Viernes, 22.03.2019 - 16:12 h
En mi molesta opinión
Analista político

¿Y los usuarios del taxi, víctimas de este salvaje paro, podemos decir algo?

Para ganar su guerra contra la Administración y los VTC (vehículos de transporte con conductor), los taxistas se han dedicado a fastidiar y tomar como “rehenes” de sus altercados y cortes de carreteras o calles, a sus propios clientes, que en breve volverán a ser usuarios del taxi, cuando acabe la huelga. Es un clara paradoja, que desde el punto de vista del sufrido ciudadano se convierte en una evidente “parajoda”, es decir, para salirte con la tuya debes morder la mano que te da de comer y esperar que su grito de angustia haga reaccionar a la autoridad competente.

El derecho a huelga está reconocido y protegido por la ley, pero también tiene sus límites bien delimitados. Sin embargo, en este caso, la huelga del gremio del taxi se ha convertido en una demostración impune de fuerza bruta y callejera frente a una Administración lenta de reflejos, y torpe en la defensa de los derechos generales. Tan torpe ha estado que el propio ministro de Fomento, José Luis Ábalos, viéndose venir el marrón se quitó de encima el problema pasándoselo a las comunidades autónomas y ayuntamientos. Escurrió el bulto de manera tan evidente que se atrevió a hacerlo incluso después de que se aprobara el Decreto Ley que el propio Ábalos llevó al Parlamento. Por si alguien no lo recuerda, el control, ordenación y regulación administrativa de los medios de transporte es competencia directa del Ministerio de Fomento.

Los taxistas saben que aunque pisoteen los derechos de los madrileños y barceloneses, los más afectados, mientras las autoridades públicas se hacen los suecos y miran hacia otro lado, los usuarios no tendrán más remedio que volver a levantar la mano para parar un taxi y someterse a este servicio público que funciona en régimen casi de monopolio. Nadie niega que tengan derecho a defender sus reivindicaciones y sus buenos salarios, que oscilan entre 4.000 y 7.000 euros brutos al mes, y sus jugosas licencias que pasan de los 150.000 euros, pero todo eso no les da derecho a sembrar el caos en el centro de la ciudad o en los aeropuertos, el metro o el mismo Ifema, destrozando de paso la imagen de Fitur, la principal feria de turismo de España.

El sueño de los taxistas, que no son empleados sino empresarios autónomos y que no pueden hacer huelga, y lo suyo es más un cierre patronal, es expulsar del mercado a todo tipo de competencia. Pero olvidan o no quieren ver que las nuevas tecnologías del siglo XXI están cambiando el mundo y con él también el mercado del transporte urbano. Es cierto que son muchos más a repartir el pastel, pero esa apetitosa tarta de beneficios, es decir, el número de usuarios, ha subido de forma considerable en los últimos años. Todos estos cambios fuerzan a que haya una nueva regulación compartida, y que el taxi y las VTC trabajen en unas mismas condiciones fiscales y sociales. Es cierto que el taxi está más regulado y controlado, y si se quiere una competencia leal se deberá controlar por igual a los VTC.

Hay que llegar a pactos realistas que eviten esta loca guerra entre el servicio de taxi y los Cabify y Uber. En Cataluña la Generalitat ha cedido a las presiones de los taxistas, y las VTC deberán ser contratadas por los clientes con quince minutos de antelación, lo que hace que el servicio deje de ser tan rentable. Uber y Cabify ya han anunciado que con casi toda seguridad deberán dejar de prestar su servicio en Barcelona. El principio de competencia, que sin duda mejora la calidad del transporte urbano, queda masacrado por este tipo de acuerdos que no garantizan una mejora del transporte, en este caso en Barcelona, ya que en Madrid se están estudiando y proponiendo otro tipo de medidas.

En la capital de España, la Comunidad y el Ayuntamiento han llegado a un acuerdo para proponer a los taxistas que las VTC tenga la obligación de una precontratación espacial, que establece una distancia entre el cliente y el vehículo que se solicita (se está discutiendo entre 300 ó 500 metros), en lugar de la temporal como se ha acordado en Barcelona.

Hace un par de días, un portavoz de los taxistas pedía compresión y empatía a los ciudadanos para su causa. Después de ver cómo han actuando durante la huelga es difícil que logren lo que piden. En ningún momento los taxistas han hablado de que, además de defender sus reivindicaciones, van a mejorar su servicio, que intentarán que todos los taxis ofrezcan un mejor y más agradable trayecto al usuario. Sólo hemos oído lo que a ellos les interesa, mantener su privilegio y frenar la competencia.

Durante estos días de huelga, miles de ciudadanos se han visto obligados a descubrir a la fuerza los servicios de Cabify y Uber, han multiplicado por cuatro el número de nuevos clientes, y han comprobado que por el mismo precio, o a veces incluso por algo menos, tenían un coche con conductor que les ofrecía un mejor servicio en limpieza, comodidad y trato. El taxi puede que al final gane esta primera batalla, pero la guerra de los tiempos modernos por el transporte público sigue, y al final se impondrá la calidad del servicio sobre la fuerza bruta de las huelgas.

Los taxistas, además de velar por sus intereses deberían velar por sus clientes. Y no les vendría nada mal copiar las cosas positivas que tiene la competencia para ofrecerlas ellos también. Subirte a un taxi debería ser siempre una experiencia agradable, y no ser en cambio, como es ahora, una especie de ruleta rusa.

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