Martes, 18.09.2018 - 16:16 h
En mi molesta opinión
Analista político

Rodrigo Rato y Artur Mas, dos maneras distintas de ajustar cuentas

No es nada fácil dejar de ser el demiurgo de un supuesto milagro económico para convertirte, de repente, en el chivo expiatorio de una gran crisis bancaria nacional. Quizá por ello el ex todopoderoso Rodrigo Rato aprovechó la Comisión parlamentaria que investiga la crisis financiera para sacar a pasear su rencor y vengarse de su pérfidos compañeros de partido, pero sobre todo para vapulear verbalmente con fruición al ministro Luis de Guindos, a quien responsabiliza de todas sus desgracias.

Rato estaba en su derecho a defenderse e incluso a despachar toda su mala baba acumulada. El espectáculo televisivo que se montó con su detención no se olvida fácilmente. La pena de Telediario la pagó con creces y la sigue abonando. Todavía hoy siente en el cogote la mano fría del policía que le metió la cabeza dentro del coche que se lo llevó detenido. Sin embargo, el martes, Rato se pasó de frenada a la hora de responder y exponer sus argumentos. Se equivocó al mostrar más chulería que explicaciones sobre su gestión.

Ni una pizca de autocrítica sobre Caja Madrid. Todos fueron culpables menos él. Oh, San Rato, patrón de los incomprendidos. Auténtico mártir de las conspiraciones “monclovitas”. En ningún momento buscó la empatía de la opinión pública, ese fue su gran error y su problema, y se le notó demasiado irritado, por no decir cabreado. Motivos no le faltan y argumentos para calentarse ante las preguntas de los representantes políticos, también le sobran. Pero un hombre inteligente no puede perder los papeles ni una buena ocasión para exponer su verdad, si quiere recuperar parte del prestigio quemado en los últimos años. Lo del martes en la Comisión fue más bien un desahogo testicular que una puesta en escena inteligente. Cuando la soberbia se convierte en la consejera nada bueno nos espera.

En el otro lado de la foto está el político más desastroso de los últimos años: Artur Mas. Lo tuvo todo en sus manos como heredero de Jordi Pujol, y lo ha perdido todo por querer ser lo que nunca fue: un ferviente independentista. Para tapar sus vergüenzas electorales de 2012, cuando esperaba lograr la mayoría y perdió 12 escaños, se lanzó a los brazos del separatismo sin prever las nefastas consecuencias que podía tener abrir la caja de Pandora.

El mismo día que Rato ajustaba cuentas en el Congreso con sus “enemigos”, Artur Mas desajustaba el último tornillo que le sujetaba a la política y renunciaba a la presidencia del PDCat. Fue una despedida que no sorprendió a casi nadie, dadas las circunstancias jurídicas y políticas que Mas está viviendo desde hace ya tiempo.

Sin embargo, y a pesar de su gran torpeza demostrada de mil maneras –aceptó renunciar a la presidencia de la Generalitat por exigencia de la CUP-, Mas aprovechó este último acto político para realizar una despedida no exenta de cierta brillantez y elegancia en las formas, pero con grandes exageraciones en el balance de éxitos. Con un estilo sobrio y sereno, pero sin sentimentalismos, argumentó que el duro panorama judicial que le espera por culpa del referéndum del 9-N y del 1-O le va a exigir concentrarse en sus asuntos y no estar tan disponible para el partido. La excusa es barata, pero creíble y la expuso con convicción. No utilizó su despedida para desahogarse ni pasó factura a sus enemigos o rivales. Tampoco entonó ningún sincero mea culpa, pero sí recordó que la independencia unilateral es imposible hoy día, y que los resultados electorales, siendo buenos, no dan para grandes alegrías y menos para aventuras rupturistas.

Sin duda, este último mensaje (formato ajuste de cuentas) iba dirigido de manera especial al fugitivo de Bruselas, Carles Puigdemont. Dos años después de cederle la presidencia de la Generalitat, Mas abandona el PDCat al sentirse incapaz de frenar el plan separatista de su sucesor. Sus malas o nulas relaciones se evidencian también en el hecho de que Mas anunció su retirada sin comentarla antes con Puigdemont.

A partir de ahora, ya sólo queda él, Puigdemont, como gran líder visible, aunque a distancia y por plasma, del PDCat. Un líder algo enloquecido por los avatares judiciales pero que intentará exprimir al máximo su posición de fuerza obtenida en las urnas para retar al Estado y a la Justicia española, con el objetivo de no entrar en la cárcel. Otra cosa muy distinta, es que lo consiga. Es decir, consiga gobernar Cataluña con el mando a distancia desde Bélgica. Algo bastante absurdo; pero a decir verdad, cosas más inauditas hemos visto en los últimos tiempos, y si no, que se lo pregunten a Rato y a Mas.

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