Jueves, 19.09.2019 - 11:22 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Como siempre, no votaremos a quien amamos, sino contra lo que odiamos

Afortunadamente, Sánchez convocó elecciones. Su gobierno estaba muerto desde meses antes, empeñado, al modo zombi, en arrastrar los pies para dar apariencia de vida. Bienvenida sea la disolución de las cámaras y el finiquito de una legislatura que debería haber muerto meses atrás, tras la moción de censura, tal y cómo se comprometió Sánchez para ganarla. Pero pudo más el apego al sillón que el cumplimiento de la palabra dada y así hemos padecido unos meses estériles de gobierno imposible.

Ya estamos en campaña y nos corresponde a los españoles decidir la composición del Parlamento, que después ya decidirán sus señorías el nuevo presidente que nos gobierne. Porque no podemos olvidar que, en nuestra democracia representativa, son los diputados, que no los ciudadanos, quienes nombran a los presidentes del gobierno.

¿Quién ganará las elecciones? Nadie lo sabe, la situación se encuentra muy abierta a día de hoy. El pasado domingo varias encuestas abrieron la ronda de apuestas y de vaticinios, con resultados muy diversos. Mientras que para algunas la fórmula andaluza de PP y C,s, con apoyo de VOX, podría alcanzar la mayoría, para otras, la mayoría se podría basar en la suma de PSOE y Podemos, con apoyo de los independentistas, al modo de la malograda moción de censura. El resultado está abierto, porque son muchos todavía lo que no han decidido su voto final. De todas las elecciones generales vividas en estos últimos lustros, es, con mucho, la más abierta, imprevisible e impredecible.

Según todas las encuestas, el PSOE y VOX subirán mientras que Podemos y el PP bajarían. Ya veremos, aunque, a día de hoy, estas tendencias parecen más que probables. El independentismo mantendría sus escaños totales, pero favoreciendo a ERC. Y una gran incógnita es Ciudadanos, al que los sondeos le pronostican una subida, aunque menor de la esperada. De alguna manera, parece que comienza a perder fuelle, una vez que PP y VOX han endurecido su discurso contra el independentismo. En cualquier caso, tendremos un Parlamento muy fragmentado, en el que alcanzar acuerdos será tarea de relojería fija, en la que hasta el último y más insignificante engranaje resultará importante para evitar que el mecanismo al completo se detenga de nuevo.

Aunque desconocemos el qué votaremos, sí que tenemos claro de qué hablaremos durante la campaña. Como siempre, de la situación en Cataluña – que lleva determinando la política española durante mucho tiempo – y de las maldades y bondades de los bloques de derechas e izquierdas, a pesar del esfuerzo de los partidos que los componen de diferenciarse los unos de los otros. Para Cs la foto con VOX tiene un coste, aunque también lo tendría – quién sabe si aún más – el posible acuerdo de gobierno con el PSOE con apoyo de Podemos. Ciudadanos es el único que podría romper la maldición machadiana de las dos Españas que siempre terminan helándonos el corazón, al poder ayudar a formar mayorías sin el trágala de los independentistas.

Derechas, izquierdas e independentistas, la dinámica de siempre, de nuevo entre nosotros. Mientras la economía mundial deshoja la margarita de su próxima crisis, mientras China y Estados Unidos se enredan - todavía camuflada de lucha comercial - en la que será la siguiente gran Guerra Fría, mientras el Pacífico asiático nos asombra con crecimientos pasmosos, basados ya en tecnología y no en mano de obra barata, mientras un nuevo mundo digital se conforma acelerado ante la artrosis envejecida de occidente, nosotros seguimos aquí, en nuestra esquina, torturados por nuestros propios demonios familiares. El mundo cambia, y mucho; España permanece donde siempre estuvo, enredada en sus odios seculares. Nada parece cambiar en nuestros debates políticos. Así ocurrió en el XIX, con las Guerras Carlistas y las independencias imposibles de cantones patéticos y así continuó ocurriendo en el XX, con la política de bloques, el de la derecha, alrededor de la CEDA, y el de la izquierda, unida en el Frente Popular y aliada del independentismo desleal, que en jaque puso a la propia legalidad republicana. Nos odiamos desde siglos atrás y todo parece apuntar a la pervivencia entre nosotros de esos rencores atávicos que nos impiden habitar en paz y concordia con nosotros mismos.

Y, con las elecciones generales a la vuelta de la esquina, de nuevo tenemos frente a nuestras narices la realidad mil veces conocida: izquierdas frente a derechas, derechas frente a izquierdas mientras que los independentistas van a su bola, dispuestos a chantajear a unos y otros.

Bienvenidas sean las elecciones, único sortilegio posible para desbloquear la situación política. O para intentarlo, al menos, porque, las perspectivas a día de hoy no nos permiten vislumbrar gobiernos sólidos y estables. Hablaremos mucho de política, ojalá seamos entre todos capaces de poner sobre la mesa una idea nueva, que alumbre nuestras tinieblas seculares y disipe los odios ancestrales que nos empujan al voto a la contra, principal determinante de nuestro voto. Votaremos como somos. ¿Y cómo somos? Pues de los que no votamos a lo que amamos, sino que lo hacemos en contra de lo que odiamos. Votamos con la nariz tapada, escuchamos decir con frecuencia, para que no ganen a quienes odiamos. Pues eso, seguimos siendo el mismo pueblo íbero áspero, bronco y fiero que desde miles de años atrás se desgasta en luchas con el vecino, ajeno, por completo, al mundo que se configura un poco más allá de la aldea que configura nuestro ser.

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