Jueves, 09.04.2020 - 12:40 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El fiasco del recuento de votos y la sociedad 'low cost'

Creíamos que era cosa de la crisis, pero no. La moda del low cost parece que ha venido para quedarse, por un tiempo, al menos. Ropa, vuelos y un largo etcétera de productos y servicios han ido engrosando progresivamente el monstruo del low cost, que devora todo a su paso. O al menos así lo cree una curiosa e inteligente fundación, bautizada como “Knowcosters” y que está financiada y regida por conocidos ejecutivos de empresas diversas con una característica común, la de apostar por marca propia de calidad. Y, ¿qué vienen a decir? Pues que detrás de los low cost se esconden, en verdad, altos costes para el planeta, para el estado de bienestar, para los proveedores y para los trabajadores, que sus clientes deberían conocer. Con ello se persigue el consumo responsable, el “pague un poco más, pero cuide del planeta y de las personas”. El debate que plantea es oportuno y necesario. Los productos y servicios low cost, por una parte, han democratizado el consumo, pero, por otra, han exprimido sueldos y proveedores. O, al menos, eso dicen sus detractores. Lo cierto es lo de la democratización del consumo. Hoy en día, por ejemplo, pueden viajar personas de rentas medias bajas, algo impensable hace unas décadas. ¿Es bueno o malo eso? En principio – en eso estaremos de acuerdo -, es bueno, aunque, como es natural, tiene un coste de saturación, contaminación y una presión enorme sobre compañías de vuelo y transporte.

El low cost, en su haber, además de esa democratización de consumo, antes reservado en exclusiva para clases altas, también ha permitido reducir el coste de la cesta de la compra y, a la vez, contener teóricamente la inflación, por ponernos estupendos. Es decir, que un número mayor de personas han podido consumir y vivir algo mejor. En su debe, en el reverso de la moneda, queda que, para conseguir esos precios tan bajos, a veces ridículos, debe pagar salarios de miseria, reducir calidades, ajustarse al límite en requerimientos sociales y medioambientales, apurar la ingeniería fiscal global o exprimir a los proveedores. Es cierto, para equilibrar la balanza entre ambos polos, que la tecnología y la robotización han logrado abaratar sensiblemente muchos procesos, al tiempo que la deslocalización de la actividad a países en vías de desarrollo ha permitido su avance y la aparición de clases medias donde antes sólo había pobreza y hambre, que es una forma de redistribución de renta global. La economía digital también ha cebado la dinámica low cost, con la aparición de los buscachollos en internet, en permanente comparación de precios para adquirir el más económico. En muchas reuniones, ya no se farda de la calidad de lo adquirido, sino de la ganga que se consiguió.

O sea, que la dinámica del low cost ni es ángel ni demonio, aunque tenga esencia de ambas. En todo caso, somos nosotros, los consumidores, los que cebamos a esa bestia formidable que todo lo trastoca y muda. Está muy bien el debate abierto por “Knowcosters” por si aprendemos, entre todos, a aprovechar lo bueno y corregir lo malo de lo low cost, que de todo hay, como sabemos, en la viña del señor.

Una dinámica similar la vivimos años atrás cuando, tras la explosión de marcas blancas, los fabricantes con marca propia se lanzaron a defender la calidad, seguridad y diferenciación que significaban. Hicieron bien, aunque visto lo visto, tampoco es que les sirviera de mucho. Los consumidores mandan y un porcentaje significativo de ellos no parecen dispuestos a pagar un céntimo más por adquirir bienes o servicios que, más o menos, consideran similares o que, de alguna manera, satisfacen adecuadamente sus necesidades. Pero las marcas no se han desanimado y luchan por convencer de sus bondades diferenciales, lo cual, está muy bien. Ánimo en la descomunal tarea.

La administración también fue cómplice de estas dinámicas low cost. La perpetua lucha contra los déficits crónicos y el deseo de transparencia formal a toda costa, le empujó a subastar los concursos públicos, ponderando, sobre todas las cosas, el precio. Así hemos asistido a adjudicaciones imposibles, pagadas a precios por debajo de convenios colectivos y demás. Pero, como es normal, al final, el cántaro se rompe, como hemos podido comprobar en el lamentable asunto del recuento de votos de las últimas elecciones. Tras el fiasco, hemos podido saber que se adjudicó el concurso a una UTE por exclusiva razón de precio, pues Indra, que había ofertado por encima, ofrecía más experiencia y mejores servicios, pero, como es lógico, por algo más de importe. Aprendamos de los errores y no adjudiquemos tan sólo por el precio, porque terminaremos pagándolo más caro en dividendos de calidad y posibles consecuencias.

Algo se mueve, desde el punto de visto ideológico, económico, político, fiscal, sindical y empresarial contra la omnipresente dinámica low cost, que –no olvidemos– cebamos todos nosotros con nuestras decisiones de compra. La fuerte subida del SMI, por ejemplo, pone suelo a esa dinámica para los servicios en España. La imposición de aranceles, consecuencia de la Guerra Fría China-EEUU, por poner otro ejemplo, romperá las fuerzas globalizadoras que permitieron importar productos económicos de países en vías de desarrollo. Podríamos poner otros ejemplos, pero para muestra, con un botón basta. Parece que podríamos encontrarnos en el inicio del fin de la sociedad low cost. Y eso, ¿sería bueno o malo? Pues, como siempre, dependerá de quién lo cuente, porque habrá ganadores y, también, perdedores. Y no serán los que menos tienen, precisamente, los que más ganen en el envite.

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