Viernes, 23.08.2019 - 03:22 h
La huella de la mirada
Editor y escritor

Necesitamos con urgencia un verdadero partido político de centro

Ojalá tuviéramos un partido de centro, con aroma liberal-social, capaz de pactar con las derechas o las izquierdas, según el caso, restando así el poder excesivo que los nacionalistas han acaparado en los años de nuestra democracia. Hasta ahora, desgraciadamente, no lo hemos conocido y su consolidación sería una radical y beneficiosa novedad para la democracia española.

¿Y por qué no existe esa fuerza de centro? Analicemos nuestra sociología antes de entender el renuncio de Ciudadanos a ponerle cara a ese centro radical necesario. Los españoles tenemos un alma bipolar. Así, secularmente, somos de derechas o de izquierdas, al modo de las dos España machadianas empeñadas en helarnos el corazón, la una y la otra, la otra y la una. Así de sencillo, así de duro. O de derechas o de izquierdas, de eso va la cosa. Luego van los matices, liberales o conservadores, por aquí, socialdemócratas o filocomunistas, por allá. Pero si rascas, aparece el alma azul o roja, siempre dispuesta a defender su verdad suprema frente a la intrínseca maldad de los oponentes, a los que se desprecia moralmente tanto como se les teme políticamente. Y así estamos, erre que erre, siglo tras siglo. Por eso, la natural tendencia a los pactos de bloques de derechas y de izquierdas, ayer CEDA o Frente Popular, hoy pactos a la andaluza o tripartitos diversos. En función de natural tendencia, Podemos y PSOE están condenados a entenderse, a pesar de los egos descomunales de sus paladines. Si no lo consiguen, el votante de izquierdas, sobre todo el de Podemos, se sentirá desengañado, irritado porque su voto inútil habrá reforzado en última instancia a la odiada derecha. Y, de igual manera acontece en la derecha, por lo que Vox tendrá, al final, que apoyar en Murcia y Madrid al PP y a Cs. Si no lo hiciera sufriría un brutal castigo electoral, abandonado por unos votantes que jamás comprenderían que su voto, al final, alimentara a la odiada derecha.

Hasta aquí, la primera de nuestras dinámicas políticas, la de los bloques enfrentados, furibundos e inagotables. O de derechas o de izquierdas y tiro porque me toca, que dicho queda. A este carácter primigenio se le une la segunda de nuestras pulsiones congénitas, la de no a votar a quien se ama, sino contra quien se odia. Por eso, resulta tan difícil un gran pacto a la alemana, en el que el centro izquierda apoya al centro derecha o viceversa. Aquí sería casi imposible porque nosotros, los votantes, castigaríamos al dirigente pactista. No queremos pactos, queremos derrotar ominosamente al rival que odiamos. Una pena, pero así somos y así nos comportamos desde un siglo atrás en cuantas elecciones hemos concurrido. El aplastar con saña a los rivales es lo que nos pone. A los tibios, como en el evangelio, los expulsamos con asco. Por eso no nos gustan los de centro. Cínicos y oportunistas, los llamamos, cuando, en verdad, serían garantía de estabilidad y normalidad democrática. No, no queremos pactistas, solo nos mueve el todo o la nada. Ya lo vimos en la anterior legislatura, cuando varios diputados del PSOE se abstuvieron para permitir la legislatura de Rajoy, mientras que Sánchez se marchaba obstinado en su no es no. ¿Y a quién votaron los afiliados? Pues al que postuló que al enemigo ni agua. Los abstencionistas fueron fulminados sin piedad, acusados de pusilánimes y entreguistas. Una pena.

Pues bien, el capricho de nuestra sociología determina el empate técnico de los dos bloques. Así, los propensos a votar opciones de derechas y de izquierdas son, más o menos, de un 50% para cada uno de ellos, con reducido trasvase de uno a otro. Son las abstenciones las que decantan la balanza, para que, y viene la tercera dinámica patria, al final, un irredento bloque de nacionalismos e independentismo varios sea el que determine la opción ganadora. O sea, que una inmensa mayoría de españoles nos desgañitamos con nuestras trifulcas ideológicas para que, en verdad, unos cuantos cantonalistas sean los que decidan finalmente. Unos y otros gobiernos han dependido del voto nacionalista para su investidura, que bien caro siempre supieron cobrarlo en prebendas y cesiones. Y de aquellos barros viene estos lodos, toda vez que todas y cada una de las nuevas competencias y poderes adquiridos se pusieron al servicio de las ideas independentistas. Mal negocio hicimos los que aspiramos a unir y no a separar, a convivir y no a crispar ni malmeter.

Y hasta aquí, la radiografía consuetudinaria de nuestro carácter patrio. Y, en estas estábamos cuando apareció Ciudadanos, la fuerza que inicialmente hubiera podido jugar, por vez primera en nuestra historia – UCD copó el hueco de la derecha – el papel de un partido de centro, inédito en nuestra veterana democracia. Definir el centro es muy complejo, pero no resulta tan difícil identificarlo por sus actos. Y la prueba del algodón es muy simple. Un verdadero partido de centro podría, tranquilamente, apoyar a un gobierno de centro-izquierda o de centro-derecha, lo que nos aportaría dos beneficios claros. Por una parte, una moderación de los programas de gobierno y, por otra, romper la tradicional dependencia de los gobiernos a los nacionalistas de turno. Con una verdadera fuerza de centro se lograría romper la maldición de la España bipolar con muleta independentista, para acercarnos a una Europa moderada y sensata. ¿Y, por qué, entonces, Ciudadanos renuncia a ese papel y se niega a apoyar a Sánchez? Pues porque, como ocurre en toda Europa, esos partidos-bisagra liberales suelen tener un porcentaje de votos muy acotado. Es decir, nunca podrán aspirar a ser la fuerza mayoritaria. Determinantes, sí, pero minoritarios. Y no parece que Rivera quiera resignarse al papel secundario del partido centrista. Una pena, hubiera hecho una gran aportación a la política española. Ha optado por competir en el espacio de centro derecha con el PP, en una batalla donde tiene las de perder a medio plazo por aquello de que, para copias, me quedo con el original.

Necesitamos un partido de centro en España y Ciudadanos podría cumplir ese papel, si su escoramiento tendiera de nuevo al equilibrio. Una fuerza centrista, capaz de negociar con PP o PSOE en función de sus resultados, sí que sería toda una novedad en nuestra política tradicional. Rivera, un político de gran mérito y tesón se ha equivocado al no apoyar a Sánchez, arrojándolo en brazos de Podemos y de nacionalistas e independentistas varios, con el coste que tendrá para todos. Al negarse, Ciudadanos pierde la oportunidad de convertirse en el verdadero partido de centro que precisamos, empeñado, como parece, por conseguir el liderazgo del centro-derecha. Visto lo visto, no lo conseguirá. Casado tiene mejores cartas que él para jugar esa partida y terminará desplumándolo. Una pena para Ciudadanos, una pena para España.

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