Domingo, 20.10.2019 - 19:30 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

El G7 no existe, un nuevo capítulo de la historia comienza

El relato sigue oculto tras los velos del desconcierto. El G7, que antaño hiciera temblar al mundo, no es más que una sombra cómica de lo que fue. Si antes mandaba en la economía y la política mundial, hoy no lo consigue ni en lo uno ni en lo otro. Pocos socios, relativamente pequeños – salvo EEUU - y mal avenidos entre sí, representaron un triste sainete de frustración y melancolía, en juego con la dulce Biarritz que los acogió. Ni siguiera los contraG7 tuvieron la furia ni el gentío de ocasiones anteriores, devaluados unos batasunos que gritaron paz mientras mantenían, aún, sus manos ensangrentadas.

Nada acordaron porque nada pudieron acordar. El multilateralismo ya no le vale a unos EEUU que buscan una escapada en solitario, temerosos, quizás, de perecer diluidos en la blandura europea. Alguien escribió hace unos años un exitoso ensayo que afirmaba que Europa era Venus y Norteamérica, Marte. Pues puede ser, visto lo visto. EEUU quiere unas nuevas reglas de juego globales, una vez que ha comprobado en carne propia que la globalización que postuló e impulsó ha beneficiado más a los chinos que a ellos. Por eso, ha iniciado una guerra – comercial, por ahora – contra China que ha venido para quedarse durante los próximos años, treguas y calentones mediante, hasta que haya vencedores y vencidos. Marte ha tocado los tambores de guerra y Venus, desconcertada, se tapa temerosa. Los americanos se hicieron grandes conquistando y comprando, y ahora han puesto de nuevo los ojos en Groenlandia y no cejarán hasta apropiársela. El nuevo juego geoestratégico así lo reclama, y el Ártico es demasiado importante, piensan, para quedarse en manos de unos europeos pusilánimes.

Y en medio de selvas y aranceles incendiados, con el rojo ascendente de las llamas fieras y el descendente de unas bolsas en caída libre, vino a celebrarse este desdichado G7. Y no estuvo, no, Trump, precisamente, muy diplomático con sus anfitriones europeos. Primero, por la anulación de su viaje a Dinamarca tras la negativa unánime de su gobierno a la venta de Groenlandia, considerada como un simple dislate. Pero, atención, Trump no bromeaba y este asunto coleará como veremos. Tampoco ayudó la enésima amenaza contra el vino francés – que viene a decir al vino europeo y, por tanto, también al español -, que forzó a Tusk, presidente del Consejo Europeo, a tener que leerle la cartilla en su discurso de bienvenida y apertura. ¿Tusk? ¿Y quién es? Pues sí que comenzábamos bien el baile desabrido. Trump – y una amplia base de la inteligencia americana – desprecia a los europeos, a los que acusa de pusilánimes, decadentes e inoperantes. Prefieren el pragmatismo británico y exhiben su sintonía con su premier Boris Johnson, al que animan a que tire por la calle de en medio para despedirnos con un sonoro portazo en forma de Brexit súbito y duro. Con su liberación, los europeos, escribió, "no tendrán el obstáculo, el ancla alrededor del tobillo". Pues estupendo, a esto se llama diplomacia fina. Y a cambio de su "espantá", le ofrece a Jonhson un inmediato y suculento acuerdo comercial. Y, por otra parte, los dóciles y ancianos japoneses, enemigos ancestrales de los chinos, se alinean sin condiciones – también mediante acuerdo comercial en mano – en el nuevo Eje norteamericano en el que, al parecer, no estamos invitados los europeos.

Con los rusos ignorados y los chinos maldecidos, este G7 sólo nos sirvió para constatar que ya no existe el G7, sino sólo un corral de gallinas que cacarea alborotada alrededor de una superpotencia (¿crepuscular?) que se despereza y que muestra su deseo de continuar siendo hegemónica. Y enseña los dientes a todos. El G7 ya no existe y se ha convertido en un exabrupto más de la sociedad espectáculo que nos absorbe y embebe. Tuit por aquí, conejos en la chistera en forma de inesperados ministros de exteriores iraní, por allá, todo un desafinado concierto de perplejidad y confusión con la nula trascendencia de los fuegos artificiales de las verbenas de pueblo, tan coloridos como efímeros.

Pero, el papel más triste de este desatino lo representamos los europeos, despreciados por unos y otros, sin que sepamos, en verdad, ni quiénes somos ni – y esto es peor aún – quiénes queremos ser de mayores. Irrelevantes ya, sólo valemos lo que nuestra despensa llena cuesta. Tendremos que pagar a mercenarios para que nos la cuiden y a condotieros para que nos defiendan. Los vientos de la historia arrecian y todo temblará a su paso: economías, finanzas, políticas, fronteras, hegemonías. La historia recobra su brío para escribir un nuevo y desconcertante capítulo. Pero, qué pena, a nosotros nos pilló dormidos y soñando con tiernos querubines sonrosados. Cosas pasarán y así nos irá.

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