Jueves, 24.01.2019 - 14:43 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

'Bohemian Rhapsody' y el sueño grande de la Barcelona hermosa

Fue la música de una generación. Su majestad Queen, con el carismático Freddie Mercury bajo la corona de la gloria, reinó sobre los escenarios del mundo entero. Mercury murió para dar nacimiento al mito, glorificado en estos días por una buena película, 'Bohemian Rhapsody', que protagoniza Rami Malek y que acaba de alzarse con dos Globos de Oro, preludio, quizás, del Óscar por venir. Malek, soberbio en su interpretación, consigue llenar el escenario con la compleja evocación de un dios de la música rock, que hoy, casi treinta años después de su muerte, brilla más que nunca. Y es que así de caprichosos son los hados de la gloria, que a unos ensalzan y a otros olvidan. Y a Mercury le tocó ganar…. en la vida y en la muerte.

Fue el más grande. Llenó escenarios, fue aclamado por muchedumbres que bailaban a su son, vendió más allá de lo que la imaginación alcanza. Su música hizo volar a la imaginación de reyes y mendigos, de blancos y negros, de burgueses y marginados. Sus sintonías irredentas y rompedoras, capaces de aunar el rock duro con la ópera más lírica, enamoraron al siglo. Y con Bohemian Rhapsody tocó el cielo. Incomprendida en sus primeros momentos, nació con vocación de eternidad. Bien titulada está, pues, la película grande de su recuerdo.

Fue un dios de la música, inaccesible para cualquier mortal. Pero una ciudad grande y hermosa logró inspirarle una canción inolvidable. Una ciudad española, además. Estando Mercury en el cénit de su gloria, cantó el nombre de Barcelona por el mundo entero. Barcelona, por aquel entonces, soñaba a lo grande desde su mediterraneidad universal. Y fue entonces cuando buscó a los mejores trovadores para que cantaran su gloria olímpica. Su sueño imposible se encarnó en dos divos de la música mundial, nada más ni nada menos que en Freddie Mercury y en Montserrat Caballé. Grandes entre los grandes para cantar las glorias de una ciudad grande entre las grandes. Ambos cantaron a dúo el himno de la olimpiada, aquel inolvidable Barcelona que llegaría a convertirse en éxito mundial, número 8 en Reino Unido tras arrasar en España. La canción se cantó en inglés y en español. Y todos los barceloneses, catalanes y españoles nos sentimos orgullosos de aquellas olimpiadas de ensueño y de las voces que nos cantaban a lo largo y ancho del planeta entero. Pero, al mirar al presente, se rompe el sortilegio de la evocación. ¿Qué ha pasado en Barcelona? ¿Quién rompió el ensalmo de la ciudad hermosa y amable? ¿Cómo es que posible hace treinta años la cantaran en español Mercury y Caballé y que hoy sólo aparezca en páginas de sucesos alborotados? ¿Quién es el responsable de tamaño estropicio?

Fueron otros tiempos, otras prioridades, otras ideas. Más hermosas que las actuales, sin duda. De aquella Barcelona que miraba al cielo, se bajó a la que sólo mira el suelo. El español comenzó a ser perseguido en escuelas y rotulaciones por unos todavía ocultos designios independentistas que nos conducirían hasta la catástrofe de convivencia en la que nos arrastramos en nuestros días. Ahora resultaría imposible que Barcelona resultara elegida como sede de unas olimpiadas porque algunos de sus dirigentes se empeñaron en cerrar puertas en lugar de abrirlas; en excluir, en lugar de incluir; en romper, perseguir y apuntar, en lugar de hacer crecer el hermoso espacio de convivencia y vanguardia que siempre significó Barcelona para muchos de nosotros. Barcelona no es capital, como lo fue, de la convivencia y el respeto. Hoy no sonaría el español en sus himnos, ni los Manolos podrían cantar en la lengua de Cervantes su memorable 'Amigos para siempre'. Otros tiempos…, otros tiempos, sí, pero mejores que los de ahora. ¿Quién ha sido el responsable del estropicio? Pues el independentismo, sin duda alguna, que todo lo arrasa a su paso.

A Barcelona le ha sentado francamente mal el independentismo. De ser vanguardista y cosmopolita, ha involucionado hacia la estética de la veguería; de abrazar a las multinacionales que acudían en masa para instalar en ella su sede, la ciudad ha pasado a despedir a las muchas que se apresuran para salir del avispero sinsentido en el que han convertido aquel antiguo vergel empresarial.

Pero el monstruo sigue ahí, latiendo en su rencor y acunado en paños calientes por un gobierno que los precisa para sus desvaríos. No podemos seguir alimentando a la bestia independentista que nos devorará a todos, como ya ha devorado el sueño de la mejor Barcelona posible, aquella que Mercury cantará con Caballé.

Merece la pena ir al cine para disfrutar con Bohemian Rhapsody y con la evocación de una Barcelona hermosa, que podrá volver a soñar en grande una vez que el monstruo independentista haya sido derrotado con convicción, democracia y votos.

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