Martes, 19.02.2019 - 20:57 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

La fábula del banquero honesto convertido en espía espiado

En un país lejano y desconocido cuentan una fábula curiosa, conocida como la del banquero honesto que se convirtió en espiador espiado, que, por oportuna, queremos narrar.

El banquero rico y triunfante no estaba dispuesto a que le quitaran el sillón que con tanto esfuerzo había conseguido. Después de años de lucha profesional, de puestos varios, de osadía, de suerte, inteligencia y buenas relaciones, presidía uno de los primeros bancos del país, con gran prestigio y relevancia internacional. Se sabía un triunfador. Todos temblaban ante su presencia, incluso los políticos, en teoría más poderosos, pero que él desdeñaba por interinos. Ellos se marchan, yo me quedo, pensaba.

La vida no le había regalado nada, por eso estaba orgulloso del camino, de sus largas horas de trabajo, de los riesgos asumidos, de las decisiones difíciles, de los pactos peligrosos. En su lucha por crecer, había conseguido que el banco sumara más y más letras en su propia denominación social. Cada letra añadida, un nuevo banco fusionado. Cada letra nueva, más poder y riqueza.

Una de estas fusiones le obligó a compartir el poder con viejos linajes financieros, pero como era demasiado gallo, no aguantó el compartir con nadie el corral que ya consideraba como propio. Y aprovechando una debilidad, un error, una culpa, unas cuentas no declaradas donde no debían estar, logró expulsarlos de la cúpula de su banco. Y lo hizo sin piedad, sin importarle los nuevos enemigos que sumaba en la larga lista de caídos por su ambición. Pero la victoria nunca fue de los pusilánimes. Arriesgó y así logró resultar de nuevo vencedor del enésimo envite sufrido. Ya sólo quedaba él como único señor y dueño de la obra de sus sueños, del gran banco internacional.

Pero en verdad, y eso es algo que nunca reconoció en su fuero interno, su puesto se lo debía a un determinado partido político. Sin su designación política, jamás habría alcanzado la relevancia obtenida. Él -se repetía una y otra vez-, había ascendido por su valía, otros eran los que medraban a las sombras del poder. No asumía que él, en última instancia, había sido también agraciado por la pedrea política. Los demás así lo veían, como amigo de sus poderosos amigos.

Y claro, así pasó lo que tenía que pasar, que cuando ganó el otro partido comenzaron de inmediato a tratar de moverle en sillón. ¿Cómo se atrevían? ¿Cómo los políticos podían inmiscuirse en los asuntos de las empresas? Comprendió que, una vez más, tendría que luchar y, ya se sabe, en la guerra todas las armas valen. Así, utilizó las legales –buenos abogados, consejeros fieles, analistas, expertos en comunicación, relaciones políticas– y las menos legales o abiertamente ilegales, como los espionajes, las escuchas y los seguimientos.

Y, al parecer, el poderoso banquero que se decía honesto utilizó los servicios de un pícaro, dicen que expolicía, señor de las cloacas, para espiar a diversas personas de la política y de la empresa. El banquero sabía que la información era poder y lo quería todo, el poder y la información. Quincenalmente, según dicen, le pasaban suculentos informes que sabía procedentes de conversaciones privadas a través de escuchas y espionajes diversos. No le importaba, al contrario, esas eran, precisamente, las más enjundiosas.

Así conoció los movimientos de sus enemigos y pudo anticiparse a ellos. Pero también acumuló valiosa información de la vida privada e íntima de todos ellos para tener munición para ser usada en caso grave. Volvió a ganar aquella cruenta batalla y nunca, nadie, llegó a sospechar de su inmersión en el lado oscuro de la vida. Y es que la suerte nunca le había abandonado.

Pasaron los años. Gestionó bien, construyó un banco sólido, eficaz y solvente. Logró sortear una crisis pavorosa y apostó por tecnología y vanguardia. Por ahí, todo marchaba a la perfección. También cuidó su imagen de honestidad, con códigos de conducta, fundaciones y políticas de RSC. Por ahí, aún mejor. Incontestado, alcanzó la cima de su gloria.

Un día, de repente, se publicó la noticia de su retirada. A nadie le extrañó, al fin y al cabo, ya tenía sus años y normal era que buscara una vida más reposada. Pareció que todo lo dejaba atado y bien atado, con un buen sucesor nombrado, un consejo de administración fiel y una presidencia de la fundación para entretenerse. El sueño de cualquier gran gestor empresarial, merecedor del reconocimiento general y del descanso del guerrero.

Todo parecía sonreírle. Sin embargo, él estaba preocupado, muy preocupado. Quiénes le trataban lo veían nervioso, tenso. ¿Por qué?, se preguntaban. Mientras, en prensa, a diario se difundían las escuchas que aquel pícaro expolicía había realizado a unos y otros con unas consecuencias devastadoras. Nadie podía pensar que ese vidrioso asunto pudiera de, alguna manera, afectarle a él, siempre tan cuidadoso de la moral empresarial y del compliance de moda.

Por eso, un escalofrío sacudió a la comunidad política, económica y periodística de aquel remoto país cuando se dio a conocer una noticia imposible. El banquero rico, que se decía honesto, había espiado a tirios y troyanos. Él, tan inteligente, no había caído en la lección primera del trato con truhanes: que lo que le hacen a otros, también a ti te lo harán. El espía espiado, en resumen. El truhán había grabado a otros, pero también lo había grabado a él o, al menos, a sus más cercanos colaboradores, al tiempo que le colaba informes fraudulentos. Así todo el mundo supo de sus incursiones por el lado oscuro, su inmersión de los negocios en las cloacas, enmerdando reputaciones propias y corporativas. Muchos esperaron un inmediato desmentido que no se produjo y que, quizás, nunca ya se producirá.

La jugada pudo haberle salido bien, pero al final, en la misma línea de meta, sucedió lo inesperado. ¿Y cómo termina la fábula? Pues eso lo iremos sabiendo con el tiempo, porque a este triste cuento aún no le ha llegado su colorín colorado. Cosas pasarán que sin duda nos asombrarán y, quizás, al final, el banquero que se decía honesto no termine comiendo las perdices que se creía merecer.

P.D. (Sin relación alguna con la fábula. ¿O sí?)

Miguel Sebastián escribió ayer, en este periódico, una Carta abierta a Iván el Cubano, en la que le agradecía su dignidad. Si es que Iván el cubano, existiera, claro está. Sebastián, que fue un buen ministro, es ahora un excelente docente y profesional. Y también, como lo demuestra, un buen articulista, que sabe de dignidad y que ahora aprende, sufriendo, de espionajes que, en su caso, nunca hubieron de suceder.

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