Sábado, 23.02.2019 - 04:41 h
En mi molesta opinión
Analista político

PP versus Cs: no hubo amor, sólo fue 'sexo' parlamentario

Siempre se ha dicho que Podemos es un invento de la derecha para frenar al PSOE y dividir más a la izquierda. La gran ambición política –aunque ciclotímica- de Pablo Iglesias se canalizó a través de los medios de comunicación para crear en poco tiempo un partido de la nada con opciones de sorpasso al socialismo.

Podemos no ha conseguido lo que pretendía y se está aflojando poco a poco, sin hacer ruido pero sin localizar tampoco la fuga de agua. El PSOE sigue por encima de los morados, y aunque no despega en las encuestas tampoco se hunde. Digamos que flota en el ambiente a la espera de su momento y oportunidad. Dilucidada la batalla de la izquierda, llega la hora para la trifulca de la derecha.

Se acabaron los días de vino y te estimo. Los populares gobiernan gracias a un acuerdo con Ciudadanos, pero esa sociedad limitada ya es un sálvese quien pueda, se abrió la veda para la caza y captura de cuñados naranjitos o de peperos ásperos. Y todo por unos celos traicioneros. Ciudadanos se embuchó el voto útil en Cataluña y al PP se le puso cara de “pagafantas”: hizo el trabajo duro pero el éxito se lo llevó Arrimadas. Y encima C´s les chulea un escaño que les impide formar grupo parlamentario. Hasta ahí podíamos llegar.

Pero lo que importa saber ahora es hasta qué punto el Partido Popular está tocado realmente, que no hundido, pero sí dolido con “j” por las inclemencias del momento. Tocado por la corrupción que no cesa de aparecer en los juzgados y en los medios. Dolido por un Albert Rivera crecido por su éxito en Cataluña y por unas encuestas que le permiten soñar con La Moncloa. Fastidiado el Gobierno por no poder aprobar unos presupuestos que deberá prorrogar para no adelantar elecciones. Mosqueados todos al comprobar que superar una gravísima crisis económica y aplacar otra institucional en Cataluña no le dan ningún rédito político, más bien casi se lo quitan.

Lo que de verdad escuece en el PP, más allá de la flema de Rajoy, es que los advenedizos de C´s se lleven la fama mientras ellos cardan la bulla catalana. Los otros líos, incluida la corrupción, son coyunturales y más controlables, pero el peligro naranja puede hacer mucho daño si cuaja. Por primera vez en muchos años, en el centro derecha español vuelve la rivalidad, cuando ésta siempre ha estado en la izquierda. Tener competencia, aunque dicen que estimula, en el fondo fastidia mucho y hace aflorar ciertas antipatías y hostilidades.

El PP, con Rajoy a la cabeza, ha decidido pasar a la acción y aplicar el viejo apotegma: si no puedes vencer a tu enemigo hazte un zumo de naranja con él. Y todo ello poniendo en peligro sus intereses como socios. Pero la hemorragia es demasiado grande para ignorarla. Hay que castigar la buena imagen que está cogiendo C´s. Una cosa es ser hermanos en la batalla contra el independentismo y otra, muy distinta, acabar siendo “primos” en la guerra por el verdadero poder.

Rajoy y los coroneles de Génova tienen claro que los que siguen votando al PP no pueden creer que tiene el mismo valor la papeleta azul que la naranja, que es hora de remarcar las diferencias, de aclarar que Rivera no es una versión mejorada de Rajoy y Macron, que la limpieza de C´s no es por su escrupuloso comportamiento ético, sino porque no tiene responsabilidades de gobierno en ninguna autonomía y no puede meter mano en ninguna caja.

Ese es uno de los talones de Aquiles de C’s que el PP quiere explotar, la inexperiencia y desconfianza. Otro, son las próximas elecciones municipales –para junio de 2019-, donde el partido de Rivera siempre ha sacado malos resultados. Los populares quieren evidenciar para entonces que el partido naranja no tiene peso ni anclaje nacional y que sus pretensiones de alcanzar el Gobierno de la nación son excesivas dada su escasa experiencia política en la administración.

Mientras tanto, Rivera saca pecho, ha subido varias “tallas” según el CIS, y niega que haya existido un divorcio con el Partido Popular “porque nunca nos casamos”, dice. Cierto, lo suyo ha sido más un “ajuntamiento” circunstancial para propiciar la estabilidad, tras dos elecciones generales fallidas. Pero aunque no hubo amor, si se puede afirmar que hubo “sexo” parlamentario.

Tal y como está el patio político, difícil será en un futuro próximo volver a las mayorías electorales. El bipartidismo, hoy por hoy, ha muerto. Los pactos serán imprescindibles para gobernar, de ahí que no se extrañen si dentro de un tiempo estos dos mismos partidos, que ahora se odian con tanta pasión, vuelvan a amarse (o al menos a necesitarse) locamente. Ya se sabe que en el amor, la guerra y la política casi todo vale, con tal de lograr el poder.

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