Viernes, 19.10.2018 - 09:43 h
En mi molesta opinión
Analista político

La culpa es del capitalismo y de Franco, por supuesto

Decía Aristóteles que “las crisis nacen cuando se amontonan los problemas y no llegan las soluciones”. En España, no es que se amontonen los problemas es que se instalan y se quedan a vivir con nosotros con gran facilidad. Basta mirar al noreste peninsular, a Cataluña, por ejemplo, para confirmar que las complicaciones nunca vienen solas y siempre hay alguien interesado en que se perpetúen los jaleos. Han pasado tres meses desde las elecciones autonómicas del 21-D y todo sigue igual o peor, según se mire.

Sin embargo, se avecina otra tormenta social que arreciara con gran crispación por toda la península y cuyo nombre resulta chocante pero a la vez familiar: “La culpa de todo es del capitalismo y de Franco”. Orquestada desde la izquierda extrema, y aprovechada por la izquierda desorientada, PSOE, traerá una gran convulsión callejera que ya ha empezado a dar sus primeros coletazos, y que pretende desgastar y derrocar a una débil derecha que está en el poder y que pelea por no perder aún más su dignidad. Falta un año para las elecciones municipales, autonómicas y europeas pero las espadas ya están afiladas, el que se duerme, pierde. En España nos hemos acostumbrado –a la fuerza ahorcan- a vivir en una continua campaña electoral. Cualquier circunstancia política o social, susceptible de crear polémica, es motivo más que suficiente para convertirse en un nuevo ‘casus belli’ contra el Ejecutivo de Rajoy.

La muerte del senegalés Mmame Mbaye la semana pasada en Lavapiés ha servido para descubrir un paradójico fenómeno, el de yo acuso y a la vez me lavo las manos ante un problema que es mío. Los mismos políticos que rigen la alcaldía madrileña, los de Podemos y sus confluencias ideológicas, se convirtieron en instigadores de las revueltas callejeras lanzando todo tipo de bulos y acusando de la muerte del joven a la policía municipal que –casualmente- depende de ellos, ya que gobiernan en Madrid.

Una vez se demostró que la policía no tenía nada que ver con la muerte del mantero senegalés, se optó por buscar un chivo expiatorio de mayor envergadura, una flecha por elevación, pero nadie entonó el mea culpa por promover los graves disturbios que destrozaron las calles de Lavapiés y por no actuar con responsabilidad. El concejal de Economía, Jorge García Castaño, de IU, añadió una perla antisistema para explicar lo sucedido: "El fallecido es una víctima del capitalismo". Ya está. Así de claro y de sencillo. No lo dice un conmocionado inmigrante, lo dice el responsable de las finanzas municipales, el mismo que sueña todas las noches con aplicar políticas colectivistas y restringir las libertades de mercado y alguna más.

Por si no quedaran suficientemente claros los despropósitos de la extrema izquierda municipal, Pablo Iglesias se animó, al día siguiente, a proponer un órdago a la grande: se debe despenalizar el “top manta” y la venta ambulante de productos falsos. Maravilloso. Genial. Mejor imposible. La propuesta anticapitalista del líder de Podemos, que aspira a gobernar España, no podía ser más irracional. Los comerciantes afectados, los que pagan los mil y un impuestos municipales, autonómicos y estatales, los salarios de sus empleados, los alquileres de sus negocios y un largo etcétera de tributos, pusieron el grito en el cielo y tomaron buena nota de la atorrante solución “podemita”.

Nos espera un año cargado de revueltas sindicales, manifestaciones callejeras y algarabías politiqueras. El objetivo es bloquear la gobernabilidad de un Estado que, aun siendo de los más descentralizados de Europa, siempre acaba pagando el pato el Gobierno central de turno. Mientras tanto, Rajoy sigue con su estilo imperturbable, aunque intenta mostrarse algo más proactivo -para contrarrestar el subidón demoscópico de Ciudadanos-, a la vez que ansía aprobar unos nuevos presupuestos que pongan cierto orden en las cuentas. Sin olvidar a los jubilados (que son millones de votos), antes de que se conviertan en la espoleta de una verdadera bomba social.

Es cierto que la subida de las pensiones propuesta por el Gobierno es ridícula (0,25), pero una subida ligada al IPC tampoco cambiará la pobre realidad de la mayoría de pensionistas. Lo que está claro es que la pretendida justicia social no cae del cielo, y quien no llora –es decir, no se manifiesta y no protesta- parece que no mama. El Gobierno de Rajoy tendrá que hacer virguerías presupuestarias para dar de mamar a tanto español que a partir de ahora se va a poner a “llorar” y a vocear en las calles, espoleado por sus indignas circunstancias personales o, más bien, por los partidos de la oposición que quieren asaltar los cielos por la vía expeditiva, es decir, sin ofrecer nada mejor a cambio.

Vivimos una época de desvaríos populistas en la que ya no hace falta demostrar –con ideas y propuestas alternativas- que eres mejor que el rival. Ahora basta con crispar el ambiente y cabrear al ciudadano para que desde su caliente y doliente indignidad vote al partido que más grita y más se irrita, aunque este sólo tenga una sola idea clara: que toda la culpa es del capitalismo y, por supuesto, de Franco.

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