Viernes, 20.09.2019 - 00:14 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El cine español y nuestra pulsión autodestructiva 

Nos encanta autodestruirnos, fustigarnos, castigarnos. Serán las energías telúricas, las dinámicas sociológicas, los condicionantes genéticos, las resacas históricas o las sempiternas dos españas machadianas, pero el caso es que, desde hace siglos, empleamos gran parte de nuestras energías en destruir al vecino, porque piensa diferente, porque habla de otra forma, porque se dedica a algo que consideramos odioso. Hemos ensangrentado en muchas ocasiones nuestro suelo con guerras civiles de una crueldad inimaginable, y, desde los íberos hasta hoy, cada ciudad, cada comarca, ha guerreado con la vecina. La intentona golpista de los independentistas catalanes es la reedición última de esta dinámica de autodestrucción secular. Pese a todo, seguimos unidos. En inevitable recordar la famosa frase atribuida a Bismark, la de que España era mucho más fuerte de lo que nadie puede creer, porque los españoles llevamos quinientos años tratando de autodestruirnos sin que aún lo hayamos conseguido. Pues algo de eso hay. Nos amamos/odiamos con una intensidad irracional y atávica.

Y valga esta introducción para tratar a acercarnos a otro misterio, la relación de los españoles con su cine. Una parte significativa de nuestra sociedad lo juzga con dureza extraordinaria, cuando no, abiertamente, agresiva, acusándoles de ser unos meros cazasubvenciones, unos truhanes que viven al calor de la teta ubérrima de los impuestos de los demás. El cine español, sus actores y sus directores, levantan pasiones encontradas. Es cierto que su propio medio – cine y televisión – les otorga una extraordinaria visibilidad, para lo bueno y lo malo. Y también es conocida su tradicional tendencia a defender los postulados de la izquierda y a despreciar a los de la derecha, lo que los indispone con una parte muy significativa de nuestra sociedad. Pero más allá del acierto o no de sus posicionamientos ideológicos – normalmente ideología ligera, de consumo, al socaire de las modas que dicta lo políticamente correcto del momento – la animadversión que existe contra ellos va más allá de toda medida y proporción. Existen otros sectores artísticos – literatura, pintura, escultura, música, danza – que no suscitan el odio que levantan nuestros cineastas. ¿Por qué atraen, entonces, nuestra ira de manera tan singular y acentuada? 

¿Es malo el cine español? No, no lo es. Como en viña del señor, convive lo malo con lo bueno y, también, con lo excelente. A mi humilde entender, en España se hace buen cine, así expresado en términos generales. O, al menos, tan bueno o tan malo como las novelas que se escriben o las canciones que se componen. Es cierto que vemos más películas de Hollywood y que muchas películas españolas pasan totalmente huérfanas de público. Pero, ¿qué decimos entonces de las novelas que se publican? La inmensa mayoría de ellas apenas si encuentran lectores y son carne de pronta devolución y de temprano reciclaje a celulosa. ¿Y qué decir de los best seller, normalmente de autoría extranjera? Sin embargo, no arremetemos contra los escritores ni contra el sector editorial. ¿Por qué, entonces, reprochamos al cine lo que vemos normal en otras disciplinas artísticas?

Se le podría criticar, en su caso, su dependencia de las subvenciones públicas. No soy nada experto en la materia, pero, si fuera cierto ese axioma, entonces sí que tendrían un problema cierto, porque la creación se orientaría hacia los gustos del poder de turno, menoscabando la libre creación artística. Pero algo nos dice que no es tan fiero el león como lo pintan. Hemos sufrido un severo ajuste presupuestario y las películas se continuaron rodando. Algunos de los recientes éxitos del cine español son coproducciones financiadas por las televisiones privadas y por los canales de pago. Parece una solución inteligente para un sector – a diferencia de la literatura, de la música y de la pintura – muy exigente en capital. En todo caso, el tema de las subvenciones es un tema delicado y crítico para la imagen del sector, por lo que debe cuidar la mejor y más transparente gestión de las mismas. Que existan partidas públicas de fomento de nuestro cine es positivo, pero deben extremarse la transparencia en su concesión. Pero la subvención no debe ser más que un apoyo, ya que el cine debe aspirar – como la literatura, la música o la pintura – a interesar a la sociedad en la que convive. El sector debe vivir, prioritariamente, de taquilla, como ocurre con el editorial o el musical, por citar dos ejemplos cercanos.

Los Goya reflejan, de alguna manera, nuestro cine. Y, por eso, reciben furibundas críticas y algunos tímidos aplausos. Desde estas líneas los aplaudimos. La ceremonia de los Goya de este año estuvo francamente bien, a la altura de un ejercicio en el que el cine español obtuvo grandes éxitos. Nuestra felicitación a sus organizadores y protagonistas. Y, por supuesto, nuestra enhorabuena a todos los premiados.

La vida sigue. Y continuaremos criticando al cine español, seguramente porque muestra lo que somos. Nunca nos hemos gustado a nosotros mismos y quizás por eso odiemos el espejo del cine que nos refleja. Y al modo de Penélope, seguiremos aplicándonos en nuestra tarea de autodestrucción para no lograr finalizarla jamás. Que así somos, señora, España y yo.

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