Sábado, 21.09.2019 - 12:04 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Economía: el Rey está desnudo mientras los cortesanos aplauden

No lo entiendo. Veo al rey desnudo, en pelota viva, mientras que cortesanos y gobiernos alaban impávidos el primor de sus ropajes. Cierro los ojos, parpadeo y el rey macroeconómico sigue allí, delante de todos, con sus vergüenzas al aire, departiendo con unos y otros como si tal cosa. Y los que le rodean, como si nada, riendo y disfrutando del cóctel de esta economía que aún crece en tiempo ya de descuento. Nuestra ministra Calviño, feliz, nuestro presidente Sánchez, encantado con nuestros datos económicos, que parece que nos sobra de tanta merced como concede y de tanta promesa como siembra. Y claro, así va el déficit como va este ejercicio, que a nadie parece preocupar, pero que no pinta nada bien en su arranque.

No lo entiendo, decía. Nada es como parece o, al menos, nada es como debería ser. Le razonaré mi perplejidad con la esperanza de que, usted - seguro que más experimentado en macroeconomías y estímulos fiscales - puede arrojar alguna luz a mis zozobras, que son las de muchos otros perplejos. Como sabemos, llevamos años inflando las velas de la economía con la respiración asistida que proporcionan los bancos centrales en forma de intereses bajos y compras de activos. Hasta ahí, bien. Tras el tortazo de 2007, EEUU fulminó los tipos de interés de inmediato y ya en 2008 nacionalizó y salvó empresas. Los estímulos parecieron dar su fruto, canalizados en lo que vinieron a conocerse como los sucesivos QE, hasta conseguir que la economía norteamericana comenzara a dar señales de vida, lo que terminó originando que los tipos de interés empezaran a subir lentamente.

Y, así, llegamos hasta nuestros días, en los que en EEUU y, al menos, en teoría, los perros parecen atarse con longaniza. La menor tasa de paro de la historia y el periodo más extenso y continuado de crecimiento económico, aunque bien es cierto con un 2,3% de media, algo inferior a otros ciclos expansivos anteriores. Los mercados están en niveles récords y la inflación, sorprendentemente baja, a tenor de los buenos datos anteriores, todos ellos “per se” inflacionistas. Y, en estas estábamos cuando, de manera paralela, asistimos atónitos a dos hechos inesperados. El primero, el ver cómo Norteamérica, paladín, hasta ahora, del libre mercado y de la globalización, retornaba a las épocas oscuras del proteccionismo y de los muros arancelarios, ver para creer. Y, no, no es sólo cosa de geoestrategia contra la amenaza china, también la han tomado contra nosotros, los melancólicos europeos. Y, desgraciadamente, ahí están las aceitunas de mesa para atestiguarla, que como muestra, bien vale un botón. Pero, si no terminábamos de entender este contradictorio cierre de fronteras, aún nos parece aún más sorprendente el ver cómo todo un presidente de los EEUU – inventores de la independencia del regulador financiero – atacaba duramente a la FED exigiéndole rebaja de tipos. Pero, vamos a ver, repasemos lo que sabemos de economía. ¿No nos habían enseñado que el momento de bajar tipos era cuando la economía iba mal y de subirlos cuando se sobrecalentaba? Pues, visto lo visto, el mundo al revés. La semana pasada asistimos a un hecho insólito para las actuales circunstancias, la rebaja de 25 puntos básicos por parte de la FED, la institución que, en teoría al menos, debería haber comenzado a subirlos. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por presión insoportable de un Trump desatado? ¿Por qué la cosa está más chunga de lo que parece y nadie se atreve a decirlo? ¿Por animar la fiesta ahora que los líos con los chinos amenazan con descacharrarlo todo? ¿Por un poco de todo ello y un algo más que se nos escapa? Pues no tenemos ni la menor idea y por eso buscamos su clarividencia. ¿Lo entiende usted? ¿Por qué, cuando según todas las teorías económicas, deberían subir los tipos, nos encontramos con que los bajan? Podría responderme que se trata de una inteligente estrategia preventiva frente a la desaceleración que nos amenaza, para así hacerla más suave. Pudiera parecer lógico. También, porque la inflación está más baja de lo deseable, y así tratan de animarla. Quizás así sea, quien sabe. Pero la verdad, es que esas respuestas no terminan por completo de despejar la muselina de extrañeza que rodea al asunto. Visto lo visto, mal deben de estar las cosas allá abajo, en la sala de motores, esa que todo lo mueve pero que a la que casi nadie baja.

Y las preguntas básicas siguen sin responderse. ¿Por qué esa anómala baja inflación cuando la economía, al menos en apariencia, está sobrecalentada y en máximos históricos? ¿Por qué los estímulos y los tipos bajísimos – incluso en negativo – no animan a la inflación? ¿Por qué se extienden los tipos negativos para los depósitos, algo que vulnera la primera ley de la gravedad financiera? Algunos expertos hablan de la japonización de la economía occidental – bajo crecimiento, bajos tipos, baja inflación – que viene para quedarse, constituyendo una nueva normalidad que sustituye a los habituales ciclos anteriores. También podría ser, por qué no, ya llegará algún teórico, futuro premio Nobel que nos descubra su lógica secreta, desconocida, desde luego, hasta ahora.

Pues bien, sea como fuere, el caso es que Powell decidió activar la palanca de la bajada de tipos, reclamada por Trump y descontada, ya, por los mercados. O sea que, en vez de subir, al final bajaron. Hace un año nadie hubiera apostado por ello. Los analistas de todo tipo de escuelas pronosticaban por aquel entonces una subida de los tipos de interés tanto en EEUU como Europa desde finales de 2018 y, sobre todo, a lo largo de este 2019. Algunos – y era lógico que lo postularan – afirmaban que estas subidas de tipos harían sufrir a las economías, ya que las deudas públicas eran muy elevadas y, sobre todo en USA, el mercado de bonos estaba pasado de vueltas y el endeudamiento de las empresas por las nubes. Por eso, el temor a una súbita recesión se extendió por los mentideros económicos. El caso es que las economías occidentales estaban, y están, dopadas y a ver quién es el guapo que retira, ahora, la dosis de chute financiero que precisamos para sobrevivir. Por eso, cada vez que un gobernador de un banco central anuncia su intención de regresar a las prácticas ortodoxas – esto es, a subir tipos y a retirar estímulos – los mercados se tambalean. Basta entonces la palabra mágica de prorrogar las políticas heterodoxas para que las bolsas vuelvan a animarse. Es decir, que no terminamos muy bien de saber si estamos, o no, en condiciones de que nos retiren la respiración asistida ni, mucho menos aún, de saber cómo hacerlo sin que todo se desmorone como un castillo de naipes. Atención, repetimos, que el rey está desnudo, sólo vestido por los halagos fútiles y vacuos de sus pelotas y aprovechados.

Así, por el temor a que todo explotara o por algunas de las cuestiones ya reseñadas, la FED decidió el pasado miércoles rebajar un 0,25% el precio del dinero para dejarlo en una horquilla entre el 2,25 y el 2,50%. Desde diciembre de 2008 la FED no rebajaba tipos. Por aquel entonces los dejó en el mínimo histórico del 0 -0,25% como reacción al derrumbe estrepitoso de la economía norteamericana. Pues bien, casi once años después los tipos vuelven a bajar y a Trump y a los mercados les pareció poco este descenso. El primero acusó a Powell de que “como de costumbre”, había vuelto de dejar tirados a los americanos y Wall Street bajó más de un 1%. Políticos y financieros piden tipos más bajos, mientras la economía está en máximos y la Casa Blanca ensaya juegos de guerra económica contra China y contra quién no les ría las gracias y ocurrencias. Y mientras, las leyes económicas al revés. El rey está desnudo, vaya, mientras que sus cortesanos alaban la finura de sus encajes y madroñeras.

Esta bajada de tipos de la FED forzará a la bajada de tipos del BCE, posibilidad ya anunciada por un Draghi que ya tiene hechas las maletas para marcharse. Europa – como siempre – tardó mucho más que los americanos en reaccionar. En 2012 – sobre todo España – estábamos noqueados y el euro a punto de saltar por los aires. El sortilegio de Draghi detuvo aquel derrumbe. Dijo “El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y, créanme, será suficiente” y se hizo la luz en la oscuridad. Aquel providencial 26 de julio de 2012 se produjo el punto de inflexión que sirvió de suelo para el crecimiento de nuestra economía. También aquí se nos dijo que los estímulos finalizarían este año y que los tipos subirían. ¿Qué ha pasado? Pues que los tipos bajarán en otoño mientras que se prorroga la dosis de dopamina financiera. Raro, raro.

Esta bajada de tipos nos mosquea, y mucho. Lo que para unos suena a sonido de descorche de champán festero, a otros nos suena como a campana de KO del boxeador aturdido y noqueado. Nuestra economía está rara, muy rara, y nadie parece darse por enterado. Ni empresas, ni gobiernos, ni analistas cuestionan, de verdad, la situación de vida artificial de nuestra macroeconomía. Los modelos económicos anteriores no nos valen porque no explican la extrañeza y perplejidad en la que nos desenvolvemos. Todos parecen querer inflar el globo para que le explote al siguiente o, mejor aún, al siguiente del siguiente. Días de mucho, víspera de “ná”, que dirían en mi tierra.

Vemos al rey desnudo, por más que la mayoría le rían las gracias. No sé cómo usted lo advierte, pero cuidado, cuidado, que el día que alguien grite, ¡el rey está desnudo!, todos bajarán la vista avergonzados, se indignarán por su impudicia y gritarán a los cuatro vientos, ¡ya lo decía yo!, mientras corren a salvar sus pertenencias. Pero entonces, quizás, ya sea demasiado tarde.

¿Está el rey desnudo? Pues juzgue usted mismo…

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