Sábado, 16.11.2019 - 02:07 h
En mi molesta opinión
Analista político

Ventajas y desventajas de repetir elecciones el 10 de noviembre

La realidad política que estamos sufriendo la plasmaron el martes pasado en una casual y breve conversación callejera el actor José Sacristán y la vicepresidenta Carmen Calvo. El primero, que nunca ha ocultado sus gustos ideológicos por la izquierda, pidió, casi rogó: “Poneos de acuerdo, por favor, seguid hablando”. Parecía la voz del pueblo implorando al poder una solución para sus problemas. La respuesta de la socialista no pudo ser más rotunda y desalentadora: “No puede ser. No podemos hipotecarnos de esa manera. Caemos otra vez en la misma piedra”.

Pero, ¿de qué hipoteca y de qué piedra habla Carmen Calvo? Quizá la respuesta la tenga el propio Sacristán, que ese mismo día concedió una entrevista a El País en la que se despachó a gusto ofreciendo su versión crítica de este fatal e histórico desencuentro de las izquierdas malavenidas, que a veces alcanza tintes cainitas: “Esto es lo de siempre. La vieja inquina entre comunistas y socialistas. Mi padre, Venancio, era comunista, y no he oído a nadie soltar más pestes de los socialistas que a él. Las derechas se entienden, las izquierdas se matan. No hay posibilidad de entendimiento. Ya no es desconfianza, ni falta de química, es que no se pueden ni ver. Es un despropósito”.

Más claro el agua. Las derechas se entienden, las izquierdas se matan. Frase lapidaria que historiadores de renombre también han utilizado para explicar el desenlace de la Guerra Civil española. Los años pasan pero la idiosincrasia ideológica permanece. Aunque ahora se utilizan otro tipo de “apuñalamientos”, es decir, de argumentos y excusas, pero lo que late en el fondo es el mismo miedo y recelo de siempre. Ya hemos recordado en otra ocasión en esta columna que la socialdemocracia tiene unos postulados y objetivos distintos y alejados de los que tienen los comunistas o neocomunistas. Y eso les condena, cual eterna maldición, a no entenderse, ni siquiera para repartirse el poder.

El PSOE, en estos pactos con UP, se juega muchas más cosas que el Gobierno de la nación. Se juega el futuro. Su 'matrimonio de conveniencia' con Podemos, si llegara a producirse la coalición, le pasaría una factura cara, ya que el estigma de la extrema izquierda le marcaría de lleno alejándolo de los postulados de centro izquierda, que son los que a la postre hacen ganar elecciones. Está en juego la imagen del PSOE y su futuro.

La grave herida sufrida en los pasados, aunque no tan lejanos, intentos de Podemos por darle el sorpaso y desbancarle como partido hegemónico de la izquierda, todavía supura en la memoria del presidente en funciones y de muchos socialistas. El partido llegó a estar muy cuestionado y muy derrotado por Podemos, y hay que reconocerle a Pedro Sánchez, al menos, la habilidad política de cambiar esa dramática situación, y de revertirla en buena medida. Podemos y sus confluencias comunistas han dejado de ser un riesgo para los socialistas, siempre que el PSOE juegue bien sus bazas y no acabe dándole de nuevo oxigeno a su rival, que por muy socio preferente que se le llame, no deja de ser su competidor más directo. En España puede haber cierta mayoría de izquierdas, pero luego la realidad demuestra que no están unidos por un objetivo común y un mismo proyecto.

Aunque la derecha parezca más unida a la hora de repartirse el poder, ¿les conviene realmente una nuevas elecciones? En principio, no. A pesar del desgaste y la abstención del votante de izquierdas, las tres derechas están en situación precaria. El PP está aún configurándose y creciendo. Aumentaría sus escaños, según las encuestas, pero sería mínimamente, y en su contra están los nuevos casos de corrupción que, sin duda, le pueden pasar factura. Pablo Casado necesita tiempo para consolidarse, y la mayoría de los fracasos suelen venir de querer adelantar la hora de los éxitos. Por su parte, Ciudadanos está desorientado y su líder no encuentra la brújula que lo guíe al éxito. Su discurso estridente cotiza a la baja en las encuestas. Lo mismo que a Vox, que pasado el tiempo de novedad se demuestra que es un partido de apoyo, incapaz de liderar una alternativa.

Así las cosas en la derecha, la izquierda sigue chapoteando en su desencuentro. La desconfianza crónica ha condicionado las negociaciones con Pablo Iglesias. Sánchez ha “jugado” como un tahúr con las expectativas de U.P., sobre todo las de su líder. Primero, al pedir la exclusión de Iglesias; y segundo, al ofrecerle una vicepresidencia postiza y tres ministerios trucados, cuando sabía perfectamente que Iglesias los iba a rechazar en primera instancia. Queda claro que los recelos entre las dos formaciones y sus respectivos líderes siguen vivos, y ello nos acerca a nuevas elecciones.

Unas elecciones que empiezan a no sonar tan mal en algunos sectores de la sociedad. Por ejemplo, las asociaciones de empresarios ven con buenos ojos unos comicios antes que formar un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Sí, ya se sabe de qué pie suelen cojear los empresarios, pero no dejan de ser una voz influyente. También socialistas históricos como Redondo Terreros ya han apostado abiertamente por unas nuevas elecciones: “Vayamos a las urnas y los españoles, con todos los datos, que decidan y solucionen lo que no han sabido solucionar los políticos”. Es cierto que los electores podrán hablar de nuevo y apostar por una solución distinta -más votos para el PSOE o más votos para la derecha-, pero la sociedad empieza a dar muestras de cansancio ante la inoperancia de los políticos. Sobre todo cuando, en un principio, todo el mundo, incluidos Sánchez e Iglesias, hicieron creer que el pacto de la izquierda estaba hecho y habría gobierno.

En menos de una semana saldremos de dudas. Quizá ahora, cuando casi no hay tiempo, se pongan las pilas y encuentren una solución, sobre todo si las encuestas que manejan no les satisfacen. Pero si el presidente en funciones decide escuchar los cantos de sirena que le empujan a nuevos comicios, estará poniendo en riesgo el presente de la nación y su futuro político, por muy optimista que él se lo imagine. No es extraño que a Pedro Sánchez ya le llamen “ludópata electoral”.

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