Jueves, 13.12.2018 - 08:05 h
Godivaciones
Profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo

Donald Trump se define como el hombre-arancel

Dicen que el que avisa no es traidor. En este caso, del país de Superman nos llega Trump, the Tariff Man, según sus palabras. Siguiendo su propia pauta de conducta (una de cal y otra de arena), el presidente de Estados Unidos se ha descolgado con unas declaraciones pretenciosas e inquietantes. No podía ser menos, después del júbilo inicial el pasado domingo, causado por un acuerdo con el gobierno chino para dialogar, posponiendo, de esta manera, la posible guerra comercial mundial, durante noventa días. Si, como dice el tango, veinte años no es nada, tres meses son un suspiro.

Como le comentaba a Andrés Rojo el pasado lunes en La Razón, la relevancia del tratado firmado el sábado entre Xi Jinping y Donald Trump es notable, pero con matices. Para empezar porque el público objetivo son las audiencias locales. Tanto los ciudadanos chinos como los estadounidenses ya están percibiendo los efectos de los forcejeos entre Jinping y Trump a lo largo de este año que acaba. Pero se trata de una carrera de fondo y hay más cuestiones encima de la mesa de lo que parece a primera vista.

Es cierto que los productores estadounidenses son el “santo y seña” de Trump, quien trata de cubrir las espaldas de sus agricultores, muy conscientes de lo importante que es el mercado chino. Por su parte, Jinping respalda a los exportadores chinos que se han visto afectados por unos aranceles que gravan bienes por valor de 200 mil millones de dólares. Si Tariff Man cumpliera su palabra de subir estos aranceles del 10% actual al 25% el día 1 de enero del 2019, Xi Jinping no se quedaría impasible y respondería duramente. El temor ante posibles pérdidas ya ha llevado a General Motors, el principal fabricante de coches mundial, a cerrar cinco plantas en algunos países, dejando en la calle a quince mil trabajadores en Estados Unidos y Canadá. Un gesto así no ha pasado desapercibido, tampoco para Trump, que, tras su enfado inicial, ha debido darse cuenta de que quien escupe al cielo sale malparado.

¿Estamos ante el fin de la guerra comercial entre ambos países?Yo no lo creo. Es verdad que hay que descontar la fanfarronería del presidente más rubio al otro lado del Atlántico. Desde el año 2016 lleva repitiendo lo terrible que le parece la OMC (Organización Mundial del Comercio) y que, si no cambia la cosa, los EE. UU. abandonarán la institución. Vamos para tres años y ahí siguen. Y no solamente no se han salido, sino que el gobierno estadounidense está utilizando los recursos jurídicos de la misma para denunciar a China y a la Unión Europea.

A pesar de ello, considero que el acuerdo del sábado no es sino una tregua transitoria que puede acabar bien o mal. No solamente por las declaraciones de Trump hoy en Twitter, en las que afirmaba que si China no empieza a comprar bienes inmediatamente, habrá consecuencias: los países que “ataquen” la riqueza de Estados Unidos, lo van a pagar. Y acaba con un “Make America RICH again” (Hagamos a América RICA de nuevo), al más puro estilo mercantilista. Quienes sigan defendiendo el liberalismo de Trump, por favor, pueden ir desprendiéndose de la venda que les cubre los ojos. Suponer que se incrementa la riqueza de un país a través de medidas contra el libre comercio, mostrando obscenamente su amor por los aranceles que blande cual espada triunfadora por encima de los malvados “otros”, esos que vienen a “asaltar” comercialmente a mi nación, es un discurso liberticida, nacionalista, y, sobre todo, muy dañino para los Estados Unidos. Y sí, sé que estos mensajes le van a hacer ganador de nuevo. No me sorprende. Estamos hablando de un país que ya impuso aranceles a Europa en los años 20 y se arrepintió una década después por los efectos negativos para su economía.

Mi pesimismo también está relacionado con los otros temas que se han tratado, pero para los que no se ha hallado una solución aún, como el problema del fentanilo (el opiáceo sintético) y el posible acuerdo sobre la adquisición de la compañía holandesa NXP por el fabricante de chips estadounidense Qualcomm.

El problema del fentanilo es, tal vez, un punto débil serio para Trump. Esta nueva droga, cuyo coste de producción es extremadamente bajo comparado con los ingresos que genera, se ha instalado en la juventud de Estados Unidos. Sólo en el 2016 se cobró casi 20.000 muertes en este país. A pesar de la gravedad del tema, a China no le afecta. Le da exactamente igual que se produzca en su territorio, mientras no se consuma. Si los occidentales quieren destrozar su salud, allá ellos. No obstante, como sabemos quienes nos planteamos la despenalización de las drogas, ni Trump ni ningún mandatario occidental han logrado detener esta lacra. Así que, para Estados Unidos es vital que se persiga la producción en origen. Para poner en contexto de qué hablamos, con un kilo de fentanilo, que cuesta unos 3.000 dólares producir (menos que la marihuana), podemos obtener un millón de pastillas, que se cotizan a un precio entre 10 y 20 dólares la unidad. La prohibición beneficia a los especialmente a los cárteles.

Entre las pérdidas empresariales, que pueden a su vez generar desempleo y mucho descontento, y los problemas de salud pública, a Trump le merece la pena hacer un esfuerzo diplomático y ceder ante el dragón chino. Mientras tuitea como si no hubiera mañana, su equipo económico debe esforzarse al máximo. Porque, si bien es cierto que Xi Jinping y él comparten egos gigantes y modos autoritarios, la solidez de la posición del mandatario chino en su país y el respaldo con el que cuenta en el Partido Comunista Chino es muchísimo mayor que el apoyo que los votantes de Trump pueden aportarle. Le podrán aguantar chulerías, desplantes y alguna mentira. Pero no la derrota económica.

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