Jueves, 19.09.2019 - 11:17 h
Godivaciones
Profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo

Brexit sin acuerdo: el reinado de la incertidumbre

Se acerca el momento de materializar la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Podría pensarse que ya se ha escrito todo acerca de los beneficiados y los perjudicados de un Brexit sin acuerdo. Y, sin embargo, cada semana llueven nuevos enfoques que resaltan aspectos diferentes que se van a ver afectados. A los temas más gruesos, como la frontera con Irlanda o los pasaportes financieros hay que sumar otros cambios que es necesario considerar y resolver.

A pesar de lo manido de la metáfora, el término divorcio refleja de manera bastante gráfica el panorama. Un acuerdo de divorcio, entre otras cosas, mitiga el dolor porque pauta el reparto. Ordena, de alguna manera, el sórdido acto material de decidir quién se queda con qué cosas, las más banales también, los objetos que han conformado la rutina de la vida en familia. En el caso de la Unión Europea y el Reino Unido, un acuerdo facilitaría una transición a una relación diferente. No se trata de eliminar de nuestras vidas a nuestros vecinos, sino de recomponer las relaciones económicas para que sean como las que tenemos, pongamos, con Australia o Estados Unidos. Sin un acuerdo, este paso implica prestar atención a cada mínimo detalle, cada actividad en la que el Reino Unido es considerado uno de los nuestros. Desde los aeropuertos, los papeles de residencia, hasta las exportaciones, y todo lo demás. Y esto es más complicado de lo que parece.

El interés de la Unión Europea es proteger su orden legal, asegurar que no se va a producir un roto presupuestario muy profundo, y proteger los intereses de Irlanda, país miembro, frente al Reino Unido, país que se va.

Durante el período de transición, que se supone que será entre dos y cuatro años, una vez que el artículo 50 ya no aplica porque el Reino Unido ya no pertenece a la UE, el sistema regulatorio de la UE se irá amoldando y, sin duda, habrá consecuencias económicas. Legalmente hay que considerar dos tipos de acuerdos, primero, aquellos entre Gran Bretaña y las instituciones europeas. Y, en segundo lugar, los acuerdos que tienen incidencia en las leyes particulares de los países, como, por ejemplo, servicios de transporte que hoy día se ofrecen de manera compartida entre Gran Bretaña y otro país.

Cuál será el grado de disrupción para las diferentes economías es algo difícil de calcular y dependerá de cada estado miembro. Hoy en día hay muchos acuerdos bilaterales amparados por la condición de ser socios del mismo club que tendrán que ser renegociados.

Los pasos que el Reino Unido puede emprender para mitigar estos efectos son limitados especialmente si no hay acuerdo. Pero los estados miembros de la UE también tendremos que “hacer cosas”. ¿Estamos en el mejor momento? Claramente, no.

Italia no es un ejemplo de estabilidad y liderazgo político. Se espera que Alemania entre en recesión en breve: tampoco está en su mejor momento. Portugal y Alemania van a tener elecciones en este otoño. Y España no se sabe: todo puede pasar.

De momento, el hasta ahora presidente Sánchez ha explicado que ya se han incrementado las plazas públicas que aparentemente se van a necesitar para gestionar algunas de estas cuestiones. Se trata de plazas que ya han sido ofertadas y contratadas desde marzo, centradas en aduanas, control de personas en fronteras, burocracia que arregle el cambio en los papeles, etc. Casi novecientos nuevos funcionarios pagados por los españoles solamente para esas tareas. ¿Desaparecerán esos puestos de trabajo al finalizar la transición? No sin resistencia, imagino.

Hay algo más que ayuda a que el Brexit duro no aparezca como una situación tranquilizadora. Quedan aún muchas decisiones en el ámbito nacional por tomar que, al igual que los trámites mencionados anteriormente, van a implicar un aumento del gasto público. Y los españoles no sabemos todavía quiénes van a ser los responsables de esa toma de decisiones. Un gobierno de Sánchez con Podemos de escudero no es exactamente deseable. Se trata de una operación que requiere de la finura de un bisturí, no de improvisaciones groseras, como a las que nos tiene acostumbrados Pedro Sánchez.

No es que los demás partidos me resulten mucho más confiables, pero sí lo suficiente como para preferir que se convoquen elecciones y que la coalición de gobierno tenga más sentido económico que la que se nos avecina.

No puedo evitar recordar lo sucedido con el acuerdo europeo que dio lugar al Espacio Europeo de Educación Superior, conocido como el acuerdo de Bolonia. En esa ocasión, aquellas partes que habían de ser implementadas y diseñadas a nivel nacional, en España se han convertido en una tortura que ha destrozado cualquier atisbo de bondad que pudiera haber habido en ese proyecto. Mucho me temo que el Brexit duro va a ser una nueva ocasión para exhibir la torpeza de nuestros políticos, que ilustran perfectamente el refrán que dice “mucho ruido y pocas nueces”. El coste de esta carencia lo pagarán las futuras generaciones, a quien les estamos dejando un lastre que, sinceramente, me avergüenza.

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