Domingo, 15.09.2019 - 08:33 h
En mi molesta opinión
Analista político

¿Qué aportan hoy día los políticos a la sociedad?

Demasiada palabrería y demasiado empacho político. Ese es el problema. Desde la hamaca del verano sólo se quiere ver el árbol que sujeta la red y da mejor sombra, y se ignora el inmenso bosque de problemas que nos rodea. Las señales nos confunden, y en vez de mirar en la dirección correcta nos quedamos embobados observando el dedo que señala la cuestión a resolver. ¿Gobierno sí o gobierno no? ¿Elecciones sí o elecciones no? Qué más da, si después seguiremos atrapados en la mediocre capacidad de resolver el complejo futuro que nos acecha.

Sufrimos el grave fracaso de la clase política. Los políticos no sólo son el segundo problema que más preocupa a los ciudadanos, son el principal escollo que impide avanzar a un país amenazado por varias crisis. Una clase política de baja calidad, ignorante, sectaria, sin ideas propias que utiliza el espacio público como modo de vida asalariado. ¿Qué aportan hoy día los políticos a la sociedad? Nada interesante ni nada bueno. Y no es derrotismo posvacacional, es la constatación de una realidad que se desangra sin que ellos, los políticos, sepan cómo impedirlo.

¿Cuándo ha sido la última vez que han escuchado una idea inteligente en labios de un político? Qué sería de ellos sin los lugares comunes o las respuestas baratas de carril que les empaquetan los anodinos asesores. El viernes, sin ir más lejos, escuché a un diputado socialista, da lo mismo su nombre, ofrecer la gran solución para romper el bloqueo político: “Que hagan el favor de votarnos porque somos los únicos que podemos formar Gobierno”. Y se quedó tan tranquilo. Es más, seguramente mañana lo volverá a repetir sin que nadie le advierta de su estulticia. No es que les falte empatía, o confianza, les falta aptitud, es decir, inteligencia para percibir los errores y afrontar los retos.

Los actualmente llamados líderes de la sociedad son incapaces de solucionar unos problemas que ellos mismos han provocado. Viven atrapados en el síndrome del bombero-pirómano. Lo suyo se asemeja más a un “laissez faire, laissez passer” malentendido, no es un dejar hacer sino un dejar de hacer; que no potencia la libertad individual sino que evidencia la impericia de unos políticos incapaces de remediar las dificultades propias de su actividad. Tras las elecciones del 28 de abril, Pedro Sánchez dedicó cincuenta días a menear y marear su cargo de presidente -en funciones-, y cinco días a negociar con su “socio preferente”. El resultado no podía ser otro: un fiasco total del que todavía no nos hemos recuperado.

Es cierto que estos políticos no vienen de Marte, sino que surgen de la propia sociedad. También es cierto que la sociedad española deja mucho que desear, sobre todo en sus élites empresariales y financieras, y en los resultados de su sistema educativo y cultural. La mayor parte de esta pobreza intelectual que crece día tras día viene motivada por la intromisión perniciosa de la política, tanto de izquierdas como de derechas, que más que fomentar el progreso personal lo castra y lo limita al considerar la enseñanza y la cultura como un gasto que hay que controlar, cuando no reducir, en lugar de verlo y promoverlo como lo que realmente es: una inversión que hay que fomentar para obtener un mayor desarrollo y mejora de la sociedad en todos sus niveles.

En definitiva, hoy nadie sabe aún si habrá presidente investido en septiembre o, en su defecto, habrá nuevas elecciones en noviembre. Pero sí está claro que no habrá, ni tampoco se le espera a corto plazo, una clase política -con su Gobierno y su Parlamento bien surtido de “apretadores de botones”- capaz de ponerse de acuerdo para solucionar los gravísimos problemas que tiene pendientes España: La amenaza de una nueva crisis que puede poner en peligro el frágil Estado de bienestar; la creciente desigualdad social; el incremento del paro y los peligros de un empleo precario; la escasa natalidad y la mucha ancianidad, y su quebradizo sistema de pensiones; las múltiples reformas pendientes, desde la energética a la educativa, la judicial, la electoral, la funcionarial, etcétera, la sentencia del Tribunal Supremo; el Brexit que nos dolerá a todos; … podría seguir pero no quiero amargarles más el final del verano.

Además, estas reformas imprescindibles no las puede resolver un solo partido, ni de izquierdas ni de derechas, ni un bloque ideológico por muchos votos que tenga. Son reformas de gran calado que afectan de manera transversal y que superan la estrategia cortoplacista de siempre y los viejos ejes ideológicos. Y sobre todo superan a la mediocre clase política española, incapaz de anteponer el interés general de la sociedad a sus intereses partidistas.

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