Domingo, 22.09.2019 - 02:33 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Libra, la criptomoneda que reta a los monopolios estatales

Desde siempre, hacer el dinero fue cosa del poder, privilegio exclusivo de reyes y gobiernos. Quien hace el dinero, manda y, por eso, el poder jamás se dejó arrebatar la facultad de crear y emitir dinero. Una facultad asociada esencialmente al estado de turno, cuyos emperadores, antes, reyes y presidentes, hoy, continúan inmortalizándose en el revés de monedas y billetes. El poder lleva miles de años acuñando monedas y, desde siempre, se castigó con penas durísimas a quien las adulterase o falsificase. El poder precisa del monopolio de la máquina de hacer dinero y bien que la ha ejercido hasta ahora, ya sea directamente o ya sea a través de la estricta normativa que impone a bancos y entidades financieras. A lo largo del siglo XX se intentó dar cierta independencia a los Bancos Centrales con respecto a los gobiernos. Así, por ejemplo, nació la FED, la Reserva Federal y, hace apenas veinte años el BCE. Sea como fuere, estos bancos centrales pertenecen a las estructuras estatales y son los gobiernos quienes, de una manera u otra, determinan a sus gobernadores, presidentes y reglamentos. Gobiernos, Tesoros Públicos, Ministros de Hacienda, Bancos Centrales y Bancos sometidos a un estrecho control público constituyen el núcleo del poder financiero que supone la capacidad de crear dinero y ponerlo en circulación. O, al menos, así fue hasta ahora, donde nuevos agentes tecnológicos amenazan con romper este monopolio. ¿Lo conseguirán? No lo sabemos, aunque, podemos intuir, que los estados no se lo pondrán fácil, porque si pierden su facultad emisora, habrán visto diluirse una parte esencial de su propia fuente de poder.

En efecto, el monopolio estatal se extendió durante miles de años, hasta que la revolución digital vino a cambiarlo todo. La tecnología, global y muy difícil de controlar, se esfuerza por descubrir la auténtica mina de oro de la economía mundial, la de la capacidad de crear una moneda en la que miles de millones de personas puedan confiar. Y así, a cada poco tiempo descubrimos una nueva fórmula financiera digital, cada vez más eficientes, cada vez más seguras, cada vez – al menos en apariencia y discurso – más poderosas. Fintech, monedas virtuales, Bitcoin, plataformas de pago, Paypal, pagos por Wechat, blockchain y, ahora, Libra, la criptomoneda y el megasistema de pagos impulsado por Facebook, amenazan al orden estatal tradicional que mira con inquietud a los que considera peligrosos intrusos en un mundo que, hasta ahora, estuvo reservado para el poder político.

Libra parece que pisa fuerte. El modelo tecnológico que propone parece seguro, cómodo, global, aparentemente protegido de especulaciones y quiebras. Libra se construye sobre unos cimientos robustos y solventes. Al frente, Facebook y sus hijas - nada más ni nada menos que Whatsapp, Instagram y Messenger –, acompañados por gigantes de la talla de Visa, Paypal, Mastercard, Uber, Lift, Ebay y Spotify. O sea, miles de millones de usuarios en todo el mundo, algo que ninguna moneda ortodoxa ha logrado acumular nunca. Generaría confianza y, ya se sabe, el dinero sobre todo es confianza. Sólo falta una autorización, de alguien, para que comience a circular digitalmente la criptomoneda, intercambiable también con la tradicional. Todo parece a punto… pero, ¿lo conseguirá? Los bancos miran con pánico a este nuevo competidor, que también zarandea, de alguna manera, el hasta ahora plenipotenciario poder de los bancos centrales. La lógica nos dice que no se lo pondrán, pues, fácil, porque el problema no es ni la solvencia ni la tecnología, el real problema es el Poder, poder que los estados no estarán dispuestos a compartir con nadie, se llame Libra, Facebook o Bitcoin.

Primera serán las preguntas – necesarias – que sembrarán la correspondiente inquietud. ¿Cómo evitar los ciberataques, o la especulación salvaje, como hemos conocido en el bitcoin? ¿Qué pasaría en caso de insolvencia, pérdida de confianza o graves crisis financieras? ¿Quién garantizaría los capitales? ¿A qué ordenamiento legal responderían? ¿Serían competencia desleal de los bancos tradicionales fuertemente regulados y sometidos a estrictos requerimientos de capital mínimo? ¿Dónde pagarían los impuestos? ¿Cómo garantizar que cumplen las normativas en cada uno de los estados? ¿Será un refugio para dinero negro y procedente de narcotráfico? Es cierto que son preguntas que Libra o que cualquier otra criptomoneda – el propio nombrecito ya la devalúa – tendrán que responder satisfactoriamente si quieren crear en sus usuarios la confianza necesaria. Pero, visto su poderío tecnológico, financiero y comercial, es más que posible que lo consiguieran, y Libra sería más solvente y estable que la mayoría de las monedas nacionales que conocemos. Pero, a pesar de todo ello, no lo tendrá fácil porque, más allá de cuestiones técnicas, jurídicas, tributarias, financieras o de seguridad, lo que en verdad se dilucida es el poder. El poder, por definición, es celoso, y no permitirá que nadie venga a sustraerle la joya de la corona, la capacidad de crear dinero. Ya veremos cómo el sistema estatal plantea la guerra y la estrategia que sigue para acotar, limitar y restringir el potencial anarcolibertario de las monedas por libre. Es el Poder, estúpido, lo que está en juego. Y ya se sabe: quien lo quiere debe estar dispuesto a luchar por él. Y, para Facebook, los adversarios son los estados, terribles enemigos acostumbrados a ganar todas las guerras de poder que se les plantearon hasta ahora. Ya veremos qué ocurre en este nuevo frente abierto en el novísimo universo digital en el que apenas si acabamos de abrir la puerta de entrada.

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