Sábado, 20.01.2018 - 14:18 h

Cataluña el 21-D: memoria y futuro

Dejó dicho Borges que la memoria elige lo que olvida. Es, pues, necesario a veces elegir no olvidar lo que antes sucedió para tenerlo presente a la hora de acometer el futuro. A 15 días del inicio de la campaña de las elecciones autonómicas catalanas del 21-D puede resultar esclarecedor someter las previsiones de los sondeos a un examen comparativo con la historia electoral de las que se han venido celebrando desde 1980 . Los rasgos que parecen definir el mapa electoral que surgirá después del 21-D pueden esquematizarse así:

1. Fragmentación electoral: serán con toda seguridad 7 las fuerzas políticas que lograrán representación en el Parlament.

2. Ninguna de las 7 marcas superará el 30% de los votos.

Para hallar un modelo semejante —luego analizaremos las diferencias— es preciso remontarse al momento inaugural del ciclo en 1980. Entonces fueron 6 las fuerzas políticas que obtuvieron representación en el Parlament ( CIU, ERC, PSC, PSUC, PSA y Centristes de Cataluña- UCD) El vencedor aritmético y a la postre político, CIU, quedó por debajo del 30% con el 27,8% de los votos. Es decir, fragmentación sin hegemonía. Hasta aquí las semejanzas. Conviene analizar bien las diferencias y poner el acento en cómo se logró hallar una salida.

Primera diferencia entre 1980 y lo que parece previsible el 21-D: entonces la hegemonía interna en el espacio nacionalista se inclinó hacia CIU (27.8%) en detrimento de ERC (8.9%) en una proporción de 3 a 1. Hoy la disputa en el interior del espacio antes nacionalista y ahora soberanista se plantea en términos de mayor igualdad: entre Junts per Catalunya (la anterior CIU liderada por el ex-president Puigdemont) y ERC la distancia parece reducirse a poco más de cinco puntos.

Segunda diferencia a tener en cuenta: la fortaleza de la izquierda catalana en 1980 contrasta con su actual debilidad. Así del 43.7% que obtuvieron sumados PSC, PSUC y PSA se ha pasado al 22-23% de una hipotética suma de PSC y Cataluña en común, 20 puntos porcentuales menos. Fue la pugna por la hegemonía en la izquierda (22.4% del PSC frente al 18,7% del PSUC) la que permitió a CIU alcanzar el rango de primera fuerza. En cierto sentido, la historia podría repetirse ahora: con parecidos porcentajes a los de PSC y PSUC en 1980 la disputa entre ERC y Junts per Catalunya podría acabar otorgando la condición de partido aritméticamente ganador a Ciudadanos. Esa pérdida de fortaleza de la izquierda contrasta con el notable crecimiento del centro derecha: en 1980, Alianza Popular (AP) no logró entrar en el Parlament y Centristes de Cataluña-UCD obtuvo el 10.6% de los votos. Hoy Ciudadanos supera con holgura el 20% y el PP se situaría en torno al 7%, lo que significa que el espacio de centro derecha se ha triplicado entre 1980 y 2017 gracias a la aparición y consolidación de Ciudadanos.

Hay una tercera y sustancial diferencia que explica en buena medida los cambios operados en el mapa político catalán: en 1980 votaron solo el 61,3% de los catalanes; todo indica que la participación subirá el 21-D del 2017 casi 20 puntos porcentuales respecto a las elecciones que abrieron el ciclo en 1980.

La salida inmediata para acordar el gobierno de la Generalitat en 1980 fue conceder al ganador aritmético el rango de ganador político y al eje de centro-derecha (nacionalista CIU y no nacionalista UCD) el poder decisorio para configurar el futuro a corto plazo. Centristes de Cataluña ejerció con 18 diputados el papel de árbitro. Hoy ese papel, especialmente relevante si el bloque soberanista carece de mayoría absoluta, recaerá sobre Cataluña en Común.

Evolución voto
Evolución voto

Fragmentación sin hegemonía con baja participación: tal fue el modelo de 1980 en Cataluña. Cuatro años después, en 1984, CIU logró tras un incremento histórico de 19 puntos (del 27,8% al 46,8% de los votos) la hegemonía política y electoral. Las elecciones de 1984 despejaron el modelo de elevada fragmentación de manera bidireccional: CIU pasó de una relación 1 a 3 con respecto a ERC en 1980 a otra de casi 1 a 10; y el PSC pasó del casi empate con el PSUC en 1980 a una proporción de 1 a 5 en votos (30,1% frente al 5,5%). Se dibujó así una doble hegemonía sobre la que se vertebrará el futuro mapa electoral de Cataluña: en el espacio nacionalista a favor de Convergencia y en el espacio no nacionalista a favor del PSC. Es la sociovergencia. (Véase el gráfico).

Entre 1984 y 1999 CIU y PSC obtienen juntos una media en votos superior al 70%. El presente y, en buena medida, el futuro de Cataluña, guarda relación con este fenómeno: el declive de la denominada sociovergencia. Del 76% de los votos que CIU y PSC obtienen sumados en 1999 se pasó al 30-32% que entre ambos se prevé que obtendrán el 21-D de 2017. Un cambio sustancial que implica la pérdida de la doble hegemonía que ha cimentado la cultura política de Cataluña durante una larga etapa: Junts per Catalunya está a punto de abandonar el rango de fuerza hegemónica en el espacio soberanista y todo indica que el PSC (que ya la perdió a manos de Ciudadanos en 2015) confirmará su condición de fuerza subalterna en el espacio no nacionalista.

Fragmentación sin hegemonías- atención al plural- con altísima participación electoral: tal parece ser el modelo que se configurará en Cataluña el 21-D. Un modelo sin duda complicado y complejo que requiere, para ser bien entendido e interpretado, nuevos instrumentos conceptuales con los que desbloquear las inercias y los lugares comunes. Las elecciones de 1980 y las consecuencias ulteriores son un buen ejercicio de memoria para pensar desde ellas en 2017. Pero la gestión del resultado, hoy aún incierto, del 21-D debería obligar a la política catalana a ir articulando, como reclamaba Ortega, nuevas maneras de ver las cosas.

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