Miércoles, 20.03.2019 - 09:17 h
En mi molesta opinión
Analista político

La extrema derecha, Bolsonaro y la vida loca, con su loca realidad

La publicidad intenta ser un reflejo puntual de la sociedad en la que vivimos. Desde hace unos días, un anuncio del Volkswagen Golf GTI, que no pasa desapercibido a pesar de su sencillez plástica, se ha convertido en motivo de debate y cierta controversia. Esta vida loca, loca, loca, con su loca realidad...

Con el fondo musical de esta canción de Francisco Céspedes, “Vida Loca” (1998), aparece una estudiada y geométrica coreografía de modernos clónicos y hipsters con barba bien peinada que beben “smoothies” y se mueven en patinetes eléctricos o “segways” mientras se hacen fotos con su palo de selfie. Las imágenes y la canción se interrumpen de repente y aparece una imagen de un GTI derrapando y la pregunta sobreimpresa: ¿A qué estamos jugando? El anuncio concluye con el estribillo "es la vida loca, loca, loca, con su loca realidad". 

Debo admitir que, aunque no tengo previsto comprarme ningún coche, el anuncio de Volkswagen me ha interesado. En treinta segundos ha conseguido que me adhiera a su planteamiento. Da lo mismo que quieran vender un automóvil o una lavadora, lo fundamental es que su hipótesis consigue conectar con lo que millones de personas piensan de la realidad actual y del momento enigmático que estamos viviendo. ¿A qué estamos jugando? La cuestión es retórica, pero sirve también como análisis interpretativo de los nuevos modelos sociales, políticos y económicos que están irrumpiendo en el mundo.

Analicemos la última “jugada” política que hemos vivido estos días: la victoria en Brasil de Jair Bolsonaro. Al nuevo presidente de la República le han puesto durante la campaña electoral todo tipo de etiquetas indeseables –machista, facha, racista, ultra… añadan las que les plazca y se quedarán cortos-, y a pesar de ello y de que muchas son ciertas, allí está, elegido por el 55,1 % de los electores. 58 millones de un total de 209 millones de brasileños.

Una de las claves que muchos no acaban de entender es la transversalidad de este tipo de candidatos radicales –en este caso de extrema derecha-. Pero está claro que si les vota más de la mitad del electorado, entre esos electores hay gente de todo tipo, incluso de ideologías opuestas. Al presidente electo de Brasil se le puede desacreditar por sus declaraciones, pero habrá que preguntarse también qué tiene un político como este para que más de la mitad de sus conciudadanos no le penalicen sus excentricidades verbales y le vean capaz de gobernar la nación. O qué tendrán (o no tendrán) sus rivales para que los ciudadanos prefieran a Bolsonaro.

Lo mismo ocurrió en su momento con Trump, Putin, Viktor Orban, etc., todos ellos se aprovecharon del hartazgo del ciudadano, del fracaso de los partidos del sistema y del anquilosamiento y corrupción del establishment. No es sólo una avalancha de populismo la que nos invade, sino la cruda realidad de millones de personas de todo el mundo hastiados de oír los cuentos políticos de siempre sin ver soluciones a sus problemas reales.

Brasil, locomotora del sur de América, despertó de su sueño de prosperidad hace cinco años, sobre todo por culpa de la corrupción y la inseguridad. El ex presidente Lula cumple 12 años de cárcel. Su sucesora, Dilma Rousseff, también fue destituida por el Congreso acusada de corrupción. En 2017 hubo 64.000 homicidios en Brasil, la propia policía mató a 5.000 personas ese mismo año. Los brasileños, angustiados con su presente, han preferido apostar por un militar retirado y de ultraderecha a pesar de ser autor de frases como estas: "Hay que dar seis horas para que los delincuentes se entreguen. Si no, se ametralla el barrio pobre desde el aire". “Tenemos que colocar gente capacitada. Si colocan mujeres porque sí, voy a tener que contratar negros también".

Con Bolsonaro, Trump, Le Pen y compañía, se ha terminado la sensatez y lo políticamente correcto. Pero a estos líderes populistas les importa bien poco que les critiquen los medios de comunicación y las redes sociales; es más, lo prefieren, consideran que son sus principales enemigos y forman el bloque de oposición al que deben combatir. Los Bolsonaro de turno triunfan con frases radicales y altisonantes que conectan con el pensamiento de una sociedad harta de no ser escuchada y atendida por sus gobernantes, aunque sus votantes corran el riesgo de ser etiquetados de extremistas. El triunfo de los populismos de cualquier ideología se debe en gran medida al fracaso de los malos demócratas. Nada sucede porque sí, siempre hay una reacción a una mala acción.

Ahora sólo nos falta ver cómo se desarrollarán los acontecimientos políticos en España. ¿Habrá sorpresas? ¿Será Vox una de ellas? ¿Se radicalizará la sociedad española? De momento no hay nada claro ni decidido. La batalla no será fácil para ningún partido, al margen de su ideología. Todo dependerá de cómo vaya la economía y el bolsillo de los ciudadanos. Más allá del juego de etiquetas de extrema derecha o extrema izquierda, los partidos y sus líderes deberán descubrir qué quieren realmente los ciudadanos españoles, a la vez que demuestran (o al menos hacen creer) que ellos tienen la capacidad para solucionar los muchos y nuevos problemas que tiene esta vida loca, loca, con su loca realidad.

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