Miércoles, 17.07.2019 - 15:15 h
En mi molesta opinión
Analista político

Sánchez encuentra su relato electoral mientras Casado busca el voto útil

Los días de vino y rosas para el bipartidismo español se han terminado, al menos de momento. Ahora estamos inmersos en los tiempos del cólera y de los muchos líos y pocas bromas entre partidos de ideologías coincidentes. El PSOE pasó su sarampión “podemita” cuando Pablo Iglesias se empeñaba en dar el “sorpasso”, pero fracasó en el intento. Pedro Sánchez, mucho más zorro que los líderes de Podemos, supo desactivar el plan y frenar la sangría de votos que se fueron del socialismo a la nueva extrema izquierda, no sin dolor y con alto riesgo para su persona.

Ahora, incluso está consiguiendo que los votantes regresen al socialismo. Al socialismo reinventado por Sánchez, que los más cafeteros como Alfonso Guerra no reconocen como verdadero, pero que aparentemente le está funcionando bien al presidente del Gobierno.

El partido de Iglesias, que no pasa por su mejor momento, ha llegado incluso a comer en la mano de Sánchez, cambiando sus feroces colmillos por una dentadura postiza, y se ha convertido en la muleta preferida para llegar a la Moncloa. Como estamos en pre-campaña, Irene Montero de vez en cuando les da un pellizco de monja a los chicos “malos” del Gobierno del PSOE, pero poco más. Hay que guardar las formas de la confrontación pero sobre todo hay que mantener el buen rollo para tocar poder de la mano de Pedro Sánchez.

Ahora le llega el turno de pasar su sarampión político a la derecha, la del PP, que vive ciertas turbulencias internas y se ve obligada a esquivar los “navajazos” electorales que Vox está dispuesto a endilgarle a su antigua nave nodriza. Vayamos por partes y no nos engañemos. Al partido de Santiago Abascal le viene mejor que gane y gobierne el PSOE.

¿Por qué? Pues para poder crecer a costa con el extremismo izquierdista y separatista. Vox precisa un antagonista político para desarrollar su discurso basado en el miedo y el descontento, y poder ejercitar el “yo acuso” contra los males extremista de la izquierda que lidera Sánchez, y así aumentar su peso electoral. Santiago Abascal y su partido pueden perder peso específico y protagonismo contra un Casado en el Gobierno.

De ahí que a los de Vox el grito de socorro del PP les traiga al pairo. Casado ha pedido públicamente que el partido de Abascal no se presente en las 28 provincias que reparten 5 ó menos escaños. El motivo es que la aplicación de la famosa Ley d’Hondt, que inventó en el siglo XIX el matemático y jurista Victor d’Hondt, puede beneficiar a la izquierda. Cualquier formación política necesita un umbral mínimo mayor al 15% de las papeletas para lograr un diputado.

Pero esta cima soñada del 15% no la alcanza Vox -Ciudadanos la roza-, y los restos de esos votos que no contabilizan en el partido de Abascal se pierden, o lo que es peor según Casado, se van a PSOE y Podemos. Casi siempre el último diputado de cada circunscripción surge de los restos de votos que no contabilizan y pasan automáticamente a favorecer al partido más votado en ese territorio, de ahí que el líder popular calcule que la participación de Vox en esos territorios de cinco o menos escaños -como son Cantabria, Castellón, Huelva, Jaén, Navarra, Valladolid, Álava, Burgos, Cáceres, Lleida, Lugo, Orense, León, La Rioja, Salamanca, Ávila, Cuenca, Huesca, Palencia, Segovia o Teruel, entre otros-, puede restarles diputados.

Según cifras del propio PP, unos 20, y eso es mucha sangría para que los populares no noten el miedo en el cuerpo. Por contra, advierte Pablo Casado, con cara de preocupado, que si el voto conservador se concentra en el PP, el bloque del centro y la derecha tendría muchas más posibilidades de sumar la mayoría absoluta. En el fondo, y en la superficie, Casado le pide a Abascal que no se presente en algunas capitales, pero lo que hace en realidad es advertir a gritos al electorado de derechas de la gran importancia que tendrá en estas próximas elecciones el voto útil, no votar por pura simpatía, sino con la cabeza, y buscando el resultado final: echar a Sánchez de la Moncloa. Se dirige a Abascal pero con el objetivo de que los ciudadanos se enteren de que no todos los votos se convierten en lo que uno piensa cuando los deposita en la urna.

La respuesta de Vox era la previsible, ellos van a por el pleno, no renuncian a ninguna candidatura y se mantendrán en todas las circunscripciones. Incluso son ellos, los de Vox, los que les piden al PP que no se presenten en aquellas autonomías donde la intención de voto les favorece más a los verdes, como Ceuta, Almería, Madrid… La batalla electoral y dialéctica no cesa, y Casado, buscando el cuerpo a cuerpo con Abascal, ha sentenciado que si el PSOE crece y forma Gobierno con Podemos y separatistas, Vox será el responsable.

Lo que sucede es que aún queda mucha campaña hasta el 28 de abril, y las encuestas ponen muy nerviosos a los líderes políticos. Hasta la fecha de hoy, el relato político de Pedro Sánchez parece que funciona mejor que el de Casado o Rivera. El candidato del PSOE ha sabido destacar en su discurso el peligro de que gane el tridente de derechas que se inmortalizó en la plaza Colón de Madrid, con el argumento de “ellos son el pasado, yo el futuro”. Lo de menos es que eso sea verdad. Lo importante es que los votantes te compren el relato, y en este caso hay una gran mayoría que de momento lo compra.

Parece que los miedos han cambiado, y hoy inspira más temor (o menos ilusión) un Gobierno de derechas, con apoyo de Vox, que el posible pacto de Sánchez con la extrema izquierda de Podemos, los separatistas catalanes y los vascos de Bildu. Casado y Rivera tienen que encontrar aún su discurso o relato electoral idóneo y convincente. No han dado con la tecla que les haga subir en las encuestas. El PP intenta, sobre todo, como en su día hizo el PSOE, minimizar los daños que le puede causar la entrada de un nuevo partido por el flanco derecho apelando al voto útil. Quedan muchas semanas de carrera electoral, y de momento Sánchez gana en el ánimo social y en las encuestas, esas encuestas que todos temen aunque casi siempre se equivocan.

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