Martes, 16.07.2019 - 23:05 h

La encrucijada de las ciudades frente a la transición energética

Uno de los principales debates en lo relativo a la transición energética es, sin duda, cómo resolver la movilidad en general y la relacionada con nuestras ciudades en particular. No es un debate menor ya que en nuestras ciudades nos movemos principalmente en vehículos privados que usan prácticamente al 100% combustibles fósiles, que no tenemos y que hace que nuestra dependencia energética sea de las más altas de los países europeos.

Hemos aceptado que podemos circular por cualquier sitio emitiendo sustancias nocivas a la atmósfera, que todas juntas provocan en España 30.000 muertes al año. Hemos asumido los problemas derivados del uso masivo de vehículos: grandes costes sanitarios, ruido, ocupación del espacio público, entre otros, y no hacemos nada por evitarlo. Hemos aceptado, sin más, que tenemos derecho a abandonar un bien nuestro (vehículo) en la vía pública y que debemos tener espacio para ello, a ser posible gratuitamente, vehículos que pasan la mayor parte del día parados. En definitiva, hemos sucumbido a la tiranía del vehículo privado, cediéndole el espacio público y el protagonismo en la ciudad. Unas ciudades que durante demasiado tiempo hemos configurado de forma que para satisfacer nuestras necesidades básicas dependamos casi siempre de un automóvil.

No en todas las ciudades es así. En algunas ciudades de Japón solamente puedes comprarte un coche si puedes certificar que dispones de un sitio privado para aparcarlo ya que no se pueden estacionar vehículos en el espacio público. Si esto lo unimos a altos impuestos por circulación y que todas las autovías son de pago y caras, no es de extrañar que más de la mitad de los 12 millones de personas que viven en Tokio no tengan coche. Cualquiera que haya visitado Tokio habrá comprobado, sin embargo, la espléndida red de transporte colectivo que tienen.

Hemos seguido un círculo diabólico, creando una ilusión, según la cual, el problema a la congestión del tráfico se resolvía construyendo nuevas carreteras y autopistas, es decir, cediendo más espacio al automóvil y, en esa ilusión, hemos invertido ingentes cantidades de dinero público. El resultado de estas políticas es que no hay ninguna ciudad del mundo que haya resuelto el problema por esta vía. Más carreteras nos llevan inevitablemente a más coches y más coches necesitan de nuevo más infraestructuras. Lo que en principio se ofrecen como soluciones definitivas, se transforman en un problema mayor muy rápidamente. Como el territorio es finito y la economía también, tenemos que pensar en otras soluciones diferentes para el problema de la movilidad.

Para resolver algunos de estos problemas, la industria automovilística está apostando, aunque todavía tímidamente, por el vehículo eléctrico, que nos presentan como la opción de futuro. ¿Pero en realidad lo es? ¿Pueden esperar las ciudades la llegada masiva del coche eléctrico?

No cabe duda, que la sustitución masiva de vehículos de combustibles fósiles por vehículos eléctricos resolvería el problema de la calidad del aire en nuestras ciudades, si bien, solamente con este cambio, los demás problemas de las ciudades permanecerían sin resolverse. No tenemos más espacio en las ciudades, tampoco para el coche eléctrico. Además, si vemos la velocidad de penetración del vehículo eléctrico en el mercado y los problemas tecnológicos actuales para el desarrollo de los sistemas de acumulación, los problemas de las ciudades no pueden esperar a que se produzca la sustitución de los vehículos contaminantes y, desde mi punto de vista, no es deseable en modo alguno, sustituir sin más unos vehículos por otros. ¿Cuántas muertes más podemos asumir antes de que se produzca este cambio?

La transición energética nos da la oportunidad de repensar nuestras ciudades y diseñar sistemas de movilidad urbana que de verdad den una solución global a los problemas actuales. La alternativa al problema de la movilidad en las ciudades será eléctrica, pero no lo será sólo cambiando coches de combustión por coches eléctricos.

La movilidad personal eléctrica es mucho más eficiente que el vehículo eléctrico, ya que la eficiencia está relacionada con el peso que hay que desplazar. Mayor autonomía significa incrementar el peso de las baterías, lo que lo hace más ineficiente por km recorrido, ya que se tiene que desplazar más peso. Una bici eléctrica con una batería de 360 Wh nos da una autonomía mínima de 40 km, lo que equivale aproximadamente a 10 Wh/km, mientras que un coche eléctrico necesita más de 100 Wh/km, es decir, es diez veces menos eficiente para cumplir la misma tarea. Con la ventaja de que una batería pequeña la podemos cargar en cualquier sitio en sólo cuatro horas. No necesitamos desplegar la infraestructura que requiere la carga de vehículos eléctricos.

En un futuro cercano en la ciudad deberían ser compatibles un buen sistema de transporte público eléctrico (bus, tranvía, metro) eficiente y globalmente coordinado, conjuntamente con los sistemas de movilidad personal (bici, bici eléctrica, patinetes, segway, hoverboard, Qugo, etc.), sin olvidar que caminar a pie es la forma más natural de movilidad.

Esta rápida transformación de la movilidad en nuestras ciudades está generando problemas de regulación para los que los municipios no están todavía preparados. Tenemos que estar dispuestos a aceptar que disponer de coche propio para desplazarnos por la ciudad no es sostenible y que tenemos que renunciar a su uso, que los nuevos medios personales de transporte eléctrico no pueden convivir dentro los espacios peatonales, sino que deben integrarse de forma segura quitándole espacio a los vehículos privados. Las ciudades deben organizar el espacio público de manera que peatones, transporte público y medios personales de movilidad tengan prioridad sobre el vehículo privado, más aún si son vehículos contaminantes. Los municipios deben desarrollar normativas que regulen los nuevos medios de transporte. Los pasos que algunas ciudades están dando en España para cambiar el modelo de movilidad urbana son frecuentemente mal entendidos por la ciudadanía que todavía ve en la limitación del uso del vehículo privado en las ciudades un ataque a su libertad.

Tenemos que convencernos de que actualmente, el uso del vehículo privado no es compatible con nuestro derecho a respirar aire puro o a vivir sin ruidos, ni con nuestro derecho a disfrutar del espacio público como lugar de encuentro, donde pasear, reunirnos y, en definitiva, convivir.

Necesitamos cambios profundos de mentalidad y que las administraciones dejen de invertir en infraestructuras para los vehículos privados e inviertan decididamente en redes de transporte público eléctrico. Si no nos hacemos trampas en el análisis de costes, veremos que el desarrollo del transporte público en nuestras ciudades sólo nos traerá beneficios. A lo mejor hay que disponer de transporte público gratuito... y ¿porqué no?

Reivindiquemos nuestro derecho a la movilidad, que no es el derecho a usar vehículo privado cuando se quiera y como se quiera, sino a desplazarnos por la ciudad de una manera sostenible, sin molestar a nuestros vecinos. Y, sobre todo, reivindiquemos nuestro derecho a respirar aire puro y a poder realizar nuestras actividades diarias sin morir por eso en el intento.

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