizá por ello, Casado habla, no sólo del voto útil, sino del voto unido, de concentrar en él todas las esperanzas de frenar la entrada de PSOE y Podemos cogidos del brazo en Moncloa. Al final habrá que elegir entre dos parejas: los Sánchez-Iglesias o los Casado-Rivera, ¿a usted qué le da más miedo, que gobierne una o la otra? De eso van estas elecciones.

Como siempre, o como casi siempre, los políticos acabarán pidiendo el voto para sí mismos, pero apelando al peligro de que ganen los otros, el voto del miedo, una vieja estrategia que funciona bien tanto en la izquierda como en la derecha. En el fondo, todos somos muy iguales, lo único que nos diferencia es el color de nuestros miedos.

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