Martes, 16.10.2018 - 08:23 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Una España peor a nuestro regreso del veraneo

Agosto termina. Las tardes perezosas, largas y fragantes se acortan con el paso de los días. Septiembre ya está aquí, antesala del otoño por venir, con su pálpito precipitado de retornos al colegio, a la fábrica y a la oficina. España se despereza de la siesta de un verano fresco, pleno en turismo e inquietante en pronósticos. Inquietante, sí, porque, al regresar, nos encontramos con que esto no marcha bien. España está hoy peor que hace dos meses y algo nos dice que seguiremos por la cuesta abajo, de no cambiar el pulso político. Una sensación ansiosa, un pálpito incierto, una intuición clarividente nos susurra que España no va bien. Ya escribimos que oteábamos nubarrones oscuros que descargarían con fuerza en el otoño. El otoño ya está aquí y, desgraciadamente, tendremos que sufrir el embate de los aguaceros dañinos.

¿Por qué estos augurios tenebrosos? Pues analicémoslo. ¿Cuál ha sido la prioridad de nuestro Gobierno? Pues, sobre cualquier otra consideración, se ha centrado en el asunto de la exhumación de Franco, metiéndose en un galimatías jurídico y sociológico del que veremos cómo salimos. Desde luego, más crispados y divididos de lo que entramos, porque de eso se trataba. Más allá de otras consideraciones, esta medida persigue abierta e impúdicamente el crispar y confrontar a la sociedad española.

Necesitados de banderas ideológicas, encuentran en la momia del dictador el espantajo que ondear. Sin perfil propio, precisan del espejo de las dos Españas que fuimos y a las que nos quieren hacer regresar. Desean volver a las dos Españas de la confrontación secular, esa trágica España que quedó enterrada por el sortilegio de la Transición. Ahora, matan a la Transición y resucitan el odio que abandonamos en un olvido sanador. Romperán consensos, reavivarán pasiones dormidas, radicalizarán a tirios y a troyanos, nos enfrentarán los unos contra los otros. Pero, eso… ¿qué más les da? Son unos irresponsables. Sacar a Franco sin un acuerdo amplio de las fuerzas políticas y sociales generará un mayor estropicio que beneficio producirá. Pues así estamos, con un Gobierno centrado en la Guerra Civil de hace ochenta años, que prioriza el dividir antes que el construir juntos, que nos conduce con el retrovisor de nuestro pasado. Malo, muy malo. ¿Se construye así un futuro mejor? No. ¿Nos inquieta? Pues sí, vivamente, además.

Y lo de Franco no pasa de anécdota insidiosa con respecto al problema principal que nos desgarrará en breve. ¿Cuál es? Pues el monstruo de la nueva sedición revolucionaria a la que tendremos que enfrentarnos en breve, monstruo que la pasividad del Gobierno ha cebado y engordado. Ocupado, como está, en la exhumación del general, esconde la cabeza ante el nuevo golpe de estado que preparan, a ojos vista, el independentismo de Puigdemont y compañía. El Gobierno, con su silencio cómplice, permite que los Mossos persigan a quiénes retiran lazos amarillos, colocados ilegalmente en lugares públicos mientras que jalean a los que los colocan. El Gobierno, con su palabra imprudente, insulta a PP y a Cs llamándolos radicales mientras visita a un Quim Torra que proclama solemnemente que hay que atacar al Estado.

El Gobierno se niega, en primera instancia, a defender a un funcionario público, el juez Llarena, ante la disparatada e injusta demanda que el independentismo le ha presentado en Bélgica. Sólo la indignación de fiscales y jueces y la consternación de la opinión pública lo ha hecho cambiar de opinión. El PSOE-Sánchez ha dado alas a un independentismo totalitario y supremacista que nos quiere destruir con un golpe cruel, certero, premeditado y, quién sabe, si también violento. Golpe que pillará a nuestro gobierno con las manos ocupadas en levantar un sarcófago putrefacto, inoculado por las miasmas contagiosas de la crispación y confrontación. Porque nadie lo dude. Los Puigdemont y compañía nos quieren destruir y pronto pasarán de las palabras a los hechos. Desgraciadamente, no tardaremos en comprobarlo.

Y, por si fuera poco, las brisas del estío remueven la inquietud económica. Esto se desacelera. Y más que aún lo hará con las medidas que el gobierno anuncia, una sucesión ininterrumpida de subida de impuestos que, un día sí y otro también, leemos en prensa. A la banca, a las tecnológicas, a las rentas de 60.000 euros para arriba, a las empresas, a los autónomos, a las cotizaciones que pagan unos y otros, al gasoil, a los productos energéticos, al Patrimonio, a las Sucesiones… Impuestos y más impuestos para satisfacer a sus socios de Podemos, por un lado, y para tratar de cuadrar unos presupuestos desequilibrados, por otro, que ahondarán nuestro déficit y elevarán nuestra deuda pública, en niveles históricos en estos momentos.

Con este panorama, las cuentas públicas se resentirán necesariamente y la prima de riesgo y el coste de nuestro endeudamiento subirá de nuevo. Nuestra economía ya se resiente ante tanto desatino y más aún que sufrirá si el Gobierno se adentra en la ruinosa senda anunciada. Ya conocemos, desgraciadamente, sus consecuencias: crisis, recesión y paro. Que poco nos puede haber durado la fiesta de una recuperación que podría haberse prolongado y asentado. Dependeremos de nuevo de una Europa que desconfía de nuestros incumplimientos. Y nosotros, mientras, dale que te pego, anunciando más y más gastos y más y más impuestos. Así nos irá.

El PSOE-Sánchez llegó al poder con la promesa de la convocatoria de unas prontas elecciones. Ahora, de abandonar el poder, nanai de la China. Tratará de aguantar como sea. Seducirá a Podemos con más impuestos y al independentismo con una complicidad irresponsable y peligrosa. Todo parece darles igual, el caso es mantener este Gobierno imposible. Gobierno con promesa de progreso, Gobierno con realidad de retroceso. Tres meses le ha bastado para el estropicio comprobable. Regresamos del veraneo para encontrarnos con una España peor que la que dejamos. Estamos inquietos, preocupados, presintiendo el dolor por venir. Sánchez debe cumplir su promesa y disolver de inmediato las Cortes. Tenemos que ir a elecciones antes de que esto se les vaya de las manos y el daño sea irreparable.

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